Hamlet · William Shakespeare
ESCENA XX
Capítulo 41 de 80 · 1 min de lectura
Gabinete
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.—No, no le quiero aquí, ni conviene á nuestra seguridad dejar libre el campo á su locura. Preveníos, pues, y haré que inmediatamente se os despache para que él os acompañe á Inglaterra. El interés de mi corona no permite ya exponerme á un riesgo tan inmediato, que crece por instantes en los accesos de su demencia.
GUILLERMO.—Al momento dispondremos nuestra marcha. El más santo y religioso temor es aquél que procura la existencia de tantos individuos, cuya vida pende de V. M.
RICARDO.—Si es obligación en un particular defender su vida de toda ofensa, por medio de la fuerza y el arte, ¿cuánto más lo será conservar aquélla en quien estriba la felicidad pública? Cuando llega á faltar el monarca, no muere él solo, sino que á manera de un torrente precipitado arrebata consigo cuanto le rodea, como una gran rueda colocada en la cima del más alto monte, á cuyos enormes rayos están asidas innumerables piezas menores, que si llega á caer, no hay ninguna de ellas, por más pequeña que sea, que no padezca igualmente en el total destrozo. Nunca el soberano exhala un suspiro, sin excitar en su nación general lamento.
CLAUDIO.—Yo os ruego que os prevengáis sin dilación para el viaje. Quiero encadenar este temor, que ahora camina demasiado libre.
LOS DOS.—Vamos á obedeceros con la mayor prontitud.



