Hamlet · William Shakespeare
ESCENA V
Capítulo 4 de 80 · 1 min de lectura
HAMLET
¡Oh, si esta demasiado sólida masa de carne pudiera ablandarse y liquidarse disuelta en lluvia de lágrimas, ó el Todopoderoso no asestara el cañón contra el homicida de sí mismo! ¡Oh Dios! ¡oh Dios mío! ¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él: es un campo inculto y rudo, que sólo abunda en frutos groseros y amargos. ¡Que esto haya llegado á suceder á los dos meses que él ha muerto!... No, ni tanto; aun no há dos meses. Aquel excelente rey que fué, comparado con éste, como con un sátiro, Hiperión; tan amante de mi madre, que ni á los aires celestes permitía llegar atrevidos á su rostro. ¡Oh cielo y tierra!... ¿para qué conservo la memoria? Ella, que se le mostraba tan amorosa como si en la posesión hubieran crecido sus deseos. Y no obstante, en un mes... ¡ah! no quisiera pensar en esto. ¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer! En el corto espacio de un mes, y aun antes de romper los zapatos con que, semejante á Niobe, bañada en lágrimas, acompañó el cuerpo de mi triste padre... sí, ella, ella misma... ¡Cielos! una fiera, incapaz de razón y discurso, hubiera mostrado aflicción más durable. Se ha casado, en fin, con mi tío, hermano de mi padre; pero no más parecido á él, que yo lo soy á Hércules. En un mes... enrojecidos aún los ojos con el pérfido llanto, se casó. ¡Ah delincuente precipitación, ir á ocupar con tal diligencia un lecho incestuoso! Ni esto es bueno, ni puede producir bien. Pero hazte pedazos, corazón mío, que mi lengua debe reprimirse.



