Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren

I. TIMOTEO

Capítulo 209 de 228 · 2 min de lectura

EL FIN DEL MANDAMIENTO

“Ahora bien, el fin del mandamiento es el amor, nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida.” —1 TIM. 1:6.

El apóstol acaba de decir que dejó a Timoteo en Éfeso para frenar ciertas tendencias que estaban causando preocupación. Habían surgido algunos maestros cuya actividad tenía como efecto crear partidos, fomentar especulaciones inútiles y desviar la mente de los cristianos de Éfeso del lado práctico y moral del cristianismo. En oposición a ellos, el apóstol establece aquí el principio fundamental de que Dios ha hablado, no para formar teólogos agudos ni para proporcionar material para controversias, sino para ayudarnos a amar. Todas estas últimas cartas del apóstol respiran la sabiduría madura de la vejez, que ha aprendido a valorar mucho menos el intelectualismo brillante, la agilidad mental, la destreza en la controversia y cosas semejantes, que la bondad sencilla. Así pues, dice Pablo: “el fin del mandamiento es el amor”.

Aquí él declara no solo el propósito de la revelación divina, sino que nos da un resumen, aunque suficiente, del método por el cual Dios obra hacia ese propósito. El mandamiento es el principio, el amor es el fin o la meta. Y entre estos dos se insertan tres cosas: un “corazón puro”, una “buena conciencia” y una “fe no fingida”. Ahora bien, de estas tres, las dos primeras están estrechamente relacionadas, y la tercera es la causa o condición de ambas. Por eso, en realidad, se menciona al final, aunque es la primera en orden y la última en el análisis. Cuando uno sigue un río desde su desembocadura hasta su fuente, el manantial es lo último que encuentra. Y aquí tenemos, como en esos grandes lagos de África Central —de los cuales finalmente surge el Nilo—, las etapas del curso. Están los lagos gemelos: una “buena conciencia” y un “corazón puro”. Estos provienen de la “fe no fingida”, que se encuentra más arriba en las alturas de Dios; y desembocan en el amor, que es el “fin del mandamiento”. La fe se aferra al mandamiento, y así el proceso se completa. O bien, si se comienza desde arriba en vez de desde abajo, Dios da la palabra; la fe toma la palabra y así alimenta un “corazón puro” y una “buena conciencia”, y de ese modo produce un amor universal. Así que tenemos aquí tres pasos que considerar.