Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.XIV.

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Cómo Panurgo relató la manera en que escapó de las manos de los turcos.

La gran inteligencia y juicio de Pantagruel se dieron a conocer de inmediato en todo el mundo, al publicarse sus alabanzas en la imprenta y dejar constancia de esta reciente y maravillosa prueba que ha dado de ello entre los registros de la corona y los archivos del palacio, de tal modo que todos empezaron a decir que Salomón, quien por mera conjetura, sin mayor certeza, hizo que el niño fuera entregado a su verdadera madre, jamás en su tiempo mostró una obra maestra de sabiduría como la que ha hecho el buen Pantagruel. Dichosos somos, pues, de tenerlo en nuestro país. Y en verdad quisieron entonces nombrarlo maestro de las peticiones y presidente en la corte; pero él rehusó todo, agradeciéndoles muy cortésmente la oferta. Porque, dijo, hay demasiada esclavitud en esos cargos, y difícilmente pueden salvarse quienes los ejercen, considerando la gran corrupción que hay entre los hombres. Lo cual me hace creer que, si los asientos vacíos de los ángeles no se llenan con otro tipo de personas que ésas, no tendremos el juicio final en estos siete mil sesenta y siete jubileos por venir, y así Cusanus se verá engañado en su conjetura. Recuerden que se los he dicho, y que les he dado un buen aviso en tiempo y lugar conveniente.

Pero si tienen algunas barricas de buen vino, con gusto aceptaré un presente de eso. Lo cual hicieron de muy buen grado, enviándole del mejor que había en la ciudad, y él bebió razonablemente bien, pero el pobre Panurgo se lo empinó y trasegó de manera descomunal, pues estaba tan seco como un arenque rojo, tan flaco como un rastrillo, y, como un pobre gato enjuto y delgado, caminaba con cuidado como si pisara huevos. Así que, al ser advertido por alguien, en medio de un gran trago de una copa honda llena de excelente clarete con estas palabras: —Despacio y con calma, compadre, bebes como si estuvieras loco—, él respondió: —¡Que te lleve el diablo! Aquí no has encontrado a tus pequeños bebedores de París, que no beben más que el pajarillo llamado pinzón, y nunca toman un sorbo de licor hasta que les dan en la cola como a los gorriones. ¡Oh, compañero! Si pudiera subir tan bien como bajo, hace tiempo que estaría por encima de la esfera de la luna con Empédocles. Pero no sé qué demonios significa esto. Este vino es tan bueno y delicioso, que cuanto más bebo, más sed tengo. Creo que la sombra de mi amo Pantagruel engendra a los hombres sedientos y alterados, como la luna produce catarros y defluxiones. Al oír esto, la compañía empezó a reír, y Pantagruel, al notarlo, dijo: —Panurgo, ¿qué es lo que te hace reír tanto? —Señor —respondió él—, les estaba contando que estos endiablados turcos son muy desdichados por no beber jamás una gota de vino, y que aunque no hubiera otro mal en todo el Alcorán de Mahoma, sólo por este vil precepto de abstinencia del vino que allí se manda, no me sometería a su ley. Pero ahora dime —dijo Pantagruel—, ¿cómo escapaste de sus manos? —Por Dios, señor —dijo Panurgo—, no le mentiré ni en una palabra.

Los malditos turcos me habían ensartado en un asador todo mechado como un conejo, pues estaba tan seco y flaco que de mi carne no habrían sacado muy buena comida, y así empezaron a asarme vivo. Mientras me asaban de ese modo, me encomendé a la gracia divina, teniendo en mente al buen San Lorenzo, y siempre esperé en Dios que me libraría de ese tormento. Y así fue, y de manera muy extraña. Porque al encomendarme de todo corazón a Dios, clamando: ¡Señor Dios, ayúdame! ¡Señor Dios, sálvame! ¡Señor Dios, sácame de este dolor y tortura infernal en que estos perros traidores me tienen por mi sinceridad en mantener tu ley! El asador o asturnador se quedó dormido por voluntad divina, o quizá por virtud de algún buen Mercurio, que astutamente hizo dormir a Argos con todos sus cien ojos. Al ver que ya no me giraba en el asador, lo observé y noté que estaba profundamente dormido. Entonces tomé con los dientes un tizón por el extremo que no estaba quemado y lo arrojé al regazo de mi asador, y otro lancé como pude debajo de un catre que estaba cerca de la chimenea, donde estaba la cama de paja de mi amo asturnador. Pronto el fuego prendió en la paja, y de la paja pasó a la cama, y de la cama al altillo, que estaba entablado y revestido de abeto, al modo del pie de una lámpara. Pero lo mejor fue que el fuego que arrojé al regazo de mi miserable asador le quemó toda la ingle, y ya empezaba a prenderse en sus partes, cuando se dio cuenta del peligro, pues su olfato no era tan malo como para no sentirlo antes de ver la luz del día. Entonces, levantándose de repente y corriendo asustado hacia la ventana, gritó a la calle cuanto pudo: Dal baroth, dal baroth, dal baroth, que significa Fuego, fuego, fuego. Inmediatamente, volviéndose, vino derecho hacia mí para arrojarme del todo al fuego, y para ello ya había cortado las cuerdas que ataban mis manos y estaba desatando las de mis pies, cuando el dueño de la casa, al oírlo gritar Fuego y oler el humo desde la misma calle donde paseaba con otros bajás y mustafás, corrió con toda la prisa que pudo para salvar lo que pudiera y llevarse sus joyas. Sin embargo, tal era su furia, que antes de decidir bien cómo proceder, tomó el asador en que yo estaba ensartado y con él mató de un golpe a mi asador, que murió allí mismo por falta de auxilio o por otra causa; pues lo atravesó con el asador un poco por encima del ombligo, hacia el costado derecho, hasta perforar el tercer lóbulo de su hígado, y el golpe, ascendiendo desde el diafragma, por donde penetró, pasó de través por el pericardio o cápsula de su corazón, y salió arriba, entre las vértebras de la columna y el omóplato izquierdo, que llamamos paleta.

Es cierto, pues no voy a mentir, que al sacar el espetón de mi cuerpo caí al suelo cerca de los morillos, y así, por la caída, me lastimé un poco, lo cual habría sido peor de no ser porque los trocitos de tocino con los que estaba ensartado amortiguaron el golpe. Mi Bajá, viendo entonces que la situación era desesperada, su casa ardiendo sin remedio y todos sus bienes perdidos, se entregó a todos los demonios del infierno, invocando a algunos por sus nombres: Grilgoth, Astaroth, Rappalus y Gribouillis, hasta nueve veces distintas. Al ver esto, sentí más de seis peniques de miedo, temiendo que los demonios vinieran en ese momento a llevarse a este tonto y, viéndome tan cerca de él, quizá me arrastraran también a mí. Ya estoy, pensé, medio asado, y mis trocitos de tocino serán mi perdición; pues estos demonios son muy golosos de tocino, según la autoridad que tienen del filósofo Jámblico y Murmault, en la Apología de Bossutis, adulterada pro magistros nostros. Pero para mayor seguridad hice la señal de la cruz, gritando: Hageos, athanatos, ho theos, y no vino ninguno. Ante esto, mi pícaro Bajá, muy afligido, quiso, atravesándose el corazón con mi espetón, matarse, y para ello lo apoyó contra su pecho, pero no pudo penetrar, porque no estaba lo suficientemente afilado. Viendo entonces que no lograría con su cuerpo el efecto que pretendía, aunque no escatimó fuerzas para empujarlo, me acerqué y le dije: Maestro Bugrino, aquí solo pierdes el tiempo o lo desperdicias temerariamente, porque nunca te matarás así como lo haces. Bueno, podrías lastimarte o magullarte algo por dentro, de modo que languidezcas toda tu vida entre las manos de los cirujanos; pero si me haces caso, yo te mataré de un solo golpe, de modo que ni siquiera lo sientas, y créeme, pues he matado a muchos otros que después se han sentido muy bien. —Ah, amigo mío —dijo él—, te ruego que lo hagas, y por tu trabajo te daré mi bragueta (bolsa); toma, aquí está, hay seiscientos serafines en ella, y algunos diamantes finos y excelentes rubíes. —¿Y dónde están? —dijo Epistemon. —Por San Juan —dijo Panurgo—, están muy lejos de aquí, si es que siguen andando. Pero, ¿dónde está la nieve del año pasado? Esta fue la mayor preocupación que tuvo Villon, el poeta parisino. —Termina —dijo Pantagruel—, para que sepamos cómo preparaste a tu Bajá. —Por la fe de un hombre honesto —dijo Panurgo—, no miento en una sola palabra. Lo envolví en un sucio trapo que encontré allí medio quemado, y con mis cuerdas lo até como a un bravucón, de pies y manos, de tal modo que no podía moverse; luego pasé mi espetón por su garganta y lo colgué de él, fijando el extremo en dos grandes ganchos o abrazaderas donde solían colgar sus alabardas; y luego, encendiendo un buen fuego debajo, asé a mi Milord, como suelen hacer con los arenques secos en una chimenea. Con esto, tomando su bolsa y una pequeña lanza que había en los ganchos mencionados, salí corriendo a buen paso, y solo Dios sabe cómo olía mi paletilla de cordero.

Cuando bajé a la calle, encontré a todo el mundo acudiendo a apagar el fuego con abundante agua, y al verme medio asado, naturalmente se compadecieron de mí y me arrojaron toda el agua encima, lo que me refrescó de manera muy agradable y me hizo mucho bien. Luego me ofrecieron algo de comida, pero no pude comer mucho, porque no me dieron nada para beber más que agua, como es su costumbre. No me hicieron ningún otro daño, salvo que un pequeño bribón turco, de pecho abultado, vino a hurtadillas a robarme algunos de mis trocitos de tocino, pero le di tal golpe y buen porrazo en los dedos con todo el peso de mi lanza, que no volvió a intentarlo una segunda vez. Poco después se me acercó una joven corintia muy bonita, que me trajo una caja de conservas de ciruelas redondas de Mirabolán, llamadas emblics, y miró a mi pobre pajarillo con gran compasión, pues estaba picoteado y marcado por las chispas del fuego de donde venía, ya que no llegaba en longitud, créanme, más allá de mis rodillas. Pero noten que este asado me curó por completo de una ciática que había padecido durante más de siete años antes, en el lado que mi asador, al quedarse dormido, dejó que se quemara.

Ahora bien, mientras estaban tan ocupados conmigo, el fuego triunfaba, ¿y cómo no? Pues prendió en más de dos mil casas, lo que uno de ellos, al darse cuenta, gritó diciendo: Por la panza de Mahoma, toda la ciudad está en llamas, y nosotros aquí mirando sin hacer nada para remediarlo. Ante esto, todos corrieron a salvar lo suyo; por mi parte, me dirigí hacia la puerta. Cuando llegué a la cima de una pequeña colina cercana, me volví como la esposa de Lot y, mirando atrás, vi toda la ciudad ardiendo en un hermoso fuego, y me alegré tanto que casi me hago encima de la alegría. Pero Dios me castigó bien por ello. —¿Cómo? —dijo Pantagruel. —Así —dijo Panurgo—; pues cuando, complacido, contemplaba aquel alegre incendio, bromeando para mis adentros y diciendo: ¡Ah, pobres moscas! ¡Ah, pobres ratones! Tendrán un mal invierno este año; el fuego está en sus desvanes, está en su lecho de paja, salieron más de seis, sí, más de mil trescientos once perros, grandes y pequeños, todos juntos fuera de la ciudad, huyendo del fuego. Al principio todos corrieron hacia mí, atraídos por el olor de mi lasciva carne medio asada, y me habrían devorado en un instante si mi buen ángel no me hubiera inspirado con la instrucción de un remedio muy soberano contra el dolor de muelas. —¿Y por qué —dijo Pantagruel— temías el dolor de muelas o de dientes? ¿No estabas ya curado de tus reumas? —Por el Domingo de Ramos —dijo Panurgo—, ¿hay acaso mayor dolor de muelas que cuando los perros te muerden las piernas? Pero de repente, como me indicó mi buen ángel, pensé en mis trocitos de tocino y los arrojé en medio del campo entre ellos. Entonces los perros corrieron y pelearon entre sí a dentelladas para ver quién se quedaba con los trocitos de tocino. Así me dejaron, y yo también los dejé, peleando y arrancándose el pelo unos a otros. Así escapé alegre y vivaz, gracias a los asados y la cocina.