Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 98 de 171 · 2 min de lectura

=Fin de los versos de Juan Provaire=

Todos rodearon á Mario, Courfeyrac se abalanzó á su cuello.

—¿Tú aquí?

—¡Qué fortuna!—dijo Combeferre.

—¡Has llegado á tiempo!—prorrumpió Bossuet.

—¡Si no es por ti, muerto estaba!—repuso Courfeyrac.

—¡Sin vos, me zampan!—añadió Gavroche.

Mario preguntó:

—¿Quién es el jefe?

—Tú,—le contestó Enjolrás.

Mario había tenido todo el día un volcán en el cerebro; entonces sentía un torbellino, que le producía el efecto de estar en él y sacarle fuera de él, arrebatándole. Parecíale que estaba ya á una distancia inmensa de la vida.

Aquellos dos meses luminosos de amor y de alegría yendo á parar bruscamente en aquel horrible precipicio, Cosette perdida para él, la barricada, Mabeuf haciéndose matar por la república, él convertido en jefe de los insurrectos, todas estas cosas le parecían una monstruosa pesadilla.

Tenía que hacer un esfuerzo de voluntad para convencerse de la realidad de cuanto le rodeaba.

Mario había vivido harto poco todavía para saber que nada hay tan inminente como lo imposible, y que lo que hay que prever siempre es lo imprevisto.

Asistía á su propio drama como á una escena que no se explica.

Entre aquella bruma en que estaba sumergido su pensamiento, no conoció á Javert que, atado al poste, no había hecho ni un movimiento de cabeza durante el ataque de la barricada, y que veía agitarse la rebelión en su derredor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez. Mario ni siquiera le vió.

Entre tanto los agresores no avanzaban; se les oía andar y hormiguear al extremo de la calle, pero no se aventuraban, fuese que estuviesen esperando órdenes, ó que quisiesen recibir refuerzos antes de atacar aquel reducto inaccesible.

Los insurrectos habían puesto centinelas; algunos, que eran estudiantes de medicina, curaban los heridos.

Habíanse sacado todas las mesas fuera del bodegón, excepto dos, destinadas á las hilas y á los cartuchos, y otra, en que estaba tendido el señor Mabeuf; las habían agregado á la barricada, reemplazándolas en la sala baja con los colchones de la cama de la tía Hucheloup y de las criadas; en estos colchones se habían colocado los heridos.

En cuanto á las tres pobres mujeres que vivían en Corinto, no se sabía qué había sido de ellas; por último se las encontró escondidas en la bodega como aletargadas.

Una emoción dolorosa vino á entristecer la alegría del recobrado parapeto.

Pasóse lista, y faltaba uno de los insurrectos; uno de los más queridos, uno de los más valientes: Juan Provaire.

Le buscaron entre los heridos, no estaba; entre los muertos, no estaba; sin duda había caído prisionero.

Combeferre dijo á Enjolrás:

—Nos han cogido al amigo; pero su agente es nuestro. ¿Tienes empeño en la muerte de ese soplón?

—Sí,—respondió Enjolrás,—pero menos que por la vida de Juan Provaire.

Esto pasaba en la sala baja cerca del poste al cual estaba atado Javert.

—Pues bien,—dijo Combeferre,—voy á atar mi pañuelo á mi bastón, á presentarme como parlamentario, y á ofrecerles el canje de su hombre por el nuestro.

—Atiende,—dijo Enjolrás,—poniendo su mano sobre el brazo de Combeferre.

Oíase al extremo de la calle un crujido de armas significativo.

Después se oyó una voz vigorosa que gritó:

¡Viva la Francia! ¡Viva el porvenir!

Conocieron la voz de Juan Provaire.

Pasó un relámpago y sonó una detonación.

Volvió á suceder el silencio.

—¡Le han matado!—exclamó Combeferre.

Enjolrás miró á Javert, y le dijo:

—¡Los tuyos acaban de fusilarte!