Figuras de varios siglos · Arthur Symons

Introducción

Capítulo 1 de 13 · 7 min de lectura

Las Confesiones de San Agustín son la primera autobiografía, y tienen esto que las distingue de todas las demás: están dirigidas directamente a Dios. El desahogo de Rousseau es la última y más eficaz manifestación de esa nerviosa y desafiante conciencia de los demás que lo persiguió toda su vida. Sentía que todos los hombres y mujeres con los que se cruzaba en su camino por el mundo lo observaban, y en su mayoría sin intenciones muy favorables. La exasperación de todas esas miradas fijas en él, la absorbente y protestante autoconciencia que despertaban en su interior, lo impulsaron, a pesar suyo, a tratar de explicarse ante los demás, ante el mundo en general. Su ansiedad por explicarse, no por justificarse, era en el fondo una especie de cobardía ante su propia conciencia. Sentía demasiado agudamente las voces silenciosas dentro de sí como para guardar silencio. Cellini escribió su autobiografía porque oía dentro de sí tales trompetas de alabanza, de exaltación y de la suprema satisfacción de un hombre violento que se ha concebido siempre en lo correcto, que le horrorizaba pensar en irse a la tumba sin haber hecho oír esas voces al mundo entero. Te arroja este libro de sus propios hechos para que te golpee hasta la admiración sumisa. Casanova, al final de una larga vida en la que había probado todos los frutos prohibidos de la tierra, con una sencillez de placer en la que el hecho de que fueran prohibidos era apenas uno de sus muchos sabores, miraba hacia su pasado con una admiración levemente patética, y se dispuso a recorrer de nuevo esas aventuras exitosas, en el amor y en otras artes, primero para divertirse recordándolas, y luego porque pensó que el relato le haría honor. No se presenta como modelo, ni admite que estuviera muy a menudo equivocado. Siempre apasionado por las sensaciones, y por ellas mismas, la escritura de una autobiografía fue la última, casi activa, sensación que le quedaba, y la aceptó con energía.

Probablemente San Agustín concibió primero la escritura de una autobiografía como una especie de penitencia, que podría ser también fructífera para otros. Por su forma, enfrenta la leve dificultad de que parece estar diciéndole a Dios lo que Dios ya sabía. Pero esa es la dificultad que enfrenta toda oración. ¿No nos gusta contarles a quienes amamos muchas cosas sobre nosotros mismos que ellos ya conocen? Una oración, confesiones como estas, se dirigen a Dios mediante uno de esos subterfugios necesarios para acercarse a lo invisible y lo infinito, bajo al menos un disfraz de mortalidad. Y todo el libro, como ningún otro de su tipo, es lírico. Esta prosa, tan simple, tan familiar, posee la exaltación de la poesía. Puede pasar, sin cambiar de tono, del robo de peras por un niño: “Si alguna de esas peras llegaba a mi boca, lo que la endulzaba era el pecado”; a un tierno afecto humano: “Y ahora vive en el seno de Abraham: sea lo que sea lo que signifique ese seno, allí vive mi Nebridio, mi dulce amigo”; y de ahí al raro y último éxtasis del santo: “Y a veces me admitías a un afecto, muy inusual, en lo más íntimo de mi alma, que se elevaba a una dulzura extraña, que si se perfeccionara en mí, no sé qué en ello no pertenecería a la vida futura”. Incluso el autoanálisis, tan abundante, que a veces se convierte en una especie de matemática, incluso esas sutilezas metafísicas que parecen afilar pensamiento sobre pensamiento hasta un filo casi invisible, se vuelven también líricas, impregnadas como están de este sentido de lo divino.

Para San Agustín, toda la vida solo se ve en su relación con lo divino; vista desde cualquier otro ángulo, no tiene sentido, y aun con esa luz sobre ella, en su mayor parte se percibe como un tropezar en la oscuridad, un extravío del camino correcto. En la medida en que es natural, es mala. En la medida en que es corregida por la gracia divina, deja a los actores humanos sin mérito; pues toda virtud es de Dios, aunque todo vicio es del hombre.

Esta concepción de la vida es ciertamente valiosa al dar armonía al libro, pues presenta una especie de fondo. Aporta un simbolismo muy impresionante al registro de hechos reales, a todos los cuales les otorga un valor, no en sí mismos, si así se quiere decir, o, quizás más propiamente, su valor esencial. Cuando nada de lo que sucede, sucede sino bajo la responsabilidad directa de Dios, cuando nada se dice que no sea una de tus “líneas” en el drama que se representa, no tanto por ti como a través de ti, no puede haber exterioridades, nada puede ser trivial en un relato de vida concebido así. Y este punto de vista también ayuda al escritor a mantener todos sus detalles en proporción; el defecto usual del autobiografista, al menos artísticamente, es una valoración desmedida de asuntos pequeños, solo porque le ocurrieron a él. Para San Agustín, aunque el más pequeño acontecimiento humano no carece de significado en su relación con la eternidad, ni el mayor acontecimiento humano es importante en su relación con el tiempo; y su propia participación solo induciría una humildad especial, quizás exagerada, de su parte. Así, hablando de sus primeros estudios, de sus triunfos en ellos, no sin cierta ingenuidad: “Todo lo que se escribió, ya fuera en retórica o lógica, geometría, música y aritmética, por mí mismo, sin mucha dificultad ni instrucción, lo entendí, Tú lo sabes, oh Señor mi Dios; porque tanto la rapidez como la comprensión y la agudeza para discernir son Tu don”. O, de nuevo, hablando de las excelencias juveniles (“excelentemente lo habías hecho”) de aquel hijo que fue hijo de su amada: “Yo no tuve parte en ese niño, salvo el pecado”.

Dije que la altura desde la que San Agustín comprende estas verdades puede parecer algo árida. Eso quizá solo se deba a que está más cerca del cielo, más directamente bañada en lo que él llama, hermosamente, “esta reina de los colores, la luz”. Hay un pasaje en el libro décimo que casi puede llamarse una especie de estética. Es, en efecto, una estética de la renuncia, pero una renuncia de las muchas bellezas por la única Belleza, que las contiene y las eclipsa; “porque esos bellos modelos que a través de las almas de los hombres se transmiten a sus hábiles manos, provienen de esa Belleza, que está por encima de nuestras almas”. Y no es una renuncia de quien nunca disfrutó lo que renuncia, ni de quien se siente, incluso ahora, completamente a salvo de ciertas formas de su seducción. Le preocupa especialmente el temor de que “esas melodías a las que tus palabras infunden alma, cuando se cantan con voz dulce y afinada”, puedan conmoverlo “más por la voz que por las palabras cantadas”. Sin embargo, ¡con cuánta gracia habla de la música, permitiendo “que las diversas afecciones de nuestro espíritu, por una dulce variedad, tengan sus propias medidas en la voz y el canto, por alguna correspondencia oculta que las agita”! Es precisamente porque siente tan íntimamente la belleza de todas las cosas humanas, aunque sea solo “un perro corriendo en el campo, una lagartija cazando moscas”, que desea pasar a través de ellas hacia esa contemplación apasionada que es el deseo de todos los que buscan lo absoluto, y que para él es Dios. Pregunta a todos los poderes de la tierra: “Mi interrogarlos, era mi pensamiento sobre ellos; y su forma de belleza daba la respuesta”. ¡Y con cuán concreta serie de imágenes se esfuerza por expresar lo inexpresable, en ese pasaje de pura poesía sobre el amor de Dios! “¿Pero qué amo, cuando te amo? no la belleza de los cuerpos, ni la armonía de los tiempos, ni el brillo de la luz, tan alegre para nuestros ojos, ni dulces melodías de variados cantos, ni el fragante olor de flores, ungüentos y especias, ni maná ni miel, ni miembros agradables a los abrazos de la carne. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios; y sin embargo amo una especie de luz, y melodía, y fragancia, y alimento, y abrazo, cuando amo a mi Dios, la luz, melodía, fragancia, alimento, abrazo de mi hombre interior: donde brilla para mi alma lo que el espacio no puede contener, y allí resuena lo que el tiempo no se lleva, y allí huele lo que el aliento no dispersa, y allí se saborea lo que el comer no disminuye, y allí se abraza lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios”.

Al mencionar en sus confesiones únicamente aquellas cosas que considera de importancia para Dios, sucede, naturalmente, que san Agustín omite muchas cosas que habrían interesado a la mayoría de los hombres, quizás aún más. '¿Qué tengo yo, entonces, que ver con los hombres, para que escuchen mis confesiones—como si pudieran sanar mis dolencias—, una raza curiosa por conocer la vida de los otros, perezosa para enmendar la propia?' Si bien encontramos numerosas menciones significativas de cosas, libros y personas, Fausto el maniqueo, el 'Hortensio' de Cicerón, el teatro, hallaremos aquí poco alimento para nuestras investigaciones de anticuario, puramente curiosas. Ni siquiera encontraremos todo lo que quisiéramos saber, en el propio san Agustín, sobre la superficie de la acción mental, a lo que llamamos carácter, o las emociones superficiales, a las que llamamos temperamento. Aquí está un alma, una de las almas supremas de la humanidad, hablando directamente a esa alma suprema que ha percibido fuera de la humanidad. Ten la seguridad de que, si olvida muchas cosas que tú, que escuchas a escondidas, habrías querido que recordara, recordará todo aquello que es importante recordar, todo lo que el ángel registrador, que es la crítica más sutil del alma sobre sí misma, ya ha inscrito en el libro del juicio final.