Fausto · Johann Wolfgang von Goethe

Part 8

Capítulo 8 de 14 · 14 min de lectura

FROSCH

Pero ¿qué ha pasado aquí?

SIEBEL

¿Dó estás, bribón? ¡Ay de ti, si te atrapa esta cuadrilla! ¿Dónde estás?

ALTMAYER

Largose.

SIEBEL

¿Cómo?

ALTMAYER

Caballero en un tonel. Por allá escapó. Tras él voy... ¡Mas los pies son de plomo!

(Apoyándose en la mesa.)

¡Oh manantial, si aún corrieras!

SIEBEL

Fue apariencia y fantasía.

FROSCH

Tal vez; pero yo bebía, fuese de burlas o veras.

BRANDER

¿Y dónde están los racimos?

SIEBEL

¿Qué sé yo?

ALTMAYER

¡Dirán después que edad de milagros no es esta edad en que vivimos!

[Ilustración]

[Ilustración]

COCINA DE LA BRUJA

En un fogón muy bajo hay una gran olla al fuego. En el humo que se eleva hacia el techo vense varias imágenes. UNA MONA, sentada junto al fogón, espuma la olla. EL MICO y la cría se calientan al fuego. El techo y las paredes están cubiertos de estrambóticos utensilios de LA BRUJA.

FAUSTO y MEFISTÓFELES

FAUSTO

Apéstame toda aquesta brujería extravagante. ¿Me darás salud y vida con tan sucios cachivaches? ¡Pedir consejo a una vieja! ¡Pretender que en un santiamen nos quite veinte o treinta años con sus menjurjes y enjuagues!... Pierdo ya toda esperanza, si otro remedio no sabes: ¿no dan elixir más puro o Naturaleza o Arte?

MEFISTÓFELES

¡Otra vez racionalmente hablas!... Medios naturales hay de prolongar la vida; pero... están en libro aparte, y es, a fe, el que trata de ellos capítulo interesante.

FAUSTO

¿Puedo saberlos?

MEFISTÓFELES

No exigen oro, filtros ni jarabes. Ve al campo, y con fuerte pico sus duras entrañas abre; encierra en círculo estrecho tus pensamientos y afanes; entre las dóciles bestias vive sobrio, y no repares en abonar por ti mismo surcos que han de alimentarte, y a la edad octogenaria llegarán tus mocedades.

FAUSTO

El pico, para mi diestra, sería peso muy grave. Hecho no estoy a esa vida, ni conviene a mi carácter.

MEFISTÓFELES

¡Recurre, pues, a la Bruja!...

FAUSTO

¿Y por qué a esa vieja infame precisamente? ¿No puedes aderezar tú el brebaje?

MEFISTÓFELES

¡Bravo pasatiempo fuera! Haría cien puentes antes. Ciencia y práctica no bastan; cachaza es indispensable. Al misterioso fermento su virtud los años danle, y en esa extraña mixtura todo son dificultades. El Diablo dio la receta; pero aplicarla no sabe.

(Reparando en los MONOS.)

Mira, ¡qué hermosa familia! Esta es la dueña; ese el paje.

(A los animales.)

¿Adónde fue la señora?

LOS MONOS

A comer y solazarse: tomó, por la chimenea, el camino de los aires.

MEFISTÓFELES

¿Tarda mucho en esos vuelos?

EL MICO

Lo que tardo en calentarme las patas.

MEFISTÓFELES

¿Qué te parece la pareja?

FAUSTO

¡Insoportable!

MEFISTÓFELES

A mí me deleita mucho su coloquio extravagante.

(A los MONOS.)

¿Para quién, pinches malditos, preparáis ese brebaje?

LOS MONOS

Esta es la sopa del pobre.

MEFISTÓFELES

No faltarán comensales.

EL MICO, acercándose a MEFISTÓFELES y acariciándolo

Echa los dados: quiero ser rico pronto. Por falta de dinero llámanme tonto. ¡Venga un millón! En teniendo yo el Din, daranme el Don.

MEFISTÓFELES

¡Cuán feliz este sería jugando a la lotería!

(LOS MONOS de cría se han apoderado de una bola grande y juegan con ella haciéndola rodar.)

EL MICO

Este mundo es una bola, que da vueltas sin cesar, y en continua batahola tendrá al fin que reventar. Es vistosa y deslumbrante; mucha luz, mucho esplendor; mas, cual redoma brillante, hueco y vano el interior. Apartad, hijos: si os pilla debajo, os aplastará. Es de deleznable arcilla, y mil añicos se hará.

MEFISTÓFELES

Di: ¿qué criba es aquella?

EL MICO, cogiéndola

Si eres ladrón, conoceré con ella tu condición.

(Corre a la MONA, y la hace mirar por la criba.)

Mira al bellaco, y dime, mala pécora, si es algún caco.

MEFISTÓFELES, acercándose al fuego

¿Y este cazo tan sucio?...

EL MICO y la MONA

¡Cuán majadero! Ya no se acuerda, el rucio, de este puchero.

MEFISTÓFELES

¡Vaya unos dichos! ¡Qué inciviles y toscos son estos bichos!

EL MICO

Toma la escobilla, toma el escobón, y en aquesta silla siéntate, bribón.

(Obliga a MEFISTÓFELES a sentarse.)

[Ilustración]

FAUSTO

(que mientras hablaban así, estaba contemplando un espejo, acercándose unas veces y alejándose otras.)

¿Qué miro, Dios soberano? ¿Cuál es esa pura imagen, que en aquel mágico espejo aparece tan brillante? Para volar a su lado, dulce amor, tus alas dame. ¡Ay!, me acerco y entre nubes va escondiéndose y borrándose... ¡Mujer no vi más perfecta ni más seductora!... ¿Cabe tanto hechizo en ser humano, o es su encanto incomparable imaginario trasunto de las celestes beldades? ¿Puede encontrarse en la tierra hermosura semejante?

MEFISTÓFELES

¿Por qué no? Si un Dios estuvo seis días, dale que dale, y al final de la semana vio su obra, y dijo: «Me place», ¿es extraño que saliera algo de bueno o pasable? Devórala con los ojos; por hoy, mírala bien, sáciate: ya te buscaré una joya, una beldad semejante: ¡dichoso aquel que a su casa como esposa la llevase!

(FAUSTO continúa contemplando el espejo embebecido. MEFISTÓFELES, reclinándose en el sillón y jugando con la escobilla, prosigue así:)

Cual monarca en regio trono aquí puedo arrellanarme; cetro empuña ya mi diestra; corona tan solo fáltame.

LOS MICOS

(que han estado haciendo toda clase de movimientos y contorsiones, llevan una corona a MEFISTÓFELES, chillando.)

Pues sois tan amable, tan bueno, Señor, ceñid la corona con sangre y sudor.

(Dan saltos desgarbados con la corona; la rompen en dos trozos, rodando y danzando con ellos.)

Es cosa resuelta: ya somos los amos; y vemos y oímos y versificamos.

FAUSTO, mirando al espejo

¡Pobre de mí! La cabeza se me va. Las sienes me arden.

MEFISTÓFELES, señalando a los animales

Yo no puedo más: los cascos parece que se me abren.

LOS MICOS

Si el verso atinamos, verás que al momento el metro y la rima serán pensamiento.

FAUSTO, como antes

Partiré: mi pecho estalla.

MEFISTÓFELES

¡Cuán grotescos animales! Pero confesar es justo que son excelentes vates.

(La olla que la MONA ha descuidado, comienza a desbordar, y se levanta una llamarada, que sube a la chimenea. LA BRUJA aparece entre las llamas, dando gritos espantosos.)

LA BRUJA

¡Hola! ¡Canalla impura! ¡Raza maldita! ¿Así tuvisteis cura de la marmita? Saltó la llama, ¡y a mí, a mí me chamusca, que soy el ama!

(Viendo a FAUSTO y MEFISTÓFELES.)

¿Quién es el atrevido que está allá abajo? ¿Por dónde habéis venido? ¿Quién aquí os trajo? Sobre los cuernos tomad las llamaradas de los infiernos.

(Mete el cucharón en la olla, y derrama fuego vivo sobre FAUSTO, MEFISTÓFELES y los animales. Estos aúllan.)

MEFISTÓFELES

(dando golpes a diestro y siniestro, sobre los cazos y botijos, con el escobón que tiene en la mano.)

¡Bravo, bruja ramera! ¡Siga la broma! ¡Caigan olla y caldera, cazo y redoma! Yo no hago más que seguir la cadencia de tu compás.

(LA BRUJA retrocede colérica y asustada.)

¿No sabes quién soy, arpía? Marimacho, ¿no lo sabes? No sé quién tiene mis manos porque no te despedacen, y contigo a esos horribles macacos u orangutanes. ¿Es que ya no reconoces mi jubón color de sangre? ¿Es que la pluma de gallo nada significa y vale? Con faz descubierta vine: ¿no basta? ¿Habré de nombrarme?

LA BRUJA

¡Ah, gran Señor!, el saludo poco grato perdonadme. No vi la pata de cabra, ni los dos cuernos...

MEFISTÓFELES

¡Bien! Pase por esta vez. Es lo cierto que no vine a visitarte en mucho tiempo. El progreso, que todo lo pule y lame, llegó hasta el Diablo. Aquel monstruo del septentrión, presentable no está ya. Garras y cuernos modas son de otras edades; y si es la pata de cabra requisito indispensable, hay también, para ocultarla, remedio barato y fácil: pantorrillas gasto al uso como otros muchos galanes.

LA BRUJA, bailando

De gozo las carnes temblándome están: ¡ha honrado mi casa monseñor Satán!

MEFISTÓFELES

¡Calla, vestiglo! Te vedo que de ese modo me llames.

LA BRUJA

¿Por qué? Di.

MEFISTÓFELES

Porque ese nombre figura ya en todas partes entre mitos. No por eso mejores son los mortales; faltó el Malo, mas no esperes que jamás los malos falten. Llámame, si a bien lo tomas, Señor Barón. Mi linaje es muy noble, y aquí tienes el blasón, si lo dudares.

(Hace un ademán licencioso.)

LA BRUJA, riendo a carcajadas

¡Os conozco! Siempre fuisteis licenciado en malas artes.

MEFISTÓFELES, a FAUSTO

Aprende tú: así se trata a estas brujas.

LA BRUJA

¿Y qué os place pedirme?

MEFISTÓFELES

No más un vaso de tu elixir. Pero, dame del más añejo. Su fuerza dobla el tiempo.

LA BRUJA

Guardo aparte una redoma, y con ella acostumbro regalarme. Probadlo, señor, vos mismo: ni está rancio, ni mal sabe.

(Aparte a MEFISTÓFELES.)

Mas, si lo bebe el amigo, sin estar dispuesto de antes, dentro de una hora revienta.

MEFISTÓFELES

No temas; es un compadre y le hará bien. Las mejores de tus drogas has de darle. Traza tu círculo mágico, di las misteriosas frases, y sírvele, sin recelo, una taza del brebaje.

(LA BRUJA, haciendo ademanes estrambóticos, traza un círculo en el suelo, y coloca en él varios objetos raros; mientras tanto, los vasos suenan y las ollas también, haciendo una especie de música. Toma después la BRUJA un grueso librote, pone dentro del círculo a los MICOS, que le sirven de pupitre para el libro, y le sostienen las luces. Hace seña a FAUSTO de que se acerque.)

FAUSTO a MEFISTÓFELES

¿De qué sirve todo aquesto? Estos gestos y ademanes, estos bichos, estas farsas, todo es viejo y repugnante.

MEFISTÓFELES

Tómalo a risa y chacota. ¿Por qué has de formalizarte? Para que surta la pócima todos sus efectos, hace la Bruja, como buen médico, las pantomimas de su arte.

(Hace entrar a FAUSTO en el círculo.)

LA BRUJA

(Lee en el libro, declamando con mucho énfasis.)

El uno truecas en diez, con la mayor sencillez; restas el dos y el tres luego, y ya vas ganando el juego; sumas el cuatro al instante; das un brinco, y divides lo restante por el cinco; el seis, en un periquete, queda convertido en siete; pero va el ocho delante, y trocando el nueve en uno, queda el diez hecho ninguno. Y esta es la peregrina cábala de la Madre Celestina.

FAUSTO

Delirar le hizo la fiebre quizás.

MEFISTÓFELES

No es que ella desbarre: así reza el libro; todas sus páginas son iguales. Bien me quebré la cabeza estudiándolo; fue en balde: para discretos y tontos lo absurdo es impenetrable. El sistema es viejo y nuevo; hubo en todas las edades quien, haciendo de tres uno y uno de tres, diera pase, como misterios sublimes, a solemnes necedades. ¿Quién adelgaza las mientes discutiéndolas? Más vale creerlo que averiguarlo; pues pocos dudan, o nadie, que se encierra un pensamiento debajo de cada frase.

LA BRUJA

La Verdad caprichosa va fugitiva; para aquel que la acosa siempre es esquiva. Desnuda y bella, entrégase al que nunca pensara en ella.

FAUSTO

¿Qué despropósitos habla? La cabeza se me parte, como si tuviera en ella toda una casa de orates.

MEFISTÓFELES

¡Basta, inspirada Sibila! Sirve el mejunje al instante, y hasta el borde llena el vaso. Los efectos no te alarmen: hecho está ya el camarada a esos tragos y estos lances.

(LA BRUJA, con muchos aspavientos, vierte la pócima en la taza, y cuando la lleva FAUSTO a los labios, enciéndese una ligera llama en el líquido.)

Bebe, y sentirás al punto el corazón transformarse. ¿Temes al fuego, teniendo al demonio de tu parte?

(LA BRUJA rompe el círculo; FAUSTO sale de él.)

Ahora, ¡en marcha!

LA BRUJA

¡Y buen provecho!

MEFISTÓFELES

Si en algo puedo ayudarte, me tendrás en la Walpurga para aquello que me mandes.

[Ilustración]

LA BRUJA

Una canción he de daros; si alguna vez la cantareis, probaréis, al punto mismo, sus efectos singulares.

MEFISTÓFELES, a FAUSTO

Tú, ven, y sigue mis pasos. Útil es, indispensable que transpires: así, el filtro por dentro y fuera se esparce. Después, en noble indolencia haré que ocioso descanses, y en tan sabrosa molicie, verás, sin otros afanes, cuál las ansias de Cupido brotarán por todas partes.

FAUSTO

Déjame aún que en ese espejo los ávidos ojos clave... De mujer hermosa y pura nunca vi mejor imagen.

MEFISTÓFELES

Ven, y brillará a tu vista, vivo, fresco y palpitante, el acabado modelo de las humanas beldades.

(Aparte.)

Con ese trago en el vientre, con esa fiebre en la sangre, Elena será a sus ojos la primera mujer que halle.

[Ilustración]

[Ilustración]

CALLE

FAUSTO Y MARGARITA, pasando

FAUSTO

Hermosa señorita, bondadosa, ¿aceptaréis mi brazo y compañía?

MARGARITA

Ni señorita soy, ni soy hermosa, y sé ir a casa sin sostén ni guía.

(Se suelta y se va.)

FAUSTO

Es preciosa, ¡vive Cristo!, esa doncella. En mi vida hermosura más cumplida ni más recatada he visto. Y hay algo de incitador en esa faz candorosa... ¡Labios de encendida rosa! ¡Frescas mejillas en flor! Bajó los ojos, y enojos tales causaron al alma, que me tiene ya sin calma aquel bajar de sus ojos. Con su réplica vivaz, con su gracioso desdén, a cualquier hombre de bien ha de robarle la paz.

(Entra MEFISTÓFELES.)

FAUSTO

Oye: ¿ves esa doncella? Procúramela al instante.

[Ilustración]

MEFISTÓFELES

¿Cuál dices?

FAUSTO

La que delante de ti caminaba.

MEFISTÓFELES

¿Aquella? Ha un momento que le ha dado el cura la absolución: escuché su confesión, detrás de ella agazapado. ¡Nada! ¡Escrúpulos monjiles! No tengo en ella poder.

FAUSTO

¿Cómo no, siendo mujer y contando quince abriles?

MEFISTÓFELES

Presumes como Don Juan. Imaginas que las flores más brillantes y mejores para ti son y serán; que todo a tu devaneo cederá del mejor modo: mas no sale, amigo, todo a medida del deseo.

FAUSTO

Señor Maestro, no arguyo; mas te digo, sin reproche, que es ella mía esta noche, o dejo yo de ser tuyo.

MEFISTÓFELES

¿Cómo lograrlo? ¡Estás loco! Necesito, en conclusión, para atisbar la ocasión quince días, y aún es poco.

FAUSTO

¡Quince días! ¿Con quién hablo? Si uno tuviera por mío, para lograr lo que ansío no necesitara al diablo.

MEFISTÓFELES

¡Más no dijera un francés! Contén tus ansias veloces: andar de prisa en los goces estrategia inhábil es. Si alcanzar quieres la gloria de los placeres más vivos, con luengos preparativos apréstate a la victoria; y con tenaz frenesí, cual dice un cuento italiano, construya tu propia mano tu amoroso maniquí.

FAUSTO

Sin el socorro de ese arte ardiendo está mi deseo.

MEFISTÓFELES

Basta, pues, de tiroteo; dejemos bromas aparte; y entiende que en esta lid contra tan débil criatura, no es la audacia quien procura el triunfo, sino el ardid.

FAUSTO

Por fuerza, pues, o artificio, si no todo el bien que imploro, dame algo de ese tesoro que me ha trastornado el juicio. Dame su humilde collar, dame su ajustada liga, algo con lo cual consiga mi ardiente fiebre calmar.

MEFISTÓFELES

Ya tu impaciencia comparto, y para darte consuelo, voy a llevarte en un vuelo...

FAUSTO

¿Adónde?

MEFISTÓFELES

A su propio cuarto.

FAUSTO

¿Veré a mi beldad divina? ¿Mía será?

MEFISTÓFELES

¡Poco a poco! Está, si no me equivoco, en casa de una vecina; pero, en dulce bienandanza respirando allí su ambiente, podrás soñar ya presente cuanto anheló tu esperanza.

FAUSTO

Vamos.

MEFISTÓFELES

Es pronto quizá...

FAUSTO

Tráeme, pues, para mi bella, un regalo, digno de ella.

(Vase.)

MEFISTÓFELES

¡Un regalo! Triunfará. Conozco más de un rincón donde hay tesoros sin cuento: voy a hacer en un momento la visita de inspección.

(Vase.)

[Ilustración]

[Ilustración]

AL CAER LA TARDE

UN CUARTITO MUY ASEADO

MARGARITA, trenzando sus cabellos

El deseo ya me abrasa de conocer al galán: por su porte y ademán parece de buena casa. Eso no se oculta, no: en el rostro va estampado. Y no fuera tan osado, a no ser hombre de pro.

(Vase.)

MEFISTÓFELES, FAUSTO

MEFISTÓFELES

Entra despacio.

FAUSTO, después de una pausa

Deseo estar solo.

MEFISTÓFELES, escudriñando el cuarto

Para ser aposento de mujer, hay en él bastante aseo.

(Vase.)

FAUSTO, mirando alrededor

Grata penumbra, que con tenue velo el templo del amor cubres sombría, infunde al corazón el vivo anhelo que la esperanza del placer rocía. De dicha y paz purísima fragancia respiro aquí con inefable gozo. En esta desnudez ¡cuánta abundancia! ¡Cuánta ventura en este calabozo!

(Déjase caer en el sillón de cuero, que está al lado de la cama.)

Recíbeme en tu seno, trono santo, do el anciano reinó, gozoso o triste. ¡Ah! ¡Cuántos niños, con alegre encanto, por tus robustos brazos trepar viste! Aquí tal vez, agradecida al cielo, la que mi dueño es hoy, niña inocente, la enjuta mano del caduco abuelo vino a besar con labio floreciente. Aquí respiro, hermosa, el que te alienta genio de orden, trabajo y armonía, cuya materna voz, que oyes atenta, te dicta tu deber de cada día. Él te enseña a extender el blanco lino sobre la mesa del frugal banquete, y a tu mano, que rige mi destino, da el estropajo humilde por juguete. ¡Mano querida! Cual de Dios la diestra, eres creadora, y el que audaz contemplo mísero hogar, de lobreguez siniestra, trocar supiste en luminoso templo.

(Separa una cortina del lecho.)

¡Qué celestial transporte me extasía! ¡Cuál late ansioso el pecho conmovido! ¡Cuán feliz en tu seno olvidaría el volar de las horas, dulce nido! Aquí en sueños de amor, Naturaleza, modelaste esa angélica criatura; aquí, cuando a latir el pecho empieza, la niña descansó cándida y pura. Aquí, la actividad viva y sagrada, porque a mi afán su perfección conteste, completó esa hermosura consumada, que imagen es de la beldad celeste. ¿Y tú, qué buscas, qué ansías, alma mía? Goce interior inunda el pecho exhausto... ¿Por qué tiemblo, y mi mente se extravía? ¡Te desconozco, desdichado Fausto! Mi ser penetra enervadora calma: buscaba el choque del placer violento, ¡y en dulces sueños se evapora el alma! ¿Juguete somos del fugaz momento? ¡Ay! Si aquí apareciese, pura y bella, la pobre niña que burlar ansías, ¡cuán pequeño, Don Juan, turbado ante ella, a sus pies mudo y trémulo caerías!

MEFISTÓFELES

Viene: huyamos al instante.

FAUSTO

¡Huyamos! No volveré.

MEFISTÓFELES

Esta cajita encontré; mírala: pesa bastante. Dejémosla en este armario, y por quien soy te aseguro que producirá el conjuro el efecto necesario. Baratijas son el don, para obtener otras luego: el juego, al fin, siempre es juego, y las niñas, niñas son.

FAUSTO

No me atrevo...

MEFISTÓFELES

¡Belcebú te confunda! ¿Que la engaño piensas, o quieres, tacaño, quedarte las joyas tú? Renuncia, pues, al placer con que tu ilusión halagas, y de este modo no me hagas tiempo y trabajo perder. Mas no da tu gentileza en extremos tan villanos. Por mí, lávome las manos y me rasco la cabeza.

(Pone el estuche en el armario y rueda la llave.)

Ahora, salgamos de aquí. Conviene ver si la niña por sí misma se encariña y se enamora de ti. ¡Vamos! ¡Pronto! Va a llegar... Pareces, tan grave y serio, que hayas vuelto al ministerio de tu cátedra escolar, y que en su negro ropón envuelta, pálida y tísica, esté Doña Metafísica dictándote la lección. Ven.

(Vanse.)

MARGARITA, con una luz en la mano

¡Qué calor! ¡Qué bochorno! Abriré.

(Abriendo la ventana.)

Me parecía que la noche estaba fría, y esto abrasa como un horno. Mas ¿qué tengo? ¿Qué me pasa? Siento un hondo escalofrío... ¡Quisiera que ya, Dios mío, mi madre estuviera en casa! ¡Ay! La angustia me sofoca; inquieta, turbada estoy. ¡Bah! ¡Cuán aprensiva soy! ¡Cuán aprensiva y cuán loca!

(Comienza a desnudarse y a cantar.)

Hubo en Thule un rey amante, que a su amada fue constante, hasta el día que murió; ella, en el último instante, su copa de oro le dio. El buen rey, desde aquel día, solo en la copa bebía, fiel al recuerdo tenaz, y al beber humedecía una lágrima su faz. Llegó el momento postrero, y al hijo su reino entero cediole, como era ley: solo negó al heredero la copa el constante rey. En la torre que el mar besa, por orden del rey expresa —tan próximo ve su fin— la Corte en la regia mesa gozó el último festín. El postrer sorbo el anciano moribundo soberano apuró sin vacilar, y con enérgica mano arrojó la copa al mar. Con mirada de agonía, la copa que al mar caía, fijo y ávido, siguió; vio como el mar la sorbía, y los párpados cerró.

(Abre el armario para guardar los vestidos, y ve el estuche.)

¿Quién ha puesto en el armario este cofrecillo? Abierta no he dejado yo la puerta... ¡Vaya! ¡Es lance extraordinario! ¿Qué contendrá? No lo sé; a mi madre alguien lo dio quizás en prenda. ¡Si yo pudiera abrir!... Probaré. Cuelga aquí una llave de oro de una cintita de seda... ¿Me atrevo?... Entra bien; ya rueda; ya está abierto. ¡Qué tesoro! ¡Joyas son!... Riqueza igual no vi: lucirlas podría en el más solemne día la dama más principal. Turbada, aturdida estoy: ¿quién será su dueño, quién? Veré si me sienta bien el collar.

(Poniéndoselo al espejo.)

¡Otra ya soy! Si, a lo menos, fueran míos los zarcillos... Porque es cosa bien pobre un rostro de rosa sin ajenos atavíos. De juventud y beldad los hombres ya no hacen caso; si te echan flores al paso, es por lástima y piedad. ¿Para qué ser bella quieres? Hoy solo existe un tesoro, y ese tesoro es el oro: ¡el oro!... ¡Pobres mujeres!