Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.XII.
Capítulo 77 de 266 · 6 min de lectura
Cómo el señor de Tragapapas suplicó ante Pantagruel.
Entonces comenzó el señor Tragapapas de la siguiente manera. Mi señor, y ustedes, señores míos, si la iniquidad de los hombres pudiera verse tan fácilmente en un juicio categórico como podemos distinguir las moscas en una jarra de leche, los cuatro bueyes del mundo no habrían sido tan devorados por las ratas, ni tantas orejas sobre la tierra habrían sido roídas de manera tan miserable. Porque aunque todo lo que mi adversario ha dicho es de una verdad muy suave y mullida, en lo que respecta a la letra y la historia del hecho, sin embargo, las astucias engañosas, las sutilezas hábiles, los ardides disimulados y los pequeños enredos molestos están ocultos bajo el tiesto de rosas, el manto común y cobertura de todos los fraudes engañosos.
¿He de soportar que, cuando estoy comiendo mi sopa igual que el mejor, y eso sin pensar ni decir mal alguno, vengan groseramente a molestarme, inquietarme y perturbar mi mente con ese antiguo proverbio que dice,
Quien en su sopa no quiere beber, Cuando muera y lo entierren, nada podrá ver.
Y, buena señora, cuántos grandes capitanes hemos visto en el día de batalla, cuando en campo abierto se repartía el sacramento en trozos del pan santificado de la cofradía, para así inclinar la cabeza con mayor honestidad, tocar el laúd y hacer sonar sus traseros, para dar pequeños saltos manteniéndose a ras del suelo. Pero ahora el mundo se ha liberado de las esquinas de los fardos de Leicester. Uno se desmanda y se vuelve libertino; otro igual, cinco, cuatro y dos, y eso tan al azar que, si la corte no toma alguna medida al respecto, hará tan mala cosecha este año como nunca, o hará copas. Si alguna pobre criatura va a los baños a iluminar su hocico con un estiércol de vaca o a comprar botas de invierno, y los alguaciles que pasan, o los de la guardia, llegan a recibir la decocción de un enema o la materia fecal de un orinal sobre sus ruidosos y alborotados señoríos, ¿debería alguien, por eso, atreverse a recortar los chelines y testones y freír los platos de madera? A veces, cuando pensamos una cosa, Dios hace otra; y cuando el sol se ha puesto por completo, todas las bestias están en la sombra. Que nunca más se me crea, si no lo pruebo gallardamente con varias personas que han visto la luz del día.
En el año treinta y seis, comprando un caballo holandés recortado, que era un caballo de tamaño mediano, tanto alto como corto, de lana bastante buena y teñido en grano, según me aseguraron los orfebres, aunque el notario puso un etcétera en ello, dije sinceramente que no era un escribano de tanto saber como para atrapar la luna con los dientes; pero, en cuanto al barril de mantequilla donde se sellaron las obras y documentos vulcanianos, el rumor era, y así se decía, que la carne salada hace que uno encuentre el camino al vino sin necesidad de vela, aunque estuviera escondido en el fondo de un saco de carbonero, y que con los calzones puestos estuviera montado en un caballo con armadura, provisto de frontal y tales armas, muslos y grebas como se requieren para freír y asar bien una osadía fanfarrona. Aquí está la cabeza de un carnero, y es bueno que hagan un proverbio de esto, que es bueno ver vacas negras en leña quemada cuando uno alcanza el goce de su amor. Consulté este punto con mis maestros los escribanos, quienes resolvieron en frisesomorum que no hay nada como segar en verano y barrer bien en agua, bien adornado con papel, tinta, plumas y cortaplumas, de Lyon sobre el río Ródano, dolopym dolopof, tarabin tarabas, tut, prut, pish; porque, en cuanto la armadura empieza a oler a ajo, la herrumbre casi se come el hígado, no del que la lleva, y entonces no hacen otra cosa que oponerse a los caminos de otros, y erguir el cuello torcidamente unos contra otros, pasando a la ligera sobre la siesta de la tarde, y esto es lo que encarece tanto la sal. Señores míos, no crean que cuando la buena mujer atrapó con liga al pato cuchara, para mejor, ante testigo de un alguacil, entregar la parte del hijo menor, que las asaduras de oveja o de cerdo se encogieron y replegaron en las bolsas de los usureros, o que haya mejor cosa para preservarse de los caníbales que tomar una ristra de cebollas, atada con trescientas nabos, y un poco de asadura de ternero de la mejor aleación que hayan preparado los alquimistas, (y) que untan y recubren con barro, así como calcinan y queman hasta hacer polvo estas pantuflas, muff in muff out, mouflin mouflard, con la fina salsa del jugo de la chusma, mientras se esconden en alguna pequeña madriguera, salvando siempre las lonjas de tocino. Ahora bien, si los dados no te favorecen con otra tirada que ambes-ace y la suerte de tres en el extremo mayor, fíjate bien en el as, luego toma a tu dama, colócala en una esquina de la cama, y súbela de un tirón, ahí, ahí, toureloura la la; cuando hayas terminado, toma un buen trago del mejor, despicando grenovillibus, a pesar de las ranas, cuyos hermosos y toscos calzones serán reservados para los pequeños gansos verdes o gansitos encerrados, que, engordados en un corral, se deleitan jugando al juego del aguzanieves, esperando el batido del metal y el calentamiento de la cera por los babosos consoladores.
Muy cierto es que los cuatro bueyes que están en disputa, y de los que se hizo mención, eran algo cortos de memoria. Sin embargo, para entender bien el juego, no temían ni al cormorán ni al ánade de Saboya, lo que dio gran esperanza a la buena gente de mi país de que sus hijos algún día serían muy hábiles en el álgebra. Por eso es, que por una ley rubricada y sentencia especial de la misma, no podemos dejar de atrapar al lobo si hacemos nuestras cercas más altas que el molino de viento, de lo cual algo habló el demandante. Pero el gran diablo lo envidió, y por eso puso muy atrás a las Altas Alemanas, que se portaron como demonios bebiendo y empinando el buen licor, trink, mein herr, trink, trink, por dos de mis fichas en el punto de la esquina he ganado la partida. Porque no es probable, ni hay apariencia de verdad en decir que en París, sobre un pequeño puente, la gallina es proporcional, y aunque fueran tan crestas y copetudas como los gritos del pantano, si de verdad no sacrificaron las bolas de la imprenta en Moreb, con un nuevo filo puesto por letras de molde o de mano rápida, todo me da igual, con tal que la cinta del libro no críe polillas ni gusanos. Y suponiendo que, al juntar los sabuesos, los cachorros se hubieran envalentonado antes de que el notario pudiera dar cuenta de la entrega de su auto por arte cabalística, necesariamente se seguirá, salvo mejor opinión del tribunal, que seis acres de prado del mayor ancho harán tres toneles de buena tinta, sin pagar dinero en efectivo; considerando que, en el funeral del rey Carlos, pudimos haber tenido la braza en mercado abierto por uno y dos, es decir, dos y uno. Esto lo puedo afirmar con la conciencia tranquila, bajo juramento de lana.
Y veo habitualmente en todas las buenas gaitas, que, cuando intentan imitar el gorjeo de los pajarillos, al girar una escoba tres veces alrededor de una chimenea, y poner su nombre en actas, no hacen sino doblar una ballesta al revés y soplar un cuerno, si acaso está demasiado caliente, y que, al atarlo a una cuerda que debía tirar, inmediatamente después de ver las letras, le devolvieron las vacas. Otra sentencia parecida, de la manera más sencilla, se pronunció en el año diecisiete, por el mal gobierno de Louzefougarouse, a lo cual le ruego a la corte que preste atención. Deseo ser bien entendido; porque en verdad, no digo sino que en toda equidad, y con conciencia recta, pueden ser justamente desposeídos aquellos que beben agua bendita como quien maneja la lanzadera de un tejedor, de la cual se hacen supositorios para quienes no quieren ceder, sino en términos de vara y cuenta y dando una cosa por otra. Tunc, señores, quid juris pro minoribus? Porque la costumbre común de la ley sálica es tal, que el primer incendiario o promotor de sedición que desuella la vaca y se limpia la nariz en pleno concierto musical sin soplar en las puntadas del zapatero, debe, en tiempo de pesadilla, sublimar la penuria de su miembro con musgo recogido cuando la gente está a punto de atragantarse en la mesa a medianoche, para dar la estrapada a estos vinos blancos de Anjou que hacen temblar la pierna al levantarla los jinetes llamados gambetta, y eso cuello con cuello al estilo de Bretaña, concluyendo como antes con costas, daños e intereses.
Después que el señor de Tragaldabas hubo terminado, Pantagruel dijo al señor de Besacalzón: Amigo mío, ¿desea usted responder a lo que se ha dicho? No, mi señor, respondió Besacalzón; pues ya he dicho todo lo que pretendía, y nada más que la verdad. Por lo tanto, ponga fin por el amor de Dios a nuestra disputa, porque estamos aquí con grandes gastos.



