Fausto · Johann Wolfgang von Goethe

Part 10

Capítulo 10 de 14 · 14 min de lectura

MEFISTÓFELES

¡Sobrenatural deleite! ¡Yacer en el dulce seno de la maternal Natura, tomando el aire y el fresco! ¡Tender ansioso los brazos a la tierra y a los cielos, y remontarnos ufanos, y dioses quizás creernos! ¡Profundizar todo abismo con vagos presentimientos, hasta que, al fin, a este mundo la médula le encontremos, y la obra de los seis días sintamos dentro del pecho!; un no sé qué misterioso gozar con altivo anhelo; derramar el alma extática sobre todo el universo, en nuestro ser sofocando el material elemento, y ponerles fin entonces a tan sublimados sueños de tal manera y tal modo...

(Haciendo un gesto expresivo.)

¡que a decirlo no me atrevo!

FAUSTO

¡Calla!

MEFISTÓFELES

Callo, si te ofende; callo, y la moral respeto, ya que a los castos oídos es crimen decir aquello que los corazones castos están a gritos pidiendo. Pues que te place engañarte a ti propio, buen provecho: no he de quitarte ese gusto, que tampoco será eterno. Por de pronto, ya te miro aprisionado de nuevo, y en torno tuyo, delirios y terrores en acecho. ¡Y entre tanto, aquella niña suspirando está y gimiendo, con tu imagen venturosa clavada en su pensamiento, y tanto amor en el alma que ya no cabe allí dentro! Como las ondas copiosas de los derretidos hielos, inundó tu pasión loca e hizo desbordar su pecho; hoy el raudal —¡pobre amante!— está agotado, está seco. En vez de reinar adusto en bosques, valles y cerros, ¿no fuera, señor, más propio de un cumplido caballero premiar de alguna manera tan apasionado afecto? ¡Cuán largo, a la triste niña, ha de antojársele el tiempo! De bruces a la ventana pasa las horas, y el vuelo sigue de las pardas nubes que cruzan el firmamento. «¡Si fuera avecilla!» canta, y esta canción repitiendo, pasa las noches a medias y los días por completo. Unas veces triste y grave, gozosa en otros momentos, ya prorrumpe en largos lloros, ya brilla el rostro sereno; pero siempre, alegre o triste, loca de amor la contemplo.

FAUSTO

¡Sierpe maldita!

MEFISTÓFELES, aparte

Sí, sierpe que ya se te enrosca al cuello.

FAUSTO

¡Calla, infame, y jamás nombres a ese ser tan puro y tierno; jamás su hechicera imagen, cuando miras que enloquezco, la presentes tentadora al furor de mi deseo!

MEFISTÓFELES

¿Y qué te importa? Entre tanto, la hermosa de nuestro cuento se imagina abandonada, y casi lo está, en efecto.

FAUSTO

No lo está; cerca estoy de ella; pero supón que esté lejos: no por eso la abandono, ni la olvido, ni la pierdo. ¡Si la amo con toda el alma! ¡Si envidio hasta el mismo cuerpo del Señor, cuando la hostia pasa entre sus labios trémulos!

MEFISTÓFELES

¡Y yo también muchas veces os envidio cuando os veo en vuestro nido de rosas, parejita de gemelos!

FAUSTO

¡Rufián! ¡Rufián!...

MEFISTÓFELES

Me calumnias, y la carcajada suelto. ¡Rufián!... El Dios que ha creado a doncellas y mancebos, consagró el ilustre oficio de darles, con mil rodeos, la circunstancia oportuna y la ocasión y el momento. ¡Ea! ¡En marcha! ¿Por qué tiemblas? Porque vas —¡destino adverso!— a la cámara —¡oh desgracia!— de tu amor —¡rayos y truenos!—

FAUSTO

¿Qué importa hallar en sus brazos todas las glorias del cielo, si su desdicha y flaqueza estaré palpando en ellos? Aunque yazga en su regazo, ¿dejaré de ser, por eso, el errante peregrino, el proscrito, el monstruo fiero, el devastador torrente, que valla y dique rompiendo, de roca en roca, al abismo corre a despeñarse ciego? ¿Y ella, la cándida niña de dormidos pensamientos, la que soñó en la montaña una casita y un huerto, y en aquel mundo inocente encerró todo su anhelo? ¡Yo, loco y de Dios maldito, desbaratando su ensueño, sobre esa choza derrumbo los peñascos gigantescos, y sus castas alegrías para siempre desvanezco! ¿Es que también reclamaba esta víctima el Infierno? Si es así, que acorte el Diablo los angustiosos momentos. Lo que ha de ser, sea pronto. ¡Caiga sobre mí su horrendo destino, y juntos al hondo abismo precipitémonos!

MEFISTÓFELES

¡Qué calor! ¡Qué llamaradas! Ven a consolarla, necio. Porque luz no ven tus ojos, ¿piensas que todo está negro? Te juzgué más endiablado. ¡Ánimo y atrevimiento! ¡Bien haya quien nunca ceja! No hay en todo el universo cosa más triste que un diablo desesperado y perplejo.

[Ilustración]

[Ilustración]

APOSENTO DE MARGARITA

MARGARITA, sola, hilando al torno

Huyeron del alma la dicha y la paz, huyeron por siempre, ¡por siempre jamás! La tumba contemplo allí do él no está; el mundo emponzoña mi amargo penar. Mi pobre cabeza confúndese ya; mis pobres sentidos no pueden ya más. Huyeron del alma la dicha y la paz, huyeron por siempre, ¡por siempre jamás! Por él mis ventanas abiertas están; por él atravieso cien veces mi umbral. Su altiva presencia, su noble ademán, su tierna sonrisa, su ardiente mirar, su dulce palabra de grato raudal, su apretón de mano, y sus besos, ¡ay!... Huyeron del alma la dicha y la paz, huyeron por siempre, ¡por siempre jamás! Al verle me oprime terrible ansiedad, y verle y tenerle es mi único afán. ¡Y dándole besos, a no poder más, morir en sus brazos de tanto besar!

[Ilustración]

JARDÍN DE MARTA

MARGARITA, FAUSTO

MARGARITA

Promete, Enrique, una cosa decirme.

FAUSTO

Como en mí esté, prometo.

MARGARITA

Cuál es tu fe, es la duda que me acosa. Tú tienes buen corazón, tu conciencia es recta y pura; pero, ¡ay, Dios!, se me figura que te falta religión.

FAUSTO

Déjate de eso, querida; te amo con el alma entera y por ti —lo sabes— diera toda la sangre y la vida. No quiero el triste placer de robar la fe y la calma a nadie...

MARGARITA

Requiere el alma algo más.

FAUSTO

¿Qué más?

MARGARITA

Creer. Si valieran para ti mis cariñosos acentos... Tú los Santos Sacramentos no veneras y honras.

FAUSTO

Sí.

MARGARITA

Mas sin ir de ellos en pos. Ni te confiesas jamás, ni a misa siquiera vas: di, Enrique: ¿crees en Dios?

FAUSTO

¿Quién podrá decirte, quién, «creo en Dios» con veraz labio? Al sacerdote y al sabio pregúntalo tú también. Y hallarás en el tenor de su estudiada respuesta, una burla manifiesta del audaz preguntador.

MARGARITA

¿A Dios niegas?...

FAUSTO

¡Poco a poco! No lo niego, niña hermosa; pero, dime, a Dios, ¿quién osa nombrarle, sin estar loco? ¿Quién, a su conciencia fiel, puede decir «en Dios creo?» ¿Quién, sin audaz devaneo, dirá «yo no creo en Él»? Si Dios todo lo creó, si es quien lo mantiene todo, ¿no estamos, en cierto modo, en Él Él mismo, tú y yo? ¿Ves el azul firmamento doblar su bóveda? ¿Ves cuál se extiende a nuestros pies la tierra, firme en su asiento? ¿Ves las brillantes estrellas cuál siguen eternamente su carrera, en nuestra frente vertiendo sus luces bellas? ¿Sientes mis ojos clavados en tus ojos soñolientos, y todos los elementos en tu ser reconcentrados; y en círculo halagador, con misterio indefinible, lo visible y lo invisible girando a tu alrededor? Pues bien: del alma afanosa sacia el hidrópico anhelo en ese raudal del cielo, y cuando sientas, dichosa, que se calma tu ansiedad en deleite sin medida, llámale ventura y vida y amor y divinidad. A ese bien, de ningún modo hallo palabra adecuada: el nombre no importa nada; el sentimiento es el todo: pues la palabra mejor humo es, que empaña y altera, cual pábilo de una hoguera, su celestial resplandor.

MARGARITA

¡Hermoso lenguaje! Labras, hablando así, mi ventura. Eso mismo dice el cura, aunque con otras palabras.

FAUSTO

Bajo la celeste esfera cada corazón su fe dice a su modo: ¿por qué no he de hablar yo a mi manera?

MARGARITA

¡Ay! Cuando te escucho, en vano se resiste mi razón; pero, aún tengo una aprensión; no eres tú muy buen cristiano.

FAUSTO

¡Dulce dueño!

MARGARITA

Y además me disgusta en compañía verte...

FAUSTO

¿De quién, alma mía?

MARGARITA

De ese con quien siempre vas. Le odio con el alma entera: en toda mi vida vi rostro ni expresión que así me impresionara y me hiriera.

FAUSTO

¡Pueriles recelos son!

MARGARITA

Con todos soy indulgente; pero al ver ese hombre enfrente, me da un vuelco el corazón. Tan vivos como el placer que me inspira tu presencia, son el temor y la violencia que al verle siento nacer. Y una idea de otra en pos, le juzgué infame y malvado: si acaso le he calumniado, que me lo perdone Dios.

FAUSTO

Toda especie de alimaña ha de haber.

MARGARITA

No, no quisiera servir yo de compañera a un ser de esa raza extraña. Cuando aquí los pasos guía muestra, para darme enojos, siempre el rencor en los ojos y en los labios la ironía. A cuanto pasa alredor permanece indiferente, y escrito lleva en su frente que es su alma incapaz de amor. ¡A tu lado, gozo tanto! Feliz, tranquila, contenta estoy; mas, si él se presenta, me siento morir de espanto.

FAUSTO

¡Ángel présago quizá!

MARGARITA

Y tal imperio en mí tiene este horror, que cuando él viene pienso que no te amo ya. Ante él, sin que me lo explique, rezar no sé, y me devora angustia desgarradora. ¿No te pasa a ti eso, Enrique?

FAUSTO

Antipática manía es tal temor...

MARGARITA

¡Oh, no!... Mas ya es tarde. Me voy.

FAUSTO

¿Te vas? ¿Cuándo podré, vida mía, una hora de dulce calma disfrutar en tu regazo, fundiendo en estrecho abrazo el alma mía con tu alma?

MARGARITA

Dejaría, para ti, si durmiera sola, abierta la cerraja de mi puerta; pero mi madre está allí, y es muy ligero su sueño. ¡Ay! Si despierta y nos ve, al suelo muerta caeré.

FAUSTO

No temas, celeste dueño. Toma al punto este licor; tres gotas en su bebida pon, y quedará dormida en letargo embriagador.

MARGARITA

Por tu amor me avengo a todo. Mas dime primeramente que este filtro es inocente...

FAUSTO

¿Te lo diera, de otro modo?

MARGARITA

¡Ay! Cuando me hablas así, rendida a tu arbitrio quedo: ¿qué es lo que negarte puedo, si tanto te concedí?

(Vase.)

ENTRA MEFISTÓFELES

MEFISTÓFELES

¿Voló el pájaro?

FAUSTO

¿En acecho estabas?

MEFISTÓFELES

No; mas a fe de Diablo, todo lo sé. ¡Doctor, buen sermón te han hecho! ¡Que aproveche la enseñanza! La mujer quiere, y no en vano, al hombre devoto y llano, y según la antigua usanza. «Así, dice, así se empieza, y si este yugo consiente, a otros, insensiblemente, doblando irá la cabeza.»

FAUSTO

Monstruo, ¿no piensas, no ves, que esa alma sencilla y casta, llena de la fe entusiasta que su amor y su bien es, padece duelo profundo al mirar, en su ilusión, perdido sin remisión a quien más ama en el mundo?

MEFISTÓFELES

¡Galán sensible y feliz!

FAUSTO

¡Aborto de horrible escoria!

MEFISTÓFELES

Una chiquilla —¡qué gloria!— te lleva de la nariz. ¡Y es sagaz fisonomista! Al verme, no sé qué siente; pero vislumbró en mi frente algo escondido a la vista, y penetrando el abismo de mi ser, comprendió presto que soy un genio funesto, o quizás el Diablo mismo. Conque, esta noche... ¡Ya tarda! Esta noche...

FAUSTO

¿Y qué te importa?

MEFISTÓFELES

Tengo yo parte, y no es corta, en la dicha que te aguarda.

[Ilustración]

[Ilustración]

EN LA FUENTE

MARGARITA Y LUISA, con cántaros

LUISA

¿Nada has sabido de Bárbara, Margarita?

MARGARITA

Nada sé. Salgo tan poco...

LUISA

Sibila me lo explicó todo bien. Al fin y al cabo, burlada: ¡la orgullosa!...

MARGARITA

¿Puede ser?

LUISA

¡Vaya! Cuando come y bebe, para ella sola ya no es.

MARGARITA

¡Dios!...

LUISA

Llevó su merecido: ¡si había de suceder!... ¿Te acuerdas? A todas horas colgadita del doncel; a paseo, al campo, al baile de la plaza... sin perder fiesta ni broma... Y obsequios, golosinas... ¡Le está bien! ¡Tan pagada de bonita! ¡Tan vana!... Y a dos por tres aceptando regalillos la que afectaba desdén. De este modo, ahora un halago y una caricia después, entre halagos y caricias voló, al fin, su doncellez.

MARGARITA

¡Infeliz!

LUISA

¿La compadeces? Recuerda, recuerda, pues, cuando, aplicadas al torno, una noche y otra y cien, no nos dejaba la madre poner en la calle el pie; y en el banco de la puerta, ella, a la sombra, con él, miraba las largas horas dulces y breves correr. Pague aquellas alegrías, y vistiendo su merced el sayal de penitente, díganos el yo pequé.

MARGARITA

Mas, se casará con ella...

LUISA

Tonto fuera... ¡y es un pez! Aire encuentra en todas partes un pajarraco como él, y ya voló.

MARGARITA

¡Es una infamia!

LUISA

Que corra y lo atrape, pues. La corona de la boda los mozos han de romper, y echaremos las doncellas paja picada a sus pies.

(Vase.)

MARGARITA, volviendo a casa

¿Cómo, ¡ay, Dios!, tan altanera otras veces me indigné cuando a una pobre muchacha vi tropezar y caer? ¿Cómo, para ajenas faltas hecha inexorable juez, jamás encontró mi lengua palabra bastante cruel? Pintábame yo la culpa aún más negra de lo que es, y a pesar de ser tan negra, la quería ennegrecer, y jamás, ennegreciéndola, bastante negra la hallé. Y ahora ¿qué soy? ¡Desdichada! ¡Pecado y culpa también! Y todo aquello —¡Dios mío!— que me impulsó, sin saber, a estos abismos, ¡cuán grato, cuán grato y cuán dulce fue!

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EN LOS MUROS DE LA CIUDAD

Una imagen de Nuestra Señora de los Dolores en un nicho de la muralla. Delante de ella vasos con flores

MARGARITA, poniendo flores frescas en los vasos

¡Oh Madre afligida! ¡Oh Madre angustiada! Los ojos inclina piadosa hacia mí. Hundida en el pecho durísima espada, llorando la muerte del Hijo, te vi.

Llorando sin treguas el suyo y tu duelo, las quejas exhalas de aquel doble afán; los húmedos ojos levantas al cielo; tus hondos suspiros también allá van.

Tormento cual este, que fiero me oprime, ¿quién puede en el mundo, quién puede sentir? ¡Tú, Virgen piadosa, tú, Madre sublime, tú sola, que sabes de amar y sufrir!

Doquiera que vaya, mi afán va conmigo; doquiera lo esconda, lo arrastro detrás; llorando y llorando mi mal no mitigo; llorando y llorando no puedo ya más.

Los tiestos que alegran mi pobre ventana regaba con llanto de acerbo dolor, cuando, amaneciendo, cogí esta mañana sus flores que siempre te guarda mi amor.

El sol inundaba, risueño y brillante, mi humilde aposento con vívida luz, y el rayo primero me halló vigilante, sentada en mi lecho, llorando mi cruz.

¡Oh Madre afligida! ¡Oh Madre angustiada! Los ojos inclina piadosa hacia mí; de horrible deshonra, de muerte ultrajada liberta a quien siempre buscó amparo en ti.

[Ilustración]

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DE NOCHE

Calle delante de la puerta de MARGARITA

VALENTÍN, soldado, hermano de MARGARITA

Cuando, al son de las botellas, nuestra bulliciosa tropa hacía, entre copa y copa, el elogio de las bellas, yo, en la mesa entrambos codos, escuchaba sin empacho; y atusándome el mostacho, después que acababan todos, ajeno a temor y cuita, el vaso, bien lleno, alzaba, y «en el mundo no hay, gritaba, otra como Margarita. De ofender a nadie trato; mas sostengo mi fortuna: ¡no le llega, no, ninguna a la suela del zapato!» Todos, chocando a la vez los vasos en confusión, gritaban: «Tiene razón; es de su sexo honra y prez.» Y a la común alegría dando tributo forzoso, hasta el más vanaglorioso callaba, si no aplaudía. Y ahora, cualquier insolente puede mofarse de mí: hay para estrellarse, sí, contra una esquina la frente. ¡Cuán horribles sinsabores! Como deudor criminal, a cada frase casual siento angustias y sudores, y en vano al que murmuró provoco, si a la ira cedo; pues estrangularlo puedo, pero desmentirlo, no. Alguien viene: son dos, sí. ¡Si uno de ellos fuera mi hombre! ¡Oh! ¡Si es él —¡voto a mi nombre!—, no saldrá vivo de aquí!

FAUSTO, MEFISTÓFELES

FAUSTO

¿Ves por la ventana aquella que a la sacristía da, una lámpara que ya moribunda luz destella, y más triste cada vez brilla, con turbio desmayo, y al lanzar su último rayo, todo es sombra y lobreguez? ¡Así, negra oscuridad mi corazón hoy inunda!

MEFISTÓFELES

Pues yo siento la profunda y viva felicidad del gato escuálido y viejo que los tejados pasea, y en la tibia chimenea frota el áspero pellejo. En mi honrada condición hay, o mucho me equivoco, de libidinoso un poco y otro poco de ladrón; y así aguardo ansioso ya, Santa Valpurgis, tu noche, porque en ella quien trasnoche no en balde trasnochará.

FAUSTO

¿Lograré en ella el tesoro que allá en las entrañas vi de la tierra?

MEFISTÓFELES

Para ti será el cofrecillo de oro. Los ojos eché ya en él: de doblas está repleto.

FAUSTO

¿Y no viste algún objeto de adorno, anillo o joyel para mi adorada?...

MEFISTÓFELES

Verlas no pude bien; mas respondo de que había allí en el fondo algo cual sarta de perlas.

FAUSTO

Pláceme, porque me enfada ir con las manos vacías a verla.

MEFISTÓFELES

Y pues siempre ansías gozar dicha no lograda, ahora que el cielo nos muestra todas sus luces brillantes, podrás en breves instantes escuchar una obra maestra. Se trata de una canción, pero una canción moral, que a tu niña celestial ha de hacer viva impresión.

(Canta acompañándose con la mandolina.)

Aún el alba matutina vierte incierto resplandor; ¿qué buscas tú, Catalina, a la puerta de tu amor? ¡Cuidadito, niña bella! mira, mira adónde vas: ¡sabe Dios, si entras doncella, sabe Dios cómo saldrás! No vengas, no, con reproches, cuando te dejes querer: ¿ya cediste? ¡Buenas noches! ¡Siempre así, pobre mujer! Cuando el galán pida y ruegue, no te dejes ablandar, hasta que, al cabo, te entregue el anillo en el altar.

[Ilustración]

VALENTÍN, presentándose

¿A quién llamas, cazador ratonil? ¡Se acabó el cuento! ¡Vaya al diablo el instrumento, y vaya al diablo el cantor!

MEFISTÓFELES

Dio fin la cítara ya, en dos partida.

VALENTÍN

¡Está bien! Veamos ahora quién a quién la crisma le romperá.

MEFISTÓFELES, a FAUSTO

¡Doctor, firme! Al punto saca la tizona. ¡Así! A mi lado mantente siempre pegado; yo paro el golpe; tú, ataca.

VALENTÍN

Parad esa.

MEFISTÓFELES

¿Por qué no?

VALENTÍN

Y esa también.

MEFISTÓFELES

Ya lo ves.

VALENTÍN

Si no es el diablo, ¿quién es? Mi puño se entumeció.

[Ilustración]

MEFISTÓFELES, a FAUSTO

¡Tírale a fondo!

VALENTÍN, cayendo

¡Ay de mí!

MEFISTÓFELES

¡Cayó el bravucón! Veloces corramos, que ya las voces de los vecinos oí. Avéngome muchas veces con la policía; pero ni tratar ni entender quiero con escribanos y jueces.

MARTA, a la ventana

¡Socorro, socorro!

MARGARITA, a la ventana

Al punto sacad luz.

MARTA

Riñendo están; venid, que a matarse van.

LA GENTE

Uno hay aquí: ¡ya es difunto!

MARTA, saliendo a la calle

Los matadores, en tanto, huyen y escapan de fijo...

MARGARITA, saliendo también

¿Quién es el muerto?

LA GENTE

Es el hijo de tu madre.

MARGARITA

¡Cielo santo! ¡Qué desgracia!

VALENTÍN

Muero, sí; pronto está dicho, y también estará hecho pronto. ¡Y bien! ¿Qué hacéis sollozando ahí? Escuchadme.

(Todos le rodean.)

Margarita, eres moza y descuidada; tu carrera aprovechada más cautela necesita. Te diré en secreto el modo, te enseñaré la manera: ya que eres una ramera, sé una ramera del todo.

MARGARITA

¡Por Dios, por Dios santo, hermano!

VALENTÍN

Dios no tiene arte ni parte en esto: déjale aparte y oye: nada pasa en vano. Por uno comenzarás secretamente; después otro vendrá, y dos y tres, ¡y quién sabe cuántos más! Y así, bajando al profundo, cuando, en infame cadena, te hayas dado a una docena, serás ya de todo el mundo. Nace oculto el deshonor, y arroja con vivo anhelo sobre él la vergüenza el velo del misterio y del rubor; pero va creciendo y va ese velo desnudando, y a la luz del día, cuando es grande, muéstrase ya. No es que embellecerse pudo al desechar ese arreo; es que conforme es más feo, más apetece ir desnudo. Ya el día miro presente en que de ti, al encontrarte, vil prostituta, se aparte, cual de un cadáver, la gente. A tu rostro abochornado darán sangrientos sonrojos, al clavar en él los ojos, los que pasen por tu lado. ¡No más gorgueras de encajes! ¡No más cadenas doradas! ¡Adiós, fiestas anheladas por lucir galas y trajes! ¡Adiós tu sitio en el templo a los pies del mismo altar! En mísero lupanar moribunda te contemplo; y al perder allí honra y vida, serás, ¡oh desventurada!, si en el cielo perdonada, en la tierra maldecida.

MARTA

Encomiéndate al Señor: ¿aún le irrita de esa suerte, en el trance de la muerte, tu labio blasfemador?

VALENTÍN

¡Celestina desalmada! Si pudiera yo atraparte, fuérame la mayor parte de mis culpas perdonada.

MARGARITA

¡Hermano!... ¡Angustia infernal!

VALENTÍN

¡Enjuga, enjuga ese lloro! Cuando olvidaste el decoro, me diste el golpe fatal. La muerte me lleva en pos... y a la consigna obediente, cual soldado y cual valiente, voy a presentarme a Dios.

(Muere.)

[Ilustración]

CATEDRAL

Misa cantada, con órgano. MARGARITA entre la gente. EL ESPÍRITU MALO detrás de MARGARITA