Hamlet · William Shakespeare
ESCENA V
Capítulo 74 de 80 · 4 min de lectura
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE
ENRIQUE.—En hora feliz haya regresado V. A. á Dinamarca.
HAMLET.—Muchas gracias, caballero... ¿Conoces á este moscón?
HORACIO.—No, señor.
HAMLET.—Nada se te dé, que el conocerle es por cierto, poco agradable. Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más que él sea un bestia que manda en otros tan bestias como él, ya se sabe, tiene su pesebre fijo en la mesa del rey... Es la corneja más charlera que en mi vida he visto; pero, como te he dicho ya, posee una gran porción de polvo.
ENRIQUE.—Amable príncipe, si vuestra grandeza no tiene ocupación que se lo estorbe, yo le comunicaría una cosa de parte del rey.
HAMLET.—Estoy dispuesto á oirla con la mayor atención... Pero emplead el sombrero en el uso á que fué destinado. El sombrero se hizo para la cabeza.
ENRIQUE.—Muchas gracias, señor... ¡Eh! el tiempo está caluroso.
HAMLET.—No, al contrario, muy frío. El viento es norte.
ENRIQUE.—Cierto, que hace bastante frío.
HAMLET.—Antes yo creo... á lo menos para mi complexión, hace un calor que abrasa.
ENRIQUE.—¡Oh! en extremo... sumamente fuerte, como... yo no sé cómo diga... Pues, señor, el rey me manda que os informe de que ha hecho una grande apuesta en vuestro favor. Este es el asunto.
HAMLET.—Tened presente que el sombrero se...
ENRIQUE.—¡Oh! señor... lo hago por comodidad... cierto... Pues ello es que Laertes acaba de llegar á la corte... ¡Oh! es un perfecto caballero, no cabe duda. Excelentes cualidades, un trato muy dulce, muy bienquisto de todos... Cierto, hablando sin pasión, es menester confesar que es la nata y flor de la nobleza, porque en él se hallan cuantas prendas pueden verse en un caballero.
HAMLET.—La pintura que de él hacéis no desmerece nada en vuestra boca, aunque yo creí que al hacer el inventario de sus virtudes se confundirían la aritmética y la memoria, y ambas serían insuficientes para suma tan larga. Pero sin exagerar su elogio, yo le tengo por un hombre de grande espíritu y de tan particular y extraordinaria naturaleza, que (hablando con toda la exactitud posible) no se hallará su semejanza sino en su mismo espejo; pues el que presuma buscarla en otra parte sólo encontrará bosquejos informes.
ENRIQUE.—V. A. acaba de hacer justicia imparcial en cuanto ha dicho de él.
HAMLET.—Sí; pero sépase á qué propósito nos enronquecemos ahora, entrometiendo en nuestra conversación las alabanzas de ese galán.
ENRIQUE.—¿Cómo decís, señor?
HORACIO.—¿No fuera mejor que le hablarais con más claridad? Yo creo, señor, que no os sería difícil.
HAMLET.—Digo que ¿á qué viene ahora hablar de ese caballero?
ENRIQUE.—¿De Laertes?
HORACIO.—¡Eh! ya vació cuanto tenía, y se le acabó la provisión de frases brillantes.
HAMLET.—Sí; señor; de ése mismo.
ENRIQUE.—Yo creo que no estaréis ignorante de...
HAMLET.—Quisiera que no me tuvierais por ignorante; bien que vuestra opinión no me añadiría un gran concepto... Y bien, ¿qué más?
ENRIQUE.—Decía, que no podéis ignorar el mérito de Laertes.
HAMLET.—Yo no me atreveré á confesarlo por no igualarme con él, siendo averiguado que para conocer bien á otro es menester conocerse bien á sí mismo.
ENRIQUE.—Yo lo decía por su destreza en el arma, puesto que según la voz general, no se le conoce compañero.
HAMLET.—¿Y qué arma es la suya?
ENRIQUE.—Espada y daga.
HAMLET.—Esas son dos armas... Vaya, adelante.
ENRIQUE.—Pues, señor, el rey ha apostado contra él seis caballos bárbaros, y él ha impuesto por su parte (según he sabido) seis espadas francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes, como cinturón, colgantes, y así á este tenor... Tres de estas cureñas particularmente son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas como ellas!... ¡Oh! es obra de mucho gusto y primor.
HAMLET.—Y ¿á qué cosa llamáis cureñas?
HORACIO.—Ya recelaba yo que sin el socorro de notas marginales no pudierais acabar el diálogo.
ENRIQUE.—Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... los cinturones...
HAMLET.—La expresión sería mucho más propia, si pudiéramos llevar al lado un cañón de artillería; pero en tanto que este uso no se introduce, los llamaremos cinturones... En fin, vamos al asunto. Seis caballos bárbaros contra seis espadas francesas con sus cinturones, y entre ellos tres cureñas primorosas... ¿Conque esto es lo que apuesta el francés contra el dinamarqués? ¿Y á qué fin se han impuesto (como vos decís) todas esas cosas?
ENRIQUE.—El rey ha apostado que si batalláis con Laertes, en doce jugadas no pasarán de tres botonazos los que él os dé; y él dice, que en las mismas doce os dará nueve cuando menos, y desea que esto se juzgue inmediatamente, si os dignáis de responder.
HAMLET.—¿Y si respondo que no?
ENRIQUE.—Quiero decir, si admitís el partido que os propone.
HAMLET.—Pues, señor, yo tengo que pasearme todavía en esta sala; porque si S. M. no lo ha por enojo, ésta es la hora crítica en que yo acostumbro respirar el ambiente. Tráiganse aquí los floretes, y si ese caballero lo quiere así, y el rey se mantiene en lo dicho, le haré ganar la apuesta si puedo; y si no puedo, lo que yo ganaré será vergüenza y golpes.
ENRIQUE.—Con que ¿lo diré en esos términos?
HAMLET.—Esta es la substancia; después lo podéis adornar con todas las flores de vuestro ingenio.
ENRIQUE.—Señor, recomiendo nuevamente mis respetos á vuestra grandeza.
HAMLET.—Siempre vuestro, siempre.



