Hamlet · William Shakespeare

ESCENA VI

Capítulo 5 de 80 · 3 min de lectura

HAMLET, HORACIO, BERNARDO, MARCELO

HORACIO.—Buenos días, señor.

HAMLET.—Me alegro de verte bueno... ¿Es Horacio, ó me he olvidado de mí propio?

HORACIO.—El mismo soy, y siempre vuestro humilde criado.

HAMLET.—Mi buen amigo, yo quiero trocar contigo ese título que te das. ¿A qué has venido de Witemberga?... ¡Ah, Marcelo!

MARCELO.—Señor.

HAMLET.—Mucho me alegro de verte con salud también. Pero, la verdad, ¿a qué has venido de Witemberga?

HORACIO.—Señor... deseos de holgarme.

HAMLET.—No quiera oir de boca de tu enemigo otro tanto; ni podrás forzar mis oídos á que admitan una disculpa que te ofende. Yo sé que no eres desaplicado. Pero dime, ¿qué asuntos tienes en Elsingor? Aquí te enseñaremos á ser gran bebedor antes que te vuelvas.

HORACIO.—He venido á ver los funerales de vuestro padre.

HAMLET.—No se burle de mí, por Dios, señor condiscípulo. Yo creo que habrás venido á las bodas de mi madre.

HORACIO.—Es verdad: ¡como se han celebrado inmediatamente!

HAMLET.—Economía, Horacio, economía. Aun no se habían enfriado los manjares cocidos para el convite del duelo, cuando se sirvieron en las mesas de la boda... ¡Oh! yo quisiera haberme hallado en el cielo con mi mayor enemigo, antes que haber visto aquel día. ¡Mi padre!... me parece que veo á mi padre.

HORACIO.—¿En dónde, señor?

HAMLET.—Con los ojos del alma, Horacio.

HORACIO.—Alguna vez le ví. Era un buen rey.

HAMLET.—Era un hombre tan cabal en todo, que no espero hallar otro semejante.

HORACIO.—Señor, yo creo que le ví anoche.

HAMLET.—¿Le viste? ¿A quién?

HORACIO.—Al rey vuestro padre.

HAMLET.—¿Al rey mi padre?

HORACIO.—Prestadme oído atento, suspendiendo un rato vuestra admiración, mientras os refiero este caso maravilloso, apoyado con el testimonio de estos caballeros.

HAMLET.—Sí, por Dios, dímelo.

HORACIO.—Estos dos señores, Marcelo y Bernardo, le habían visto dos veces hallándose de guardia, como á la mitad de la profunda noche. Una figura semejante á vuestro padre, armado según él solía de piés a cabeza, se les puso delante, caminando grave, tardo y majestuoso por donde ellos estaban. Tres veces pasó de esta manera ante sus ojos, que oprimía el pavor, acercándose hasta donde ellos podían alcanzar con sus lanzas; pero débiles y casi helados con el miedo, permanecieron mudos sin osar hablarle. Diéronme parte de este secreto horrible; voime a la guardia con ellos la tercera noche, y allí encontré ser cierto cuanto me habían dicho, así en la hora como en la forma y circunstancias de aquella aparición. La sombra volvió en efecto. Yo conocí á vuestro padre, y es tan parecido á él, como lo son entre sí estas dos manos mías.

HAMLET.—¿Y en dónde fué eso?

MARCELO.—En la muralla de palacio, donde estábamos de centinela.

HAMLET.—¿Y no le hablasteis?

HORACIO.—Sí, señor, yo le hablé; pero no me dió respuesta alguna. No obstante, una vez me parece que alzó la cabeza haciendo con ella un movimiento, como si fuese a hablarme; pero al mismo tiempo se oyó la aguda voz del gallo matutino, y al sonido huyó con presta fuga desapareciendo de nuestra vista.

HAMLET.—¡Es cosa bien admirable!

HORACIO.—Y tan cierta como mi existencia. Nosotros hemos creído que era obligación nuestra avisaros de ello, mi venerable príncipe.

HAMLET.—Sí, amigos, sí... pero esto no me llena de turbación. ¿Estáis de centinela esta noche?

TODOS.—Sí, señor.

HAMLET.—¿Decís que iba armado?

TODOS.—Sí, señor, armado.

HAMLET.—¿De la frente al pie?

TODOS.—Sí, señor, de pies á cabeza.

HAMLET.—Luego no le visteis el rostro.

HORACIO.—Le vimos, porque traía la visera alzada.

HAMLET.—Y qué, ¿parecía que estaba irritado?

HORACIO.—Más anunciaba su semblante el dolor, que la ira.

HAMLET.—¿Pálido, ó encendido?

HORACIO.—No, muy pálido.

HAMLET.—¿Y fijaba la vista en vosotros?

HORACIO.—Constantemente.

HAMLET.—Yo hubiera querido hallarme allí.

HORACIO.—Mucho pavor os hubiera causado.

HAMLET.—Sí, es verdad, sí... ¿Y permaneció mucho tiempo?

HORACIO.—El que puede emplearse en contar desde uno hasta ciento con moderada diligencia.

MARCELO.—Más, más estuvo.

HORACIO.—Cuando yo le ví, no.

HAMLET.—La barba blanca, ¿eh?

HORACIO.—Sí, señor, como yo se la había visto, cuando vivía, de un color ceniciento.

HAMLET.—Quiero ir esta noche con vosotros al puesto, por si acaso vuelve.

HORACIO.—¡Oh! sí volverá, yo os lo aseguro.

HAMLET.—Si él se me presenta en la figura de mi noble padre, yo le hablaré, aunque el infierno mismo abriendo sus entrañas, me impusiera silencio. Yo os pido á todos, que así como hasta ahora habéis callado a los demás lo que visteis, de hoy en adelante lo ocultéis con el mayor sigilo; y sea cual fuere el suceso de esta noche, fiadlo al pensamiento, pero no a la lengua; yo sabré remunerar vuestro celo. Dios os guarde, amigos. Entre once y doce iré á buscaros á la muralla.

TODOS.—Nuestra obligación es serviros.

HAMLET.—Sí, conservadme vuestro amor, y estad seguros del mío. Adiós. (Vanse los tres.) El espíritu de mi padre... con armas... no es esto bueno. Recelo alguna maldad. ¡Oh, si la noche hubiese ya llegado! Esperémosla tranquilamente, alma mía. Las malas acciones, aunque toda la tierra las oculte, se descubren al fin á la vista humana.