Fausto · Johann Wolfgang von Goethe
Part 4
Capítulo 4 de 14 · 17 min de lectura
EL GRACIOSO
Usad tan poderosas facultades; la fábula forjad como querella amorosa: se encuentran él y ella, brota la chispa y vuelve de rechazo, crece el sabroso anhelo, se estrecha el tierno lazo, insta el afán, y la razón el tino pierde; sube el placer al quinto cielo; y en esto, cuando nadie lo recela, acude el desencanto repentino, y acaba la novela. Trazad por ese estilo un argumento. Os da la humana vida larga tela; cicatriz tienen todos escondida: poned el dedo en la llagada herida, y el ansioso interés surge al momento. Muchos tropos, imágenes y flores; de verdad una chispa, un mar de errores: veréis cuán dulce sabe al paladar del vulgo ese jarabe. Veréis cómo devora vuestro cuento el de la juventud crédulo coro, a cada frase palpitando atento. En vuestro verso fingirá sonoro un eco cada tierno sentimiento, y cada oyente, con feliz zozobra, lo que hay en su alma lo verá en vuestra obra. La sonrisa y el llanto fáciles brotan a tan dulce encanto, y ya el aplauso embriagador escucho. Duro es de conmover el hombre ducho; mas contad con el nuevo corazón entusiasta del mancebo.
EL POETA
Vuélveme, pues, al venturoso día en que el futuro bien me sonreía; cuando de nobles cantos la copiosa fuente brotaba, y ocultaba pía el mundo nube de zafiro y rosa. Vuélveme al tiempo aquel en que las flores brotaban a mi paso, siempre bellas; y cada vez mejores, fragancias y matices y esplendores mi no saciado afán hallaba en ellas. Nada tenía, ni pedía al cielo; para mí era bastante de la verdad el generoso anhelo, la eterna sed de la ilusión brillante. Vuélveme la pasión nunca vencida; la dicha humana, que profunda gime; la fuerza que hace, al despertar la vida, sangriento el odio y el amor sublime: ¡dame otra vez la juventud perdida!
EL GRACIOSO
¡La juventud! ¿Y para qué la quieres? Si en dura lid acometido fueres; si una mujer en torno de tu cuello tendiera el brazo bello; si allá en lejana meta la que audaz ambiciona el generoso atleta vieras brillar, olímpica corona; si tras la danza inquieta te brindara la copa loca orgía, llorar la juventud justo sería. Pero en cítara de oro el vuelo de la libre fantasía seguir y el canto acompañar sonoro, tarea, ¡oh mis señores los ancianos!, es adecuada a vuestras flacas manos. Leí en libros añejos que niños otra vez se hacen los viejos; mas yo diré, si a la verdad me ciño, que al hombre la vejez sorprende aún niño.
EL DIRECTOR
Ya de cháchara inútil basta y sobra; cerrad el pico, y manos a la obra. Mientras charlabais, algo de provecho pudierais haber hecho. ¿De qué sirve la hueca teoría, si, de valor desnuda, la incertidumbre duda? ¿Poeta sois? Pues dadnos poesía. Qué gusta al vulgo ¿lo ignoráis acaso? Pide su paladar licor hirviente; hasta los bordes, pues, llenadle el vaso; lo que hoy no hagáis, mañana os saldrá al paso, y un día habréis perdido tristemente. Una idea coged por los cabellos: en nuestra patria escena todo novel autor su drama estrena; haced lo que hacen ellos. Compasión no tengáis del tramoyista: mudad decoraciones; haced brillar a nuestra absorta vista la luz del cuarto y la del quinto cielo, y sin ningún recelo derramad las estrellas a millones. La escena está provista de riscos y de selvas y cascadas, de aves, monstruos y fieras. En esas cuatro tablas mal pintadas, orbes amontonad, cielos y esferas; y en vuelo cadencioso, desde el opaco mundo, remontadnos al cielo esplendoroso y hundidnos en el báratro profundo.
[Ilustración]
[Ilustración]
PRÓLOGO EN EL CIELO
EL SEÑOR, los EJÉRCITOS CELESTIALES. Después MEFISTÓFELES. Los tres ARCÁNGELES se adelantan
RAFAEL
Une su añejo ritmo a la armonía de la celeste esfera el sol sereno, y exacto sigue la prescrita vía con los potentes ímpetus del trueno. Presta vigor al Ángel su mirada, aunque él en vano sondearla intente: como al salir risueña de la nada, la obra inmensa de Dios brilla esplendente.
GABRIEL
Con rapidez inconcebible gira la Tierra, fulgurante de hermosura, y la luz del Edén rápida mira trocada en noche tétrica y oscura.
Y el mar contra las rocas espumante estrella pertinaz sus aguas locas, y en el eterno círculo incesante rodando van al par aguas y rocas.
MIGUEL
Del mar la tempestad corre a la tierra, y de la tierra al mar vuelve rugiendo; y en órbita fatal al mundo encierra con fiero afán y encadenado estruendo.
Luto y desolación, terror y espanto, el rayo, al estallar, delante envía; pero tus mensajeros, ¡oh Dios santo!, el curso alaban de tu hermoso día.
LOS TRES ARCÁNGELES
Presta al Ángel vigor vuestra mirada, aunque él en vano sondearla intente; como al salir risueña de la nada, aún vuestra obra, Señor, brilla esplendente.
MEFISTÓFELES
Señor, pues aún a nosotros te aproximas complaciente, y lo que pasa allá abajo con mil preguntas inquieres, aquí, en medio de tus siervos, de nuevo, Señor, me tienes. Perdona; a mis labios faltan palabras grandilocuentes; pero, aunque el público silbe, como pueda explicareme. Reír a las mismas piedras hiciéranles mis sandeces; mas tú por nada del mundo la gravedad, Señor, pierdes. Comienzo, y nada te digo del sol, astros ni satélites: yo en el orbe solo veo al mortal y sus reveses. Ese Dios diminutivo del pobre globo terrestre, guarda inmutable el tipo de su ridícula especie, y aún hoy, como el primer día, me maravilla y divierte. Tan desdichado no fuera si en su envanecida mente no hubieras puesto el reflejo de tu resplandor celeste. Razón lo nombra, y le sirve para ser el más imbécil de los que orgulloso y fatuo llama irracionales seres. Con permiso de tu Alteza, a mí el hombre me parece el cigarrón que en el campo salta y canta eternamente, siempre con los mismos brincos, con la misma canción siempre. ¡Y ojalá solo en la hierba arrastrase inquieto el vientre! Pero en toda porquería la atrevida nariz mete.
EL SEÑOR
¡Siempre es igual tu querella! ¿Nada más decirme quieres? ¿Nada bueno has encontrado en el mundo?
MEFISTÓFELES
Francamente, hallo hoy el mundo tan malo cual pareciome otras veces. Compasión me dan, no envidia, los hombres y las mujeres; y ya tentar me repugna, Señor, a esa pobre gente.
EL SEÑOR
¿Conoces a Fausto?
MEFISTÓFELES
¿A Fausto el Doctor?
EL SEÑOR
¡Mi siervo!
MEFISTÓFELES
¡Ese! ¡Pues me place la manera como os sirve el tal sirviente! Manjares no hay en la tierra que sus labios no desdeñen; y al espacio imaginario le arrastra su extraña fiebre. De su insensata locura a medias conciencia tiene; al cielo le pide el astro que más puro resplandece, y al mundo la más intensa sensación de sus placeres; y ni el cielo ni la tierra juntando todos sus bienes, llenar podrán el vacío de su corazón estéril.
EL SEÑOR
Aún hoy, perdida la ruta, me sirve. A sus ojos fieles brillará la luz mañana. Bien el hortelano entiende, cuando el botón rompe el árbol, qué fruto ha de prometerse.
MEFISTÓFELES
Gran Señor, ¿apuestas algo a que tu siervo te vende, si llevarlo por mis sendas me dejas?
EL SEÑOR
Tentarlo puedes mientras viva. Está en peligro de errar quien busca y pretende los aciertos.
MEFISTÓFELES
Te doy gracias, Señor, pues no me apetecen los muertos. Carnes rollizas y frescas son mi deleite. Si se trata de un cadáver, cargue otro con ese huésped: soy cual los gatos, que solo a las ratas vivas muerden.
EL SEÑOR
Pues bien: te entrego mi siervo. De la originaria fuente desvía el alma piadosa y el cauce, si sabes, tuerce; mas confiesa tu derrota, si un ser tan pobre y tan débil el camino recto encuentra entre tantas lobregueces.
MEFISTÓFELES
No ha de ser larga la prueba: confío en mi buena suerte, y si ella el triunfo me otorga, los lauros no me cercenes. El doctor morderá el polvo, lo morderá relamiéndose, como aquella del manzano mi buena tía la Sierpe.
EL SEÑOR
Ancho campo te concedo. Nunca odié a los de tu especie; entre todos los que niegan, genios a mi ley rebeldes, pobre bufón malicioso, el menos dañino tú eres. El hombre, a menudo, en brazos del reposo desfallece, y es bueno que en el camino le anime, aguije y despierte un compañero de viaje, aunque el mismo diablo fuere.
(A los Arcángeles.)
La que brilla inmortal santa hermosura gozad, hijos de Dios, en mi regazo; la sustancia, que vive eterna y pura, de amor os ligue con el tierno lazo, y a la incierta apariencia del momento forma dé vuestro fijo pensamiento.
(El cielo se cierra y los Arcángeles se dispersan.)
MEFISTÓFELES, solo
De vez en cuando olvido mis rencillas, y busco al Viejo, y pláticas entablo. Pláceme que un Señor de campanillas trate con atención a un pobre diablo.
[Ilustración]
[Ilustración: Primera parte]
[Ilustración]
DE NOCHE
En un aposento gótico, estrecho, con elevada bóveda, FAUSTO intranquilo sentado a su pupitre.
FAUSTO
Filosofía, ¡ay, Dios!, Jurisprudencia, Medicina además, y Teología, por desgracia también, lo estudié todo, todo lo escudriñé con ansia viva, y hoy, ¡pobre loco!, tras afanes tantos, ¿qué es lo que sé? Lo mismo que sabía. Doctor me llamo, dígome maestro, y hace diez años ya que abajo, arriba, acá y allá, y a diestra y a siniestra, a rastras llevo la escolar traílla. ¡Solo pude aprender que no sé nada, y el alma en la contienda está rendida! Bachiller o doctor, seglar o preste, nadie su ciencia iguala con la mía; ni escrúpulo ni duda me atormentan; ni demonio ni infierno me intimidan; y así, de sombras y de espantos libre, huyó todo el encanto de mi vida. Al hombre inútil, para el bien estéril, nada puedo enseñar que de algo sirva, y sin caudal, ni crédito, ni honores, vida arrastro que un can despreciaría. Doyme a la Magia, pues. ¡Oh, si pudiera el vigor del Espíritu, que anima al Verbo humano, la secreta clave revelarme de todos los enigmas! No con pálido afán sudara sangre para hacer comprender lo que mi misma razón no comprendió; y en las entrañas penetrando del mundo, encontraría del eterno Poder vivificante, allí dentro, las fuentes escondidas, y no hiciera, en insulsas peroratas, tráfago insustancial de charla ambigua. A mi angustioso afán, ¡oh luna llena!, da por última vez tu luz amiga: ¡cuántas, a media noche, tus destellos bebí ansioso, postrado en esta silla, cuando aquí, entre volúmenes y folios, tristes y misteriosos descendían! ¡Fuérame dado en tu viviente lumbre feliz vagar sobre las altas cimas; en los antros seguir los vagarosos espíritus; flotar con tu indecisa muriente claridad en las praderas, y olvidando las ásperas vigilias del inútil saber, en tu rocío bañar feliz la sien enardecida! ¿Hasta cuándo será mi calabozo este tugurio, madriguera indigna, en donde hasta la pura luz del cielo la pintada vidriera nubla y filtra? Cíñeme en torno cúmulo de libros, que el polvo ensucia y muerde la polilla; papelotes y viejos pergaminos suben al techo en apretadas pilas. Cóncavos vidrios, botes y redomas, extraños instrumentos hechos trizas —¡única y triste herencia de mis padres!—, ¡mi vida llenan, si mi vida es vida! Y pregunto: ¿por qué, medroso y débil, mi desmayado corazón palpita? Y pregunto: ¿por qué mortal angustia mis flacas pulsaciones paraliza? Lo pregunto, y sin ti, Naturaleza, en cuyo seno Dios nos forma y cría, en el polvo, en el humo y la carcoma, vivo enterrado entre osamentas frías. ¡Fuera de aquí! ¡Luz! ¡Aire! ¡Campo abierto! Este libro me da segura guía: por la mano del docto Nostradamus fueron todas sus páginas escritas. El curso aprenderé de las estrellas, y de nueva virtud mi alma provista, sabré cómo el Espíritu invocado al invocante Espíritu adoctrina. Con las áridas reglas, nuestra mente los signos misteriosos no descifra; pues que vagáis, Espíritus, en torno, oíd, y contestad a la voz mía.
(Abre el libro y se presenta el signo del Macrocosmos.)
¡Cuán sabrosa fruición, ante esa imagen, mi ser inunda y mi sentido anima! Por mis arterias y mis nervios corre el santo hervor de renaciente vida. ¿Fue un Dios acaso quien trazó este signo, que el hondo afán del corazón mitiga, al Espíritu presta nuevas alas y a la Naturaleza el velo quita? ¿Un Dios yo mismo soy? Todo a mis ojos aparece distinto: en esas líneas vi a la Naturaleza productora, que al alma está patente y sometida. El Sabio dijo bien —hoy lo comprendo—: «Barrera impenetrable no limita el mundo del Espíritu: ¿está muerto tu pobre corazón, tu alma rendida? ¡Álzate, pues, y tu terrena frente baña en el rosicler del nuevo día!»
(Contempla el signo.)
Todo se mueve, completando el todo, y cada parte enlázase distinta; los celestes Espíritus, que ascienden y descienden al par en dobles filas, pasan de mano en mano el áureo sello; y en el éter batiendo alas benditas, van de la tierra al cielo, cielo y tierra llenando de inefables armonías. ¡Bella visión, pero visión al cabo! ¡Cómo asir y estrechar a la infinita Naturaleza, y exprimir sus pechos! Manantial ellos son de toda vida; de ellos penden los cielos y la tierra; su fecundo raudal todo lo anima, y en vano pide mi sediento labio una gota, no más, de esa ambrosía.
(Vuelve la hoja involuntariamente y ve el signo del Espíritu de la Tierra.)
¡Cuánto es diversa, Genio de la Tierra, tu acción! Estás más cerca, y a tu vista crecen mis bríos, cual si rojo mosto inundara mi ser: con frente erguida quiero lanzarme al mundo; afrontar quiero sus infortunios, afrontar sus dichas; provocar la tormenta, y sin espanto ver la nave a mis pies rota y hundida.
Pero nublose el cielo; la luna en él se eclipsa; mi lámpara se apaga, y ráfagas rojizas descienden y circundan mi sien descolorida. Vertiginoso anhelo dentro de mí palpita, y siento que el Espíritu siniestro se aproxima. ¡Rasga el velo! ¡Aparece! ¡Cuál sufre el alma mía! Por abrir nuevo cauce mis sentimientos lidian, y hacia ti, fatal Genio, todos se precipitan. ¡Preséntate, aunque fuere al precio de mi vida!
(Toma el libro y pronuncia misteriosamente el nombre del Espíritu. Enciéndese una luz rojiza y trémula. El Espíritu aparece en ella.)
EL ESPÍRITU
¿Quién me llama?
FAUSTO
¡Visión espantadora!
EL ESPÍRITU
Audaz me evocas y a venir me obligas, y ahora...
FAUSTO
Me aterra tu presencia. Aparta...
[Ilustración]
EL ESPÍRITU
Con largo afán llamábasme, y querías ver mi semblante y escuchar mi acento; cedo a tu voz, preséntome a tu vista: ¿qué cobarde congoja rinde y postra tu valor sobrehumano? ¿Quién tu altiva aspiración rindió? ¿Por qué desmaya el corazón soberbio, que en sus vivas palpitaciones engendraba un mundo, y con su propia savia lo nutría? ¿Cómo sucumbes, si tender el vuelo al par de los Espíritus querías? ¡Y eres tú Fausto, el Fausto que me invoca! ¡Eres tú Fausto, y, ¡despreciable hormiga!, al soplo solo de mi voz, heladas temblaron tus entrañas conmovidas!
FAUSTO
¡Oh, no, roja visión, hijo del fuego! Soy Fausto, soy tu igual; no me intimidas.
EL ESPÍRITU
En la incesante ráfaga de actividad continua, vuelo de arriba abajo, vuelo de abajo arriba; y en ese veloz torno, que el Tiempo mueve y gira, mis dedos impalpables las tenues hebras hilan de la vida y la muerte, de la muerte y la vida, tejiendo a Dios, en el telar eterno, la que viste inmortal túnica viva.
FAUSTO
¡Cómo sintiendo voy que a ti me acerco, Espíritu que flotas y te agitas sobre el mundo!
EL ESPÍRITU
Al Espíritu que sueñas y tu mente concibe, te aproximas, no a mí.
FAUSTO (aterrado)
¿No a ti? Pues dime: ¿a quién? ¿Imagen soy de Dios, y ni a ti llegar podría?
(Llaman.)
¡Oh! ¡Mal haya!... Es mi fámulo. Destruye mi ventura y los éxtasis disipa. En el pleno esplendor de mis visiones, ¿para qué, impertinente, tu visita?
(Entra WAGNER con bata y gorro de dormir. FAUSTO le vuelve la espalda malhumorado.)
WAGNER
¡Perdón! Tu voz, que a mí llega, es la que me trajo aquí: que recitabas creí alguna tragedia griega. Y hubiera, a fe, gran placer en saberlas declamar, que hoy ese arte, a no dudar, utilísimo ha de ser; pues alguien dijo, señor, recuérdolo en este instante, que dar puede un comediante lección a un predicador.
FAUSTO
Dársela podrá muy bien, si es el cura, por acaso, otro comediante, caso que ocurrir suele también.
[Ilustración]
WAGNER
Quien en su estancia sombría vive en retiro profundo, y sale no más al mundo en algún solemne día; quien, si llega a percibirlo, es por angosto agujero, mal puede, a lo que yo infiero, conmoverlo y dirigirlo.
FAUSTO
No ha de lograrlo jamás quien en su pecho no sienta arder la llama violenta con que abrase a los demás. Pasa aquí todos tus ratos estudiando: mata el hambre con esta merienda fiambre de las sobras de otros platos; y acumulando a montones los textos, que has hecho trizas, sopla sobre sus cenizas con enérgicos pulmones. Brotará menguada llama, y es posible que a ese precio el niño, el simple y el necio tu nombre den a la fama; mas, si fuere tu ambición los corazones mover, ha de brotar tu saber de tu propio corazón.
WAGNER
Lo que al vulgo halaga más es la pomposa elocuencia, y en esa difícil ciencia aún me encuentro muy atrás.
FAUSTO
Busca más dignos laureles y adelanta poco a poco... ¿quieres hacer como el loco que agita los cascabeles? Afeite de todas clases es a la verdad ajeno; si has de decir algo bueno, no vayas cazando frases; pues son las palabras huecas, que brillante oropel cubre, ráfaga estéril de octubre que mueve las hojas secas.
WAGNER
Incierta y breve es la vida, largo el arte, y en tan alta empresa a veces nos falta la razón desvanecida. Quien llegar al fin intenta afán sufre luengo y rudo, y en el camino, a menudo el pobre diablo revienta.
FAUSTO
La sed del alma no calma un árido pergamino: ese manantial divino lo lleva en su fondo el alma.
WAGNER
También la imaginación goza cuando el vuelo tiende, y el espíritu comprende de otra edad y otra región. De antigua ciencia los rastros descubre, y disfruta viendo cómo el hombre va subiendo y subiendo...
FAUSTO
¡Hasta los astros! ¿Qué es el pasado, en verdad? Un libro sellado: sombras y dudas. ¿Qué es lo que nombras espíritu de otra edad? La doctrina, nueva o vieja, de aqueste o aquel autor, que su propio resplandor sobre el pasado refleja. Si bien lo miras, ¡qué enojos! su luz es sombra no más; y de ella separarás desencantado los ojos; pues su genio, que de lejos brilla con rayos propicios, es costal de desperdicios, almacén de trastos viejos, y escenario, en conclusión, donde inconscientes se agitan y bellas frases recitan monigotes de cartón.
WAGNER
¿Y el universo? ¿Y el hombre? ¿Saber su esencia no cabe?
FAUSTO
¿Saber? ¡Pensar que se sabe! ¿Quién dar puede el propio nombre a las cosas? Si en la tierra alguien descubre esa oculta ciencia, y en sí no sepulta los arcanos que ella encierra, al derramar esa luz, que al hombre obcecado hiere, víctima infelice, muere en la hoguera o en la cruz. Pero, adiós: la noche vuela; ya es tarde; basta por hoy.
WAGNER
Oyéndote, como estoy, pasara la noche en vela. Pero mañana son Pascuas, y, si molestarte no es, dos preguntas te haré, o tres, que me tienen ahora en ascuas. Amo el saber de tal modo, que incesante por él lucho: a tu lado aprendí mucho; mas saberlo quiero todo.
(Sale.)
FAUSTO (solo)
Nunca abandona la esperanza al loco soñador de quimeras; áurea mina busca en la tierra ansioso: ¡qué fortuna, si al cabo da con una sabandija! Y en el propio lugar donde la excelsa legión de los Espíritus me hostiga, la voz sonó de tan pueril querella. ¡No importa! Tu presencia intempestiva, hijo vulgar de la ralea humana, no habrá sido enojosa ni perdida, pues me arrancó el afán desesperado que ya todo mi ser estremecía. Fue la visión tan colosal, que halleme pigmeo ante ella, y desmayé a su vista. Hijo de Dios, al misterioso espejo de la eterna verdad llegar quería, y los terrenos lazos desatando, aspiraba feliz la luz divina. Superior al querub, en el regazo del mundo derramé mi propia vida, y mezclando mi sangre con su savia, audaz soñé la Creación ya mía. ¡Estéril presunción! Una palabra rayo fue que fulgura y me aniquila. Medir no puedo mi poder contigo: mis tristes voces a venir te obligan; pero no te aprisionan. A tu lado, ¡cuán grande y cuán pequeño me sentía! Pero a la suerte incierta de la triste humanidad arrójanme tus iras. ¿Quién marcará mi norte y mi sendero? ¿Seguiré los impulsos que me guían? Nuestras protestas, nuestros mismos actos no detienen la marcha de la vida. La más sublime aspiración del alma siempre grosera escoria impurifica, y al conquistar los bienes de la tierra, juzgamos ilusión, sueño y mentira el bien mayor. Si generoso arranque al noble corazón da fuego y vida, vertiginoso el torbellino humano ese sagrado afán seca y marchita. La eternidad a su ambición no basta cuando rompe a volar la fantasía, y el rincón más angosto es suficiente para encerrar, al cabo, nuestras dichas. La ingratitud el corazón taladra, robándonos la paz y la alegría, y el secreto pesar en él engendra. La zozobra, con máscaras distintas, se disfraza, y sin tregua nos persigue, casa o corte, mujer, hijos, familia, agua, fuego, puñal o bebedizo. Y así el mortal, en ansiedad continua, teme el peligro cuando no le amaga, o llora el bien que disfrutar podría. ¿Semejante yo a Dios? ¡Vana quimera! Semejante al gusano, que se abriga en el polvo, y de polvo alimentado, muerte le da y sepulcro quien lo pisa. ¿Polvo no son los viejos cachivaches que llenan esa negra estantería, y cuyo sucio fárrago en un mundo de podredumbre y aridez me abisma? ¿Daranme lo que anhelo? Devorando volumen tras volumen, ¿qué hallaría? Que si algún hombre se creyó dichoso, a sí mismos los más se martirizan. ¿Y tú, por qué, burlona calavera, por esas huecas órbitas me miras? ¿Para decirme que, cual lucho y sufro, tu espíritu pugnaba y padecía, y sediento de luz, por senda errada fue a sumergirse en las tinieblas frías? ¿Qué me decís, retortas y alambiques? Mofa callada en la pared sombría hacéis quizás a mi insensato duelo, ruedas y tubos, frascos y vasijas. A la puerta llegué: la vi cerrada; la llave me faltaba, os la pedía; y aún aquí, pavorosos instrumentos, me tenéis a la puerta sin abrirla. Naturaleza sus secretos guarda misteriosa, velada en pleno día, y no abrirán palancas ni ganzúas lo que cerró implacable a nuestra vista. ¡Armatostes inútiles! ¡Legado de mi padre y sus pálidas vigilias! Pended ociosos del siniestro muro que la lámpara ahumó, siempre encendida. Más me valiera mi caudal escaso gastar, que conservarlo con fatiga. ¿Para qué quieres la paterna herencia, si no la gozas? Al presente aplica las riquezas: es carga agobiadora el oro, cuando no lo necesitas. Mas ¿por qué allí claváronse mis ojos? ¿Es aquel frasco imán de mis pupilas? ¿Por qué me halagas, como en selva oscura luna apacible que de pronto brilla? Yo te saludo, mágica redoma, y llego a ti con mano estremecida, reverenciando en tu licor precioso del humano saber las maravillas. Esencia de los jugos que adormecen, mezcla de las ponzoñas que asesinan, muestra a tu dueño tu virtud suprema. Al mirarte, mi afán se tranquiliza; al asirte, mi angustia se modera, y la interior tormenta se apacigua. En alta mar mi espíritu navega; su brillante cristal el aura riza, y me llama el fulgor de nueva aurora a nuevo puerto en encantada orilla. Carro de fuego, que veloces alas conducen por los aires, se aproxima: nuevo camino me abrirá en los cielos de donde mana la perpetua vida. ¿Podré gozar, gusano de la tierra, el bien excelso, la inmortal delicia? ¡Podré, sí! ¿Qué me falta? Las espaldas volver al sol que aquí nos ilumina; abrir audaz la puerta misteriosa, cuyo umbral nuestro pie temblando pisa. Hora es ya de probar que emular puede con la ensalzada majestad divina la humana condición. No más espantos al borde de esa inescrutable sima, do la imaginación tiembla azorada con los espectros que forjó ella misma, y en cuya boca ante nosotros arden las llamas del infierno maldecidas. Voy a tentar el salto pavoroso, aunque la oscura nada me reciba. Sal otra vez del protector estuche, sal, olvidada copa cristalina, que un tiempo, en el festín de mis abuelos, serenabas las frentes pensativas. De mano en mano sin cesar pasabas, y al pasar, cada cual, por ley antigua, agotaba de un sorbo el hondo seno, y las viejas historias esculpidas en tu metal precioso relataba. ¡Cuántas veladas, al placer propicias, de mi dichosa edad, tú me recuerdas! Hoy no puedo ofrecerte, copa amiga, a feliz comensal, ni en tu alabanza aguzaré el ingenio, cual solía. Pócima embriagadora el cáliz llena, preparada por mí, por mí escogida. ¡Última libación, con toda el alma te consagro a la aurora, al nuevo día!



