Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.XIII.

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Cómo Pantagruel dictó sentencia sobre la disputa de los dos señores.

Entonces Pantagruel, poniéndose de pie, reunió a todos los presidentes, consejeros y doctores que allí se encontraban, y les dijo: Vengan ahora, señores míos, ya han escuchado vivae vocis oraculo la controversia que se debate; ¿qué opinan al respecto? Ellos le respondieron: En verdad la hemos escuchado, pero no hemos entendido ni el diablo de una sola circunstancia del caso; por lo tanto, le suplicamos, una voce, y cortésmente le pedimos que dicte sentencia como mejor le parezca, y, ex nunc prout ex tunc, quedamos conformes con ella y la ratificamos con nuestro pleno consentimiento. Bien, señores míos, dijo Pantagruel, ya que están tan complacidos, lo haré; pero en verdad no encuentro el caso tan difícil como ustedes lo pintan. Su párrafo Catón, la ley Frater, la ley Gallus, la ley Quinque pedum, la ley Vinum, la ley Si Dominus, la ley Mater, la ley Mulier bona, la ley Si quis, la ley Pomponius, la ley Fundi, la ley Emptor, la ley Praetor, la ley Venditor y muchas otras más, me parecen mucho más intrincadas. Dicho esto, caminó un par de vueltas por el salón, reflexionando profundamente, como podría pensarse; pues gemía como un asno cuando lo cinchan demasiado, con la intensidad misma de considerar cómo estaba obligado en conciencia a hacer justicia a ambas partes, sin variar ni aceptar personas. Luego regresó, se sentó y comenzó a pronunciar sentencia de la siguiente manera.

Habiendo visto, oído, calculado y considerado bien la diferencia entre los señores de Besaculs y Lamordaza, el tribunal les dice que, en vista del súbito temblor, estremecimiento y encanecimiento del murciélago, declinando valientemente del solsticio estival, para intentar por medios privados la sorpresa de fruslerías en aquellos que están un poco indispuestos por haber bebido de más, a causa del mal comportamiento y la molestia de los escarabajos que habitan el clima diarodal (diarhómalo) de un mono hipócrita a caballo, tensando una ballesta al revés, el demandante en verdad tuvo justa causa para calafatear, o con estopa tapar las grietas de la galeona que la buena mujer infló con viento, teniendo un pie calzado y el otro descalzo, reembolsando y restituyéndole, bajo y rígido en su conciencia, tantas nueces de vejiga y alfóncigos silvestres como cabellos hay en dieciocho vacas, con igual cantidad para el bordador, y así sucesivamente. Asimismo, se le declara inocente del caso privilegiado de los napardos, en cuyo peligro se pensó que había incurrido; porque no pudo alegremente y con total libertad desabrocharse y evacuar, según la decisión de un par de guantes perfumados con el aroma de pólvora de trasero en la vela de nogal, como es costumbre en su país de Mirebalais. Aflojando, pues, la vela mayor y soltando la escota con las balas de bronce, con las que los marineros, a modo de protesta, horneaban en empanadas gran cantidad de legumbres entreveradas con lirón, cuyos cascabeles de halcón estaban hechos con puntinaria, al estilo de Hungría o Flandes, y que su cuñado llevaba en un canasto, junto a tres chevrones o bordados de gules, mientras él estaba completamente desanimado, abatido y cabizbajo por el excesivo escrutinio, revisión y minucioso examen del asunto en la angulosa perrera de sucios bribones, desde donde disparamos al papagayo vermiforme con el batidor hecho de cola de zorro.

Pero en cuanto a que acusa al demandado de ser un remendón, comedor de queso y recortador de carne humana embalsamada, lo cual en el tumbo de la caída arsiversa no se halló cierto, como muy bien lo discutió el demandado.

Por tanto, el tribunal lo condena y multa en tres escudillas de cuajada, bien cementadas y cerradas, brillando como perlas, y con bragueta al modo del país, que deberán ser pagadas al mencionado demandado hacia mediados de agosto en mayo. Pero, por otra parte, el demandado estará obligado a proporcionarle heno y rastrojo para tapar los abrojos de su garganta, turbada e impulregafizada, con gabardinas barajadas torpemente, y amigos como antes, sin costas y por causa.

Pronunciada esta sentencia, ambas partes se retiraron contentas con el fallo, lo cual era algo casi increíble. Pues nunca había sucedido desde el gran diluvio, ni ocurrirá algo semejante en trece jubileos venideros, que dos partes en contienda contradictoria queden igualmente satisfechas y complacidas con la sentencia definitiva. En cuanto a los consejeros y demás doctores en derecho presentes, todos quedaron tan absortos de admiración ante la sabiduría más que humana de Pantagruel, que percibieron claramente en él por su tan precisa decisión en este caso tan difícil y espinoso, que sus espíritus, con la intensidad del éxtasis, se elevaron por encima de la capacidad de actuar sobre los órganos del cuerpo, y cayeron en un trance y éxtasis repentino, en el que permanecieron durante tres largas horas, y habrían seguido así de no ser porque algunas buenas personas trajeron abundante vinagre y agua de rosas para devolverles el sentido y la comprensión, por lo cual sea Dios alabado en todas partes. Y así sea.