Hamlet · William Shakespeare

ESCENA II

Capítulo 71 de 80 · 5 min de lectura

HAMLET, HORACIO, sepulturero primero

SEPULTURERO 1.º—Yo amé en mis primeros años,

(Cantando).

dulce cosa lo juzgué; pero casarme, eso no, que no me estuviera bien.

HAMLET.—¡Qué poco siente ese hombre lo que hace, que abre una sepultura y canta!

HORACIO.—La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.

HAMLET.—Así es la verdad. La mano que menos trabaja tiene más delicado el tacto.

SEPULTURERO 1.º—La edad callada en la huesa

(Cantando).

me hundió con mano crüel, y toda se destruyó la existencia que gocé.

HAMLET.—Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella podría también cantar...¡ Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún estadista, que acaso pretendió engañar al cielo mismo. ¿No te parece?

HORACIO.—Bien puede ser.

HAMLET.—O la de algún cortesano que diría: «Felicísimos días, señor excelentísimo; ¿cómo va de salud, mi venerado señor?» Esta puede ser la del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero Zutano para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?

HORACIO.—Sí, señor.

HAMLET.—¡Oh! sí por cierto; y ahora está en poder del señor gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera entre nosotros medios para observarlas... Pero ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos á la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus garitos con ellos? ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo.

SEPULTURERO 1.º—Una piqueta (Cantando). con una azada, un lienzo donde revuelto vaya, y un hoyo en tierra que le preparan: para tal huésped esto le basta.

HAMLET.—Y ésa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un letrado?... ¿A dónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón grosero le golpee contra la pared con el azadón lleno de barro!... ¡Y no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal!... Este sería quizás, mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones, reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos... Ve aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas: todo ha venido á parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd, y no obstante eso, todas las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones no le han podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño capaz de cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! y á su opulento sucesor tampoco le quedará más.

HORACIO.—Verdad es, señor.

HAMLET.—¿No se hace el pergamino de piel de carnero?

HORACIO.—Sí, señor, y de piel de ternera también.

HAMLET.—Pues dígote, que son más irracionales que las terneras y carneros los que fundan su felicidad en la posesión de tales pergaminos... Voy á tramar conversación con este hombre. (Al sepulturero). ¿De quién es esa sepultura, buena pieza?

SEPULTURERO 1.º—Mía, señor.

Y un hoya en tierra (Cantando). que le preparan: para tal huésped eso le basta.

HAMLET.—Sí; yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de ella... Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: conque has mentido.

SEPULTURERO 1.º—Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero yo os le volveré.

HAMLET.—¿Para qué muerto cavas esta sepultura?

SEPULTURERO 1.º—No es hombre, señor.

HAMLET.—Pues bien, ¿para qué mujer?

SEPULTURERO 1.º—Tampoco es eso.

HAMLET.—Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?

SEPULTURERO 1.º—Un cadáver que fué mujer; pero ya murió... Dios la perdone.

HAMLET.—¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente, porque sino, es capaz de confundirnos á equívocos. De tres años á esta parte he observado cuánto se va sutilizando la edad en que vivimos... Por vida mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca al caballero, que muy pronto le desollará el talón... ¿Cuánto tiempo há que eres sepulturero?

SEPULTURERO 1.º—Toda mi vida, se puede decir. Yo comencé el oficio el día que nuestro último rey Hamlet venció á Fortimbrás.

HAMLET.—¿Y cuánto tiempo habrá?

SEPULTURERO 1.º—¡Toma! ¿No lo sabéis? Eso sucedió el mismo día en que nació el joven Hamlet, el que está loco y se ha ido á Inglaterra.

HAMLET.—¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?

SEPULTURERO 1.º—Porque... porgue está loco, y allí cobrará su juicio; y si no lo cobra, á bien que poco importa.

HAMLET.—¿Por qué?

SEPULTURERO 1.º—Porque allí todos son tan locos como él, y no será reparado.

HAMLET.—¿Y cómo ha sido volverse loco?

SEPULTURERO 1.º—De un modo muy extraño, según dicen.

HAMLET.—¿De qué modo?

SEPULTURERO 1.º—Habiendo perdido el entendimiento.

HAMLET.—Pero, ¿qué motivo dió lugar á eso?

SEPULTURERO 1.º—¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde soy enterrador, y lo he sido de chico y de grande por espacio de treinta años.

HAMLET.—¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin corromperse?

SEPULTURERO 1.º—De suerte que si él no corrompía ya en vida (como nos sucede todos los días con muchos cuerpos galicados, que no hay por dónde asirlos), podrá durar cosa de ocho ó nueve años. Un curtidor durará nueve años seguramente.

HAMLET.—Pues ¿qué tiene él más que otro cualquiera?

SEPULTURERO 1.º—Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya por mor de su ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el agua, señor mío, es la cosa que más pronto destruye á cualquier hideputa de muerto. Ve aquí una calavera que ha estado debajo de tierra veintitrés años.

HAMLET.—¿De quién es?

SEPULTURERO 1.º—¡Mayor hideputa, loco!..... ¿De quién os parece que será?

HAMLET.—Yo ¿cómo he de saberlo?

SEPULTURERO 1.º—¡Mala peste en él y en sus travesuras!... Una vez me echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues, señor, esta calavera es la calavera de Yorick, el bufón del rey.

(El sepulturero le da una calavera á Hamlet).

HAMLET.—¿Esta?

SEPULTURERO 1.º—La misma.

HAMLET.—¡Ay, pobre Yorick...! Yo le conocí, Horacio... Era un hombre sumamente gracioso, de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror, y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo dí besos sin número... ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aun puedes reirte de tu propia deformidad... Ve al tocador de una de nuestras damas, y dile, para excitar su risa, que por más que se ponga una pulgada de afeite en el rostro, al fin habrá de experimentar esta misma transformación... (Tira la calavera al montón de tierra inmediato á la sepultura). Díme una cosa, Horacio.

HORACIO.—¿Cuál es, señor?

HAMLET.—¿Crees tú que Alejandro metido debajo de tierra tendría esa forma?

HORACIO.—Cierto que sí.

HAMLET.—¿Y exhalaría este mismo hedor?... ¡Uh!

HORACIO.—Sin diferencia alguna.

(El sepulturero primero, acabada la excavación, sale de la sepultura y se pasea hacia el fondo del teatro. Viene después el sepulturero segundo, que trae el aguardiente; beben y hablan entre sí, permaneciendo retirados hasta la escena siguiente, como lo indica el diálogo.)

HAMLET.—¡En qué abatimiento hemos de parar, Horacio!... Y ¿por qué no podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro hasta encontrarlas tapando la boca de algún barril?

HORACIO.—A fe, que sería excesiva curiosidad ir á examinarlo.

HAMLET.—No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta conducirle allí con probabilidad y sin violencia alguna. Como si dijéramos: Alejandro murió, Alejandro fué sepultado, Alejandro se redujo á polvo, el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... Y ¿por qué con este barro, en que él está ya convertido, no habrán podido tapar un barril de cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra, puede tapar un agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh! Y aquella tierra que tuvo atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar las hendiduras de un tabique contra las intemperies del invierno... Pero callemos... hagámonos á un lado, que... Sí... aquí viene el rey, la reina, los grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan incompleto es éste!... Todo ello me anuncia que el difunto que conducen dió fin á su vida con desesperada mano... Sin duda era persona de calidad. Ocultémonos un poco, y observa.