Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.XI.
Capítulo 76 de 266 · 6 min de lectura
Cómo los señores de Rompepantalones y Tragapuños alegaron ante Pantagruel sin abogado.
Entonces comenzó Rompepantalones de la siguiente manera. Mi señor, es cierto que una buena mujer de mi casa llevó huevos al mercado para vender. Cúbrete, Rompepantalones, dijo Pantagruel. Gracias a usted, mi señor, respondió el señor Rompepantalones; pero vayamos al grano. Pasó entre los dos trópicos la suma de tres peniques hacia el cenit y medio penique, ya que ese año los montes Rifeos habían sido oprimidos por una gran esterilidad de gobios falsos y espectáculos sin sustancia, a causa de los chismes y patrañas sediciosamente levantados entre los charlatanes y los parloteadores accursianos por la rebelión de los suizos, que se habían reunido en número completo de abejorros y mirmidones para ir a buscar la buena suerte el primer día del año nuevo, justo cuando se les da sopa a los bueyes y se entrega la llave del carbón a las campesinas para que sirvan la avena a los perros. Toda la noche no hicieron otra cosa, manteniendo siempre las manos sobre la olla, que despachar, a pie y a caballo, cartas o escritos sellados con plomo, es decir, comisiones papales comúnmente llamadas bulas, para detener los botes; pues los sastres y costureros habrían hecho con los retazos y recortes robados una magnífica chirimía para cubrir el rostro del océano, que entonces estaba preñado de una olla de coles, según la opinión de los hacedores de haces de heno. Pero los médicos decían que por la orina no podían discernir señal manifiesta del paso de la avutarda, ni cómo comer azadones de doble lengua con mostaza, a menos que los señores y caballeros de la corte se dignaran dar por B.mol orden expresa a la sífilis de no andar más recogiendo caldereros y hojalateros; pues los cabezotas ya tenían un buen comienzo en su danza de la giga británica llamada estrindore, a perfecto diapasón, con un pie en el fuego y la cabeza en medio, como solía decir el buen hombre Ragot.
¡Ah, señores míos, Dios modera todas las cosas y las dispone a su placer, de modo que contra la mala fortuna un carretero rompió su látigo saltarín, que era todo el instrumento de viento que tenía! Esto sucedió a su regreso de la pequeña y miserable ciudad, justo cuando el maestro Antitus de Cressplots fue licenciado y había pasado sus grados en toda torpeza y necedad, según esta sentencia de los canonistas: Beati Dunces, quoniam ipsi stumblaverunt. Pero lo que hace que la Cuaresma sea tan alta, por san Fiacro de Bry, no es otra cosa sino que Pentecostés nunca llega sino a mi costa; pero, adelante, ¡eh! una pequeña lluvia calma un gran viento, y debemos pensarlo así, viendo que el alguacil ha planteado el asunto tan por encima de mi alcance, que los escribanos y segundos no pudieron, con el beneficio de ello, chuparse los dedos, emplumados con gansos, tan circularmente como solían hacer en otras cosas. Y vemos claramente que cada uno se reconoce en el error del que otro ha sido acusado, reservando solo aquellos casos en que estamos obligados a tomar una inspección ocular con un anteojo hacia el lugar de la chimenea donde cuelga el letrero del vino de cuarenta cinchas, que siempre se han considerado muy necesarias para el número de veinte paneles y albardas de los protegidos en quiebra con cinco años de prórroga. Sin embargo, al menos, quien no soltó el ave antes de los pasteles de queso debía en derecho haber expuesto su razón de por qué no, pues la memoria a menudo se pierde con un herrado caprichoso. ¡Que Dios guarde a Teobaldo Mitain de todo peligro! Entonces dijo Pantagruel: ¡Alto ahí! Eh, amigo mío, despacio y con calma, habla con tranquilidad y sobriedad sin encolerizarte. Entiendo el caso, continúa. Ahora bien, mi señor, dijo Rompepantalones, la mencionada buena mujer, diciendo sus gaudez y audi nos, no pudo cubrirse con una traicionera zancadilla, ascendiendo por las heridas y pasiones de los privilegios de las universidades, a menos que por virtud de una calientacamas hubiera angelicalmente fomentado cada parte de su cuerpo cubriéndolas con un seto de bancales de jardín; luego, dando una sed (o empuje) rápida e inevitable muy cerca del lugar donde venden los trapos viejos que los pintores de Flandes usan mucho cuando van a calzar con esmero saltamontes, langostas, cigarras y otros pájaros-voladores semejantes, tan extraños para nosotros que me asombra maravillosamente por qué el mundo no pone huevos, siendo tan bueno para empollar.
Aquí el señor de Tragapuños quiso interrumpirlo y decir algo, por lo que Pantagruel le dijo: ¡Chitón! Por el vientre de san Antonio, ¿te parece bien hablar sin permiso? Yo sudo aquí con la extrema labor y el excesivo esfuerzo que hago para entender el desarrollo de vuestra mutua diferencia, y aun así vienes a perturbarme y molestarme. Silencio, en nombre del diablo, silencio. Se te permitirá hablar hasta hartarte cuando este hombre haya terminado, y no antes. Continúa, le dijo a Rompepantalones; habla con calma y no te acalores con demasiada prisa.
Percibiendo entonces, dijo Rompepantalones, que la Pragmática Sanción no hacía mención de ello, y que el santo Papa daba a cada uno libertad de tirarse pedos a su gusto, si las mantas no tenían rayas donde los mentirosos debían ser cruzados con una cuadrilla de rufianes, y, estando el arcoíris recién afilado en Milán para sacar alondras, dio su pleno consentimiento para que la buena mujer pisara el talón de los retortijones de cadera, en virtud de una solemne protesta presentada por los pececillos testiculados o huevudos, que, a decir verdad, eran entonces muy necesarios para entender la sintaxis y construcción de las botas viejas. Por eso Juan Ternero, su primo Gervasio, una vez removido con un tronco del montón de leña, le aconsejó seriamente que no se pusiera en peligro de bambolearse en la sotavento, para ser restregada con un balde de ropa hasta que primero encendiera el papel. Este consejo lo siguió, porque él le pidió que no tomara nada y lo arrojara, pues Non de ponte vadit, qui cum sapientia cadit. Así las cosas, viendo que los maestros de la cámara de cuentas o miembros de ese comité no se ponían totalmente de acuerdo entre sí al contar el número de silbatos alemanes, de los cuales se fabricaron esos anteojos para príncipes que han sido impresos últimamente en Amberes, debo pensar que da un mal retorno del escrito, y que la parte contraria no debe ser creída, in sacer verbo dotis. Porque, teniendo un gran deseo de obedecer la voluntad del rey, me armé de pies a cabeza con mobiliario de vientre, de las suelas de buenos pasteles de venado, para ir a ver cómo mis vendimiadores y cosechadores de uva habían agujereado y recortado sus gorros altos, para lujuriar mejor y jugar al dentro y fuera. Y en verdad, el tiempo era muy peligroso al regresar de la feria, tanto que muchos arqueros entrenados fueron descartados en la revista y totalmente rechazados, aunque las chimeneas eran lo suficientemente altas, según la proporción de los bultos de viento en las patas de los caballos, o de las malandras, que a juicio de los herradores expertos no es mejor enfermedad, o bien la historia de Ronypatifam o Lamibaudichon, interpretada por algunos como el cuento de una tina o de un caballo asado, sabe a apócrifa y no es una historia auténtica. Y por este medio hubo ese año gran abundancia, en toda la región de Artois, de escarabajos zumbadores color canela, para no poco provecho de los señores portadores de grandes haces de leña, cuando comían sin despreciar los gallinazos, hasta que el vientre les reventaba de nuevo. Por mi parte, tal es mi caridad cristiana hacia mis vecinos, que desearía de corazón que todos tuvieran tan buena voz; nos haría jugar mejor al tenis y al balón. Y en verdad, mi señor, para expresar la pura verdad sin disimulo, no puedo sino decir que esos pequeños y sutiles artificios que se encuentran en la etimología de las zuecas bajarían más fácilmente al río Sena, para servir siempre en el puente de los molineros sobre dicho río, como fue decretado antaño por el rey de los Canarios, según la sentencia o juicio dado al respecto, que puede verse en el registro y archivos dentro de la secretaría de esta casa.
Y, por lo tanto, mi señor, solicito humildemente que por su señoría se diga y declare sobre el caso lo que sea razonable, con costas, daños e intereses. Entonces dijo Pantagruel: Amigo mío, ¿eso es todo lo que tienes que decir? Rompepantalones respondió: Sí, mi señor, pues he dicho todo el tu autem, y no he variado en absoluto sobre mi honor ni una sola palabra. Entonces tú, dijo Pantagruel, mi señor de Tragapuños, di lo que quieras, y sé breve, sin omitir, sin embargo, nada que pueda servir al propósito.



