Hamlet · William Shakespeare
ESCENA XVII
Capítulo 38 de 80 · 1 min de lectura
Cómico tercero y dichos
HAMLET.—Dejadme ver una.... ¿A qué tengo de ir ahí? (Guillermo y Ricardo se acercan á Hamlet con ademán obsequioso, siguiéndole adonde quiera que se vuelve, hasta que viendo su enfado se apartan) Parece que me quieres hacer caer en alguna trampa, según me cercas por todos lados.
GUILLERMO.—Ya veo, señor, que si el deseo de cumplir con mi obligación me da osadía, acaso el amor que os tengo me hace grosero también é importuno.
HAMLET.—No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?
GUILLERMO.—Yo no puedo, señor.
HAMLET.—Vamos.
GUILLERMO.—De veras que no puedo.
HAMLET.—Yo te lo suplico.
GUILLERMO.—Pero si no sé palabra de eso...
HAMLET.—Más fácil es que tenderse á la larga. Mira, pon el pulgar y los demás dedos según convenga sobre estos agujeros, sopla con la boca, y verás qué lindo sonido resulta. ¿Ves? Estos son los puntos.
GUILLERMO.—Bien, pero si no sé hacer uso de ellos para que produzcan armonía. Como ignoro el arte...
HAMLET.—Pues mira tú en qué opinión tan baja me tienes. Tú me quieres tocar, presumes conocer mis registros, pretendes extraer lo más íntimo de mis secretos, quieres hacer que suene desde el más grave al más agudo de mis tonos; y ve aquí este pequeño órgano, capaz de excelentes voces y de armonía, que tú no puedes hacer sonar. ¿Y juzgas que se me tañe á mí con más facilidad que á una flauta? No, dame el nombre del instrumento que quieras: por más que le manejes y te fatigues, jamás conseguirás hacerle producir el menor sonido.



