Fausto · Johann Wolfgang von Goethe
Part 12
Capítulo 12 de 14 · 14 min de lectura
UN ORTODOXO
¡Ni uñas, ni cuernos, ni encorvado rabo! No me engaña el mentido testimonio: cual los dioses de Grecia, al fin y al cabo, tú no eres otra cosa que un demonio.
El Ortodoxo es Fr. Stolberg, que censuró acerbamente la famosa poesía de Schiller Los Dioses de la Grecia.
UN ARTISTA DEL NORTE
Cuanto concibo y ejecuto —¡ay triste!— es vaga sombra y pálido boceto; pero conozco el mal y en qué consiste, y visitar la Italia me prometo.
UN PURISTA
Topé para mi mal con esta gente; groseras brujas son desarregladas. Pasándoles revista atentamente, solo un par encontré bien empolvadas.
Alude el autor a Joaquín Enrique Campe, que era escrupulosísimo en materia de lenguaje, y rechazaba muchas palabras admitidas ya por el uso, alegando que no eran castizas.
UNA BRUJA JOVEN
¡Polvos! ¡Trajes también! ¡Pobre atractivo, que tapa de la edad el triste rastro! Desnuda yo sobre el robusto chivo, muestro feliz mis miembros de alabastro.
UNA MATRONA
Nuestra prudencia, que la edad madura, emulaciones frívolas evita: la flor, que ostentas hoy, de la hermosura, también tú la verás seca y marchita.
EL MAESTRO DE CAPILLA
¡Oh moscas y mosquitos y moscones!, de la hermosa desnuda separaos. ¡Ranas y grillos de discordes sones!, a compás y medida sujetaos.
LA VELETA, vuelta de un lado
No puede haber más grata compañía: doncellas de constante y tierno pecho; jóvenes de valor y de hidalguía: gente toda de lustre y de provecho.
LA VELETA, vuelta del otro lado
Ábrete, tierra, y a la vil canalla trague al momento el infernal abismo, o mi furiosa indignación estalla, arrojándome al Tártaro yo mismo.
LOS XENIOS
Somos cual sabandijas, y mordemos con colmillo afilado y diminuto, dando solo a los méritos supremos del Papá Satanás honra y tributo.
Así llamaban los griegos (donativos a los huéspedes) a los obsequios que hacían a los que iban a su casa. Marcial dio este título al libro XIII de sus Epigramas; y Schiller a una serie de cuatrocientos dísticos publicados en su Almanaque de las Musas, de 1797. Referíanse estos epigramas a crítica literaria y filosófica de los autores de aquel tiempo. Fueron atribuidos a Schiller y Goethe, que eran, en efecto, sus autores.
HENNINGS
Con inocente ingenuidad, que alabo, está jugando la menuda grey; hemos de confesar, al fin y al cabo, que sabandijas son de buena ley.
Augusto Federico de Hennings, en su periódico El Genio del tiempo, había acusado a Goethe y Schiller de haber rebajado la poesía en los Xenios con trivialidades y tonterías.
MUSAGETA
No me da pena el escuadrón rugiente de estas malditas brujas del Averno; el coro de las Musas esplendente con más dificultad rijo y gobierno.
Con el título de Musageta publicó en 1798 y 1799 el mismo Hennings algunos artículos, que imitaban al Almanaque de las Musas y querían emular con él.
UN EX GENIO DEL SIGLO
Busca en mi sol el rayo que te alumbre; agarra mi faldón; aprieta el paso. Para todos hay sitio en la ancha cumbre del Blocksberg y el germánico Parnaso.
EL VIAJERO CURIOSO
¿Quién es ese pedante que en su frente soberbia y petulancia lleva escritas? ¿Qué busca, tan orondo y displicente? Siguiendo la husma va de los Jesuitas.
Otra alusión a Nicolai, que era apodado Jesuitenrrècher (rastreador de los jesuitas) porque tenía la preocupación de ver en todas partes la mano de esta célebre Orden religiosa. (Véase la nota segunda de la pág. 324.)
UNA GRULLA
Pesco en las aguas turbias y en las claras: tengo de ello muy buenos testimonios; y me verás, si atento lo reparas, mezclar al Padre Santo y los demonios.
La grulla es el escritor Lavater que, según el mismo Goethe escribía a Eckermann, tenía la figura y el andar de aquellas zancudas. Nicolai lo acusaba de jesuitismo, y por eso alude a él nuestro poeta en este lugar.
UN HOMBRE DE MUNDO
La grey devota, para abrirse paso, no repara en vehículo; en medio del Blocksberg congrega acaso su negro conventículo.
UN DANZANTE
¿Qué lejano rumor nos trajo el viento? ¿Es el redoble del tambor sonoro? No: es el canto pausado y soñoliento de los graves sochantres en el coro.
EL MAESTRO DE BAILE
Todos bailan, el grande y el menudo; todos ruedan sin miedo y sin cuidado; brincan el contrahecho y el panzudo; salta el cojo y se estira el encorvado.
UN JUGLAR
Esa canalla, que danzando veo, llena está de malicia y de ponzoña. Fieras domaba con su lira Orfeo: a estos los domestica la zampoña.
UN DOGMÁTICO
Ni crítica mordaz, ni duda fiera destruyen mi doctrina bien probada; existe el diablo, pues si no existiera, dejara de ser diablo y fuera nada.
En esta estrofa y las siguientes se refiere el autor a las tendencias de las diversas escuelas filosóficas de su época. El Dogmático admite como probado lo mismo que se ha de probar, y por este flaco lo ridiculiza el poeta.
UN IDEALISTA
La fantasía dominó mi mente, y siervo es mi sentir de su mandato: pues que todo lo soy, es consiguiente que soy también un pobre mentecato.
Sátira del idealismo fichtiano. Fichte concebía el no yo como producto del yo.
UN MATERIALISTA
El Ser es mi suplicio y mi tormento, y comienza a cansarme y aburrirme. Hoy por primera vez experimento que no estoy en mis pies seguro y firme.
UN SUPERNATURALISTA
Me encuentro bien entre estos malhadados, cuando en el aquelarre me introduzco; al ver diablos aquí por todos lados, que existen también ángeles deduzco.
UN ESCÉPTICO
Les engaña el fulgor de un espejismo cuando de la verdad van al encuentro; Demonio y duda casi son lo mismo; por eso estoy aquí como en mi centro.
Hay en esta estrofa un juego de palabras intraducible en castellano. El Escéptico dice que riman diablo y duda, y así es en alemán (Diablo, Teufel; duda, zweifel). Hemos procurado conservar en la versión castellana la idea, aunque la forma haya perdido la viveza y la gracia del original.
EL MAESTRO DE CAPILLA
¡Callad, moscas, mosquitos y moscones! ¡Callad, por Dios, malditos diletantes! ¡Callad ranas y grillos de agrios sones! ¡Músicos todos sois horripilantes!
LOS APROVECHADOS
Somos gente feliz y positiva, y vivimos sin pena y sin trabajo. ¿Pasó la moda de ir cabeza arriba? Pues iremos también cabeza abajo.
A las alusiones literarias y filosóficas siguen las políticas. Este epigrama y los sucesivos se refieren a las diferentes clases y partidos que figuraban en la vida pública en tiempo de Goethe. Los Fuegos fatuos son los hombres sacados de la nada y enaltecidos por la Revolución. Las Estrellas caídas los aristócratas que perdieron su prestigio y su influencia. Los Amazacotados los hombres nuevos que van a su negocio, atropellándolo todo.
LOS AHÍTOS
Algún día llenamos bien la panza; mas ya no atiende el cielo nuestros votos, y de tanto bailar en esta danza, vamos al fin con los zapatos rotos.
FUEGOS FATUOS
Nacimos en los fétidos pantanos, engendro de la negra podredumbre: hoy, galanes espléndidos y ufanos, resplandecemos todos en la cumbre.
UNA ESTRELLA CAÍDA
Caí, rodando de la eterna altura donde brillaba, luminosa estrella. Tendida estoy sobre la tierra dura: ¿quién podrá, cielos, levantarme de ella?
LOS AMAZACOTADOS
¡Escuchad! Tiembla el suelo al choque rudo. ¡Plaza! ¡Ya viene el escuadrón obeso! Si es que Espíritus son —que no lo dudo— digo que son Espíritus de peso.
PUCK
¡Escuadra de hipopótamos bravía! ¡Moderad y tened el rudo trote! ¡Dejadme a mí la gloria, en tan gran día, de ser el más pesado y mazacote!
ARIEL
Si la Naturaleza cariñosa, o el Espíritu os dan ligeras galas, a la cumbre seguidme do la rosa feliz ostenta sus purpúreas alas.
LA ORQUESTA, pianissimo
La neblina se aclara y desvanece; deshácese la nube de igual modo: sonora brisa la enramada mece, y se disipa y se evapora todo.
[Ilustración]
[Ilustración]
DÍA NEBULOSO
Campo, FAUSTO, MEFISTÓFELES
Esta escena está escrita en prosa en el original, y en prosa la hemos dejado. Nos ha parecido esto más respetuoso para el gran poeta alemán, que traducirla en verso, como ha hecho Andrés Maffei en su versión italiana. En España no es una novedad mezclar prosa y verso en las obras de forma dramática: así lo han hecho autores ilustres, como el duque de Rivas en su Don Álvaro.
FAUSTO
¡En la miseria! ¡En la desesperación! ¡Abandonada en el mundo, largo tiempo errante, y al fin presa! ¡En la cárcel, como una malhechora, reservada a tormentos horribles, ella, la amable, la infeliz criatura!... ¡Hasta ese extremo! ¡Hasta ese extremo!...
¡Traidor, indigno Espíritu! ¿Te has atrevido a ocultármelo?
¡Basta ya! ¡Basta! Revuelve colérico en sus órbitas tus ojos diabólicos. Provócame aún con tu insufrible presencia. ¡Presa! ¡Sumida en irreparable infortunio! ¡Entregada a los Espíritus malos y a la despiadada justicia de los hombres! Y entre tanto, arrullándome con insulsos placeres, ocultábasme sus crecientes desdichas, y la dejabas morir sin amparo.
MEFISTÓFELES
No será la primera.
FAUSTO
¡Perro! ¡Execrable monstruo!
Vuélvele —¡Eterno Espíritu!—, vuélvele a ese bicho su canina forma, la forma que tomaba a menudo para trotar, negro fantasma, ante mis pasos, roncar a los pies del pasajero inofensivo, y derribarle, colgándose a sus hombros. Devuélvele su forma predilecta, para que arrastre otra vez el vientre por el suelo, para que pueda yo patearle, al réprobo.
¡Que no es la primera!...
¡Horror! ¡Horror incomprensible para toda alma humana, que en el abismo de tal infortunio haya podido caer más de una criatura, y que, a los ojos de la Eterna Misericordia, la primera, con sus mortales congojas, no haya pagado por todas! ¡La desdicha de esta sola penetra hasta la médula de mis huesos, llega hasta el fondo de mi vida; y tú te mofas satisfecho de millares de ellas!
MEFISTÓFELES
Hétenos otra vez en la linde de vuestra comprensión, donde a vosotros, los mortales, se os dispara el juicio. ¿Por qué te asociaste a mí, si no podías seguirme? ¡Quieres volar, y aún te marea el vértigo! ¿Fui a buscarte, o viniste a buscarme?
FAUSTO
No rechines los dientes voraces. ¡Me das asco!
¡Grande y sublime Espíritu, que te dignaste acudir a mi voz!; tú, que conoces mi corazón y mi alma, ¿por qué me encadenas a un vil compañero, que se alimenta de males y se goza en las ruinas?
MEFISTÓFELES
¿Acabaste?
FAUSTO
Sálvala..., o ¡ay de ti! ¡Sobre tu frente irá por siglos de siglos la maldición más espantosa!
MEFISTÓFELES
No puedo romper las ligaduras de los vengadores, ni descorrer sus cerrojos.
¡Sálvala!
¿Quién la perdió? ¿Tú o yo?
(FAUSTO lanza en torno miradas feroces.)
¿Asir quisieras un rayo? No están, por fortuna, a vuestro alcance, míseros mortales. Aplastar al que, inocente, contradice, tal es, caso de aprieto, el proceder de los tiranos.
FAUSTO
Llévame a ella. ¡Hay que librarla!
MEFISTÓFELES
¿Y el riesgo a que te expones? Piensa que aún no se ha secado en la ciudad la sangre de la muerte que hiciste. En aquel sitio se ciernen implacables Espíritus, aguardando a su vez la muerte del matador.
FAUSTO
¿Eso más de ti?... ¡Destrucción y ruina de todo un mundo sobre ese monstruo! Llévame allá, te digo, y libértala.
MEFISTÓFELES
Te llevaré; y escucha lo que puedo hacer. ¿Acaso soy señor de cielos y tierra? Turbaré los sentidos del carcelero. Cogerás la llave, y con tu mano de hombre podrás sacar a la presa fuera de la prisión. Vigilaré yo en tanto. Los caballos mágicos estarán a punto, y os llevaré. Eso es lo que puedo hacer.
FAUSTO
Vamos, pues.
[Ilustración]
[Ilustración]
NOCHE
Campo raso. FAUSTO y MEFISTÓFELES galopando en caballos negros
FAUSTO
¿Por qué bullen aquellos alrededor de un cadalso?
MEFISTÓFELES
No sé qué arreglan o guisan.
FAUSTO
Corren acá y allá, se ladean, se agachan.
MEFISTÓFELES
Brujas en aquelarre.
FAUSTO
Parece que rocíen con el hisopo y que consagren.
MEFISTÓFELES
¡Adelante! ¡Adelante!
[Ilustración]
[Ilustración]
CÁRCEL
FAUSTO, con un manojo de llaves y una luz, ante una puertecilla de hierro
FAUSTO
Horror ha largo tiempo no sentido siento otra vez. Me asaltan y me rinden los males todos que lamenta y llora la pobre Humanidad. Aquí ella vive; tras ese húmedo muro está encerrada: ¡y una ilusión querida fue su crimen! Voy a encontrarla, y azorado tiemblo; voy a verla, y mi pie duda y resiste. ¡Valor! Puede matarla mi tardanza. ¡No más dudar! Su salvación lo exige.
(Toma la llave.)
(Cantan dentro del calabozo.)
Mi madre, ramera, me dio muerte fiera; mi padre, el perdido, mi carne ha comido; lo poquito que quedó mi hermanita lo enterró. Abriose la fosa; salió un pajarito de pluma vistosa. ¡Tiende, pajarito, tiende pronto el vuelo! ¡Vuela, pajarito, piérdete en el cielo!
FAUSTO, abriendo
¡Cuán ajena a pensar que oye su amante el son siniestro de los hierros viles estará la infeliz!
(Entra.)
MARGARITA, ocultándose en la cama
¡Vienen! ¡Ya vienen! ¡Funesta muerte!
FAUSTO, en voz baja.
Calla y serás libre. Vengo a salvarte.
MARGARITA
Si eres ser humano, duélete de mi suerte.
FAUSTO
No así grites; que el dormido guardián despertar puede.
(Toma las cadenas para quitárselas.)
MARGARITA, de rodillas
¿Quién te dio este poder? ¿Por mí viniste, verdugo, y ahora suena medianoche? Vete; deja que viva y que respire hasta el amanecer. ¿Piensas acaso que mucho ha de tardar la hora terrible?
(Levantándose.)
¡Aún soy joven, muy joven, y ya muero! ¡Y bella fui también! Ese el origen fue de mi mal. Entonces a mi lado él estaba; ¡ahora lejos! De la virgen rota está la guirnalda, y esparcidas las flores todas. ¡Ay! ¿Por qué me oprime tu diestra airada, y hacia ti me arrastras? Suelta, suelta... ¡Perdón! Mal no te hice; jamás te he visto. ¿Inútiles y vanos mis clamores serán?
FAUSTO
¿A quién no aflige tanto dolor?
MARGARITA
En tu poder me tienes: deja, al menos, que el pecho al infelice niño le dé. Toda la noche, toda lo estreché en mi regazo. Para herirme, para culparme —¡oh cielos!—, lo robaron de mis amantes brazos, ¡y ahora dicen que lo maté! ¡Mis dichas concluyeron! Con malignas canciones me persiguen. ¡Infames! Así acaba vieja historia; pero ¿es justo, gran Dios, que me la apliquen?
FAUSTO, echándose a sus pies
Tu amante está a tus plantas, y la puerta de esta horrorosa cárcel viene a abrirte.
MARGARITA, arrodillándose también
¡De rodillas caigamos, de rodillas para invocar a Dios! Allí, en el linde de la puerta, las llamas infernales arden, y en medio lúgubre sonríe Satanás.
FAUSTO, gritando
¡Margarita! ¡Margarita!
MARGARITA, atenta
La voz era esa del amante: ¡ay triste!
(Yérguese y caen las cadenas.)
¿Dónde está? Me llamaba. ¿Habéis oído? ¡Libre estoy! ¡Libre estoy! Nadie me impide volar ansiosa a sus amantes brazos y en ellos reposar. Me llama: erguirse veo su sombra entre las rojas llamas, y en el fragor diabólico distingue mi oído, entre infernales carcajadas, de su querida voz el dulce timbre.
FAUSTO
Sí, yo soy.
MARGARITA
¿Eres tú? ¡Dios soberano! ¿Eres tú? (Asiéndolo.) No me engañes. Ven, repite esa dulce palabra. ¿Qué se hicieron los tormentos, la cárcel, la terrible cadena?... ¡Es él! ¡Es él! A libertarme viene, y ya libre estoy. ¡Libre, sí, libre! Mira; aquesa es la calle en que nos vimos por vez primera; aquellos los jardines donde con Marta te aguardaba ansiosa...
FAUSTO, arrastrándola
¡Oh, ven, conmigo ven!
MARGARITA, acariciándolo
¡Son tan felices las horas a tu lado!
FAUSTO
Es peligrosa la menor detención.
MARGARITA
¿Y por qué, dime, ya no me besas? En tan breve ausencia, ¿cómo tan dulces hábitos perdiste? ¿Y por qué tiemblo y gimo, al abrazarte, yo que dichosa, en éxtasis sublime, sentí, al calor de tu pupila ardiente, el cielo todo a mi deleite abrirse, cuando, sin miedo a sofocarme en ellos, me estrechaban tus brazos varoniles? Di: ¿por qué callas? Bésame, o te beso.
(Abrazándole y besándole.)
¡Ah! Tu labio está frío, está insensible... ¿Qué fue —¡oh Dios!— de tu amor? ¿Quién me lo roba?
(Apártase de él y vuelve la cabeza.)
FAUSTO
¡Oh, ven, ven por piedad! Constante y firme es mi pasión. Sosiégate, bien mío, oye mis ruegos, y mis pasos sigue.
MARGARITA, volviéndose a él
¿Y eres él? ¿Eres él? ¿Estás seguro?
FAUSTO
Sí, yo soy: ven conmigo.
MARGARITA
¿Y tú viniste a libertarme, abriéndome los brazos? ¿Podrá ser que de mí no te horrorices? ¿No te han dicho, no sabes a quién salvas?
FAUSTO
Ya las nocturnas sombras, más sutiles, se aclaran. ¡Pronto, ven!
MARGARITA
Maté a mi madre; ahogué al hijo mío. ¿Lo entendiste? ¡Al hijo nuestro! ¡A entrambos nos fue dado! ¡A ti también! Mas, ¿eres tú? Imposible paréceme. ¡Tu mano! ¡A ver tu mano! ¡Cielo! ¿Es su diestra, o la ilusión lo finge? Es ella, sí; ¿por qué está humedecida? ¡Enjúgala, por Dios; sangre la tiñe! ¡Insensato! ¿Qué has hecho? Envaina el hierro. ¡Envaina el hierro, por piedad!
FAUSTO
Lo que hice hecho está ya. ¿Por qué mentarlo? ¿Quieres matarme?
MARGARITA
No, no mueras: ¡vive, vive! Yo te diré las tumbas que en la tierra desde mañana tus cuidados piden. Será el lugar mejor para mi madre; la de mi hermano mísero ha de abrirse al lado suyo, y apartada un tanto, no muy lejos, la mía, ¡sola y triste! ¡No, no sola! ¡A mi pecho el tierno infante! ¡Él, él no más, mi sepultura humilde quisiera compartir! Al lado tuyo yacer por siempre, fue de mis abriles lisonjera ilusión, que me han robado. Si me dirijo a ti, fuerza invisible mi pie detiene, y si a tus brazos llego, me rechazan también y me despiden; despídenme —¡gran Dios!— ¡cuando aún tus ojos, las usadas ternezas me repiten!
FAUSTO
Si sabes que soy yo, sígueme.
MARGARITA
¿Adónde?
FAUSTO
A salvarte.
MARGARITA
La tumba —¿no la viste?— está allí fuera, y en constante acecho la Muerte. Vamos, sí; quiero seguirte no más hasta ese lecho de reposo, ¡de eterna paz!... Tú marcharás, Enrique. ¡Oh, si pudiera acompañarte!
FAUSTO
Puedes; la cárcel está abierta.
MARGARITA
¿Y de qué sirve la fuga? ¡Nada espero! Tras nosotros vendrán. ¿Quieres que mísera mendigue de puerta en puerta el pan; que errante y sola vaya, cuando me acosan y persiguen mis propios pensamientos, y que al cabo me alcancen mis verdugos inflexibles?
FAUSTO
Contigo quedo, pues.
MARGARITA
¡No! ¡Corre, salva al hijo tuyo! ¡Pronto! Marcha, sigue aquel arroyo, el puentecillo pasa, entra en el bosque lóbrego, y dirige el paso hacia la izquierda... Allí, en la balsa, ¡allí está!... Mira, mira: ya va a hundirse; ¡y aún se remueve el pobrecito! ¡Vuela!
FAUSTO
¡Vuelve en ti! Un solo paso, y estás libre.
MARGARITA
¡Si hubiéramos traspuesto la montaña! Allí mi madre, que los años rinden, está sentada en una piedra —¡Oh cielos!, ¡soplo glacial me acosa y me persigue!— Sentada está mi madre en una piedra, y mueve la cabeza, ya insensible. Ni oye, ni ve. ¡Durmió, la pobre, tanto, que no despierta ya! ¡Días felices aquellos —¡ay!— en que su grave sueño dulce fue a nuestro amor!
FAUSTO
Pues que resistes mis instancias y ruegos, a la fuerza tendrás que obedecerme y que seguirme.
MARGARITA
¡Aparta! ¡No me toques! No con esas duras manos me agarres y lastimes. ¿No hice bastante por tu amor?
FAUSTO
¡Bien mío! ¡Dulce amada! ¿No ves que el cielo tiñe el alba?
MARGARITA
El día nace: ¡el postrer día! El que alumbrar debiera los festines de nuestra unión. No digas nunca a nadie que a Margarita amaste y conociste. ¡Ay, mi corona!... ¡Terminó ya todo! Aún te veré: mas no en el baile. A miles vienen las gentes; mas con tal silencio, que nada se oye. Estrechos los confines son de la plaza y las cercanas calles para tal multitud. La hora terrible da la campana, y el bastón se rompe. Ya me agarrotan, y en sus brazos viles el verdugo al patíbulo me arrastra. Ya pende sobre todas las cervices la cuchilla fatal, contra mí alzada; y es el mundo una tumba muda y triste.
FAUSTO
¿Por qué, por qué nací?
[Ilustración]
MEFISTÓFELES, apareciendo a la puerta
¡Salid al punto, o nos perdemos! ¡Miedos mujeriles, dudas, ayes; y mientras, mis caballos piafando están, y el alba ya sonríe!
MARGARITA
¿Qué funesta visión surgió del suelo? ¡Es él! ¡Es él! ¡Es él! ¿Qué buscas, dime, en el santo lugar? ¡A mí me buscas!
FAUSTO
¡Has de vivir!
MARGARITA
¡Mi espíritu recibe, Eterno Juez!
MEFISTÓFELES, a FAUSTO
Os dejo en la estacada, si al punto no venís.
MARGARITA
Esta infelice es tuya, ¡oh Padre! ¡Sálvala! Y vosotros, ángeles, celestiales adalides, vuestras divinas huestes desplegando en mi redor, guardadme y conducidme. ¡Enrique! Horror me das.
MEFISTÓFELES
¡Está juzgada!
VOZ DE ARRIBA
¡Salvada!
MEFISTÓFELES, a FAUSTO
¡Tú, conmigo!
(Desaparece con FAUSTO.)
VOZ INTERIOR, que se va apagando
¡Enrique! ¡Enrique!
[Ilustración]
BREVE RESEÑA
DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA
[Ilustración]
BREVE RESEÑA
DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA
ACTO PRIMERO
Goethe dividió en actos la segunda parte de su tragedia, lo cual no hizo en la primera, quizás por entender que la rápida sucesión de sus acontecimientos y episodios no consentía estos intervalos y descansos, admitidos por casi todos los escritores dramáticos.



