Los miserables · Victor Hugo

Chapter 7

Capítulo 100 de 171 · 5 min de lectura

=Gavroche, profundo calculador de distancias=

Mario cumplió su promesa, dando un beso en aquella frente lívida, en la que perleaba un sudor glacial.

Aquel beso no era una infidelidad á Cosette; era un adiós reflexivo y dulce á un alma desgraciada.

Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba impaciente por leerla.

Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se fué.

Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel cadáver.

Acercóse á una vela de la sala baja.

Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:

«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16».

Abrió el sobre, y leyó:

«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.—COSETTE—4 de junio».

Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra de Cosette.

Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.

Eponina lo había hecho todo.

Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle Plumet, y separar á Mario de Cosette.

Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía de hombre.

Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el aviso expresivo de: Mudaos.

Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:

—Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la semana que viene estaremos en Londres.

Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito apresuradamente dos líneas á Mario.

Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.

En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina, vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.

Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».

Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.

Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que comprenderá toda alma celosa y enamorada.

Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea: buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando en ella á Mario.

Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel aviso, pensando llevarle á la barricada.

Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y no se engañaba.

Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo que había hecho.

Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».

Mario cubrió de besos la carta de Cosette.

¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir; pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la fatalidad».

Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano de Eponina é hijo de Thénardier.

Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con lápiz estas líneas:

«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone. Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado; ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».

No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas señas:

Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.

Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página estas otras líneas:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á Gavroche.

El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.

—¿Quieres hacer algo por mí?

—Todo lo que queráis,—dijo Gavroche.—¡Dios santo! á no ser por vos me hubieran frito.

—¿Ves esta carta?

—Sí.

—Tómala, sal de la barricada al instante—(Gavroche inquieto empezó á rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.

El heroico muchacho contestó:

—¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y yo no estaré aquí.

—No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las apariencias, y no será tomada hasta el medio día.

El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.

—¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?

—Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.

Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que le eran propios, cogió la carta, diciendo:

—Está bien.

Y salió corriendo por la calle Mondetour.

Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.

He aquí la idea:

—Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos; voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.

LIBRO DECIMOQUINTO LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO