Hamlet · William Shakespeare

ESCENA IV

Capítulo 73 de 80 · 3 min de lectura

Salón de palacio, el mismo que sirvió para la representación, con asientos que han de ocuparse en la escena IX.

HAMLET, HORACIO

HAMLET.—Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera informarte de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las circunstancias?

HORACIO.—¿No he de acordarme, señor?

HAMLET.—Pues sabrás, amigo, que agitado continuamente mi corazón en una especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias á esta temeridad, pues por ella existo... Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción suele sernos útil, al paso que los planes concertados con la mayor sagacidad se malogran; prueba certísima de que la mano de Dios conduce á su fin todas nuestras acciones, por más que el hombre las ordene sin inteligencia.

HORACIO.—Así es la verdad.

HAMLET.—Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de marinero; y á tientas, favorecido de la obscuridad, llego hasta donde ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me vuelvo á mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosía del rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones de ser importante á la tranquilidad de Dinamarca y aun á la de Inglaterra, y... ¡oh! mil temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía que luego que fuese leída, sin dilación ni aun para afinar á la segur el filo, me cortasen la cabeza.

HORACIO.—¿Es posible?

HAMLET.—Mira la orden aquí (le enseña un pliego, y vuelve á guardársele), podrás leerla en mejor ocasión. Pero, ¿quieres saber lo que yo hice?

HORACIO.—Sí, yo os lo ruego.

HAMLET.—Ya ves cómo rodeado así de traiciones, ya ellos habían empezado el drama aun antes de que yo hubiese comprendido el prólogo. No obstante, siéntome al bufete, imagino una orden distinta, y la escribo inmediatamente de buena letra... Yo creí algún tiempo (como todos los grandes señores) que el escribir bien fuese un desdoro, y aun no dejé de hacer muchos esfuerzos para olvidar esta habilidad; pero ahora conozco, Horacio, cuán útil me ha sido tenerla. ¿Quieres saber lo que el escrito contenía?

HORACIO.—Sí, señor.

HAMLET.—Una súplica del rey dirigida con grandes instancias al de Inglaterra, como á su obediente mandatario, diciéndole que su recíproca amistad florecerá como la palma robusta; que la paz coronada de espigas mantendría la quietud de ambos imperios, uniéndolos en amor durable, con otras expresiones no menos afectuosas; pidiéndole por último, que vista que fuese aquella carta, sin otro examen, hiciese perecer con pronta muerte á los dos mensajeros, no dándoles tiempo ni aun para confesar su delito.

HORACIO.—¿Y cómo la pudisteis sellar?

HAMLET.—Aun eso también parece que lo dispuso el cielo; porque felizmente traía conmigo el sello de mi padre, por el cual se hizo el que hoy usa el rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior, póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto al mismo paraje, y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el combate naval: lo que después sucedió, ya lo sabes.

HORACIO.—De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan derechos a la muerte.

HAMLET.—Ya ves que ellos han solicitado este encargo; mi conciencia no me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han procurado su ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las puntas de las espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.

HORACIO.—¡Oh, qué rey éste!

HAMLET.—¿Juzgas tú que no estoy en obligación de proseguir lo que falta? El que asesinó a mi padre y mi rey, que ha deshonrado á mi madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio y mis derechos justos, que ha conspirado contra mi vida valiéndose de medios tan aleves... ¿no será justicia rectísima castigarle con esta mano? ¿No será culpa en mí tolerar que ese monstruo exista para cometer, como hasta aquí, maldades atroces?

HORACIO.—Presto le avisarán de Inglaterra cuál ha sido el éxito de su solicitud.

HAMLET.—Sí, presto lo sabrá; pero entre tanto el tiempo es mío, y para quitar á un hombre la vida un instante basta... Sólo me disgusta, amigo Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que olvidado de mí propio, no vi en mi sentimiento la imagen y semejanza del suyo. Procuraré su amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono amenazador que daba á sus quejas irritó en exceso mi cólera.

HORACIO.—Callad... ¿Quién viene aquí?