Los miserables · Victor Hugo
Chapter 6
Capítulo 99 de 171 · 5 min de lectura
=La agonía de la muerte después de la agonía de la vida=
Una particularidad de este género de guerra es que el ataque de las barricadas se verifica casi siempre de frente, y por lo general los asaltantes se abstienen de buscar las revueltas á las posiciones, ya porque teman las emboscadas, ya porque teman meterse en calles tortuosas.
Toda la atención de los insurrectos se dirigía, pues, á la gran barricada, que era evidentemente el punto más amenazado, y donde debía empezar infaliblemente la lucha.
Mario, sin embargo, pensó en la barricada pequeña, y fué á ella; la encontró desierta, guardada sólo por la lamparilla temblando entre las piedras.
La calle Mondetour y las encrucijadas de la Petite Truanderie y del Cisne estaban profundamente tranquilas.
Cuando Mario se retiraba, después de hacer su visita de inspección, oyó que le llamaban débilmente:
—¡Señor Mario!
Estremecióse, porqué reconoció la misma voz que le había llamado dos horas antes por la verja de la calle Plumet.
Solamente que aquella voz parecía entonces sólo un soplo.
Miró en derredor suyo y no vió á nadie.
Mario creyó que se había engañado, que aquella voz podía ser una ilusión añadida por su espíritu á las realidades extraordinarias que pasaban ante sus ojos, y dió un paso para salir del profundo recodo en que estaba la barricada.
—¡Señor Mario!—repitió la voz.
Esta vez no podía dudar; la había oído claramente; miró y nada vió.
—Aquí; á vuestros pies,—dijo la voz.
Entonces se inclinó y vió en la sombra un bulto que se arrastraba hacia él; era el que hablaba.
La lamparilla le permitió distinguir una blusa, un pantalón de pana roto, unos pies descalzos, y algo parecido á un mar de sangre. Mario entrevió un rostro pálido que procuraba alzarse hacia él, y que le dijo:
—¿Me conocéis?
—No.
—Eponina.
Mario se bajó rápidamente. Era, en efecto, aquella infeliz muchacha vestida de hombre.
—¿Cómo estáis aquí? ¿qué hacéis?
—¡Me muero!—dijo ella.
Hay palabras é incidentes que vigorizan al hombre decaído. Mario exclamó sobresaltado:
—¡Estáis herida! Esperad, voy á llevaros á la sala. Allí os curarán. ¿Es cosa grave? ¿Cómo he de cogeros para no haceros daño? ¿Sufrís mucho? ¡Socorro! ¡Socorro! Pero, Dios mío, ¿qué habéis venido á hacer aquí?
Y trató de pasar el brazo por debajo de Eponina para levantarla.
Al levantarla encontró su mano.
Ella dió un grito débil.
—¿Os he hecho daño?—preguntó Mario.
—Un poco.
—Pero no he hecho más que tocaros la mano.
Eponina acercó la mano á los ojos de Mario, y éste vió en medio de ella un agujero negro.
—¿Qué tienes en esta mano?—la preguntó.
—Está atravesada.
—¿Atravesada?
—Sí.
—¿De qué?
—De una bala.
—¿Cómo?
—¿No habéis visto un fusil que os estaba apuntando?
—Sí, y una mano que le tapó.
—Era la mía.
Mario se estremeció.
—¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero, en fin, más vale que sea así, pues eso no será nada; voy á llevaros á una cama, y os la vendarán; no se muere nadie por tener una mano atravesada.
Ella murmuró:
—La bala atravesó la mano; pero salió por la espalda. Es inútil moverme de aquí. Os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano. Sentaos á mi lado en esta piedra.
Mario obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y dijo sin mirarle:
—¡Oh, qué placer! ¡Qué bien estoy! ¡Así! ¡Ya no padezco!
Permaneció un instante en silencio; después volvió el rostro haciendo un esfuerzo, y miró á Mario:
—¿Sabéis, señor Mario, que me disgustaba que entraseis en aquel jardín? era una tontería, pues precisamente era yo quien os había enseñado la casa, y luego, al fin, bien había de conocer que un joven como vos...
Aquí se detuvo; y saltando por las sombrías transiciones que estaban sin duda en su alma, añadió con sonrisa angustiosa:
—Yo debía pareceros fea, ¿verdad?
Y continuó:
—¡Ya veis, estáis perdido! Ahora nadie va á salir de la barricada. Yo soy quien os ha traído aquí, y vais á morir. ¡Ah! Así lo creo. Y sin embargo cuando vi que os apuntaban puse mi mano en la boca del fusil. ¡Cosa rara! Pero es que quería yo morir antes que vos. Cuando recibí el balazo, me arrastré hasta aquí; no me han visto, y no me han recogido. Yo os esperaba á vos, y me decía: ¿Y no vendrá?
«¡Oh! ¡Si supierais! Me mordía la blusa; ¡sufría tanto! Pero ahora estoy bien.
«¿Recordáis aquel día que entré en vuestro cuarto y me miré en vuestro espejo, y el día que volví á encontraros en el boulevard dónde estaban trabajando unas mujeres? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho tiempo. Me disteis cien sueldos y os contesté: No quiero vuestro dinero. ¿Recogisteis la moneda? Vos no sois rico, y no me acordé de deciros que la cogieseis. Hacía un sol hermoso; no se sentía frío. ¿Os acordáis, señor Mario? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va á morir!
Eponina tenía un aspecto insensato, grave, extraviado. Por entre la blusa desgarrada se veía su garganta desnuda. Al mismo tiempo que hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro agujero, del cual salían á intervalos borbotones de sangre como el chorro de vino de un tonel destapado.
Mario contemplaba aquella infortunada criatura con profundo dolor.
—¡Oh!—repuso ella de súbito.—¡Me repite otra vez! ¡Me ahogo!
Cogió la blusa y la mordió; sus piernas se estiraban sobre el pavimento.
En aquel instante la voz de pollo del pequeño Gavroche resonó en la barricada. El muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el fusil, y cantaba alegremente esta canción, tan popular en aquella época:
En viendo á Lafayette Los gendarmes decían: ¡Salvémonos! ¡salvémonos! ¡salvémonos!
Eponina se incorporó, y escuchó; después dijo en voz baja:
—¡Es él!
Y volviéndose hacia Mario:
—Ahí está mi hermano. No hay necesidad de que me vea; me regañaría.
—¿Vuestro hermano?—preguntó Mario, que estaba pensando allá dentro de su dolorido y amargo corazón en los deberes que su padre le había legado con respecto á los Thénardier.—¿Quién es vuestro hermano?
—Este chiquillo.
—¿El que canta?
—Sí.
Mario hizo un movimiento.
—¡Oh! ¡No os vayáis!—dijo ella.—¡Ahora ya no será esto muy largo!
Estaba casi sentada; pero su voz era débil, interrumpida ya por el estertor.
Acercaba cuanto podía su rostro al rostro de Mario, y añadió con cierta extraña expresión:
—Escuchad, no quiero en verdad haceros una broma; tengo en el bolsillo una carta para vos desde ayer. Me habían encargado que la echara al correo, y me la he guardado, no queriendo que la recibierais. Pero tal vez me guardaríais rencor cuando dentro de poco nos volvamos á ver. Los que se mueren vuelven á verse ¿verdad? Tomad vuestra carta.
Cogió convulsivamente la mano de Mario con la suya herida, aunque parecía no sentir dolor, y llevóla al bolsillo de la blusa.
Mario tocó realmente un papel.
—Tomadla,—dijo ella.
Mario sacó la carta.
Entonces Eponina hizo un movimiento de satisfacción y alegría.
—Ahora, por mi trabajo, prometedme...
Y se detuvo.
—¿Qué?—preguntó Mario.
—¡Prometédmelo!
—Os lo prometo.
—Prometedme darme un beso en la frente cuando haya muerto. Yo lo sentiré.
Dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Mario, y sus párpados se cerraron.
Él creyó que aquella pobre alma había ya partido.
Eponina continuaba inmóvil; pero de repente, en el momento en que Mario la creía dormida para siempre, abrió lentamente los ojos, apareciendo en ellos la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento, cuya dulzura parecía venir ya de otro mundo.
—Mirad, señor Mario, creo que estaba un poco enamorada de vos.
Trató todavía de sonreír, y espiró.



