Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 97 de 171 · 3 min de lectura

=El barril de pólvora=

Mario, siempre escondido en el recodo de la calle Mondetour, había asistido á la primera fase del combate, irresoluto y tembloroso.

Sin embargo, no había podido resistir mucho tiempo á tan misterioso y soberano vértigo, que podríamos llamar la atracción del abismo.

Ante la inminencia del peligro, ante la muerte del señor Mabeuf, fúnebre enigma para él, ante Bahorel muerto, ante Courfeyrac gritando: ¡Á mí! ante aquel muchacho amenazado, ante sus amigos, á quienes debía socorrer ó vengar, se desvaneció toda vacilación, y se lanzó á la pelea con sus dos pistolas en la mano.

Del primer tiro había salvado á Gavroche, y del segundo á Courfeyrac.

Á los tiros y á los gritos de los guardias heridos, la columna había subido al parapeto, en cuya cumbre se veía sobresalir hasta medio cuerpo y en tumulto á guardias municipales, soldados de línea y guardias nacionales de las cercanías, empuñando el fusil.

Cubrían ya más de dos tercios de la barricada, pero no saltaban dentro, como si dudasen, temiendo caer en algún lazo.

Miraban á la obscura barricada, como si mirasen á una cueva de leones; la luz de la antorcha no iluminaba más que las bayonetas, las gorras de pelo, y lo alto de los rostros inquietos é irritados.

Mario no tenía ya armas, había tirado sus pistolas descargadas; pero había visto el barril de pólvora en la sala baja junto á la puerta.

Al volverse de lado mirando hacia aquel sitio, le apuntó un soldado; pero en el mismo punto una mano agarró el cañón del fusil, tapándole la boca. Quien así se había cogido al fusil era el obrero jovencillo del pantalón de pana.

Salió el tiro, le atravesó la mano, y quién sabe si el cuerpo también, porque cayó al suelo, sin que la bala tocase á Mario.

Todo esto pasó en medio del humo, y fué más bien vislumbrado que visto.

Mario, que entraba al propio tiempo en la sala baja, apenas lo notó.

Sin embargo, había visto confusamente aquel fusil que le apuntaba, y aquella mano que le tapara, y había oído el tiro; pero en tales momentos, todo lo que se ve resulta vacilante y precipitado, y nada le detiene á uno; todo es sombra, y nos sentimos impulsados hacia otra sombra mayor.

Los insurrectos sorprendidos, pero no asustados, se habían reorganizado.

Enjolrás había gritado: «¡Esperarse! ¡No tirar al acaso!». En efecto, en la confusión del primer momento podían herirse unos á otros.

La mayor parte habían subido á la ventana del primer piso y á las buhardillas, desde donde dominaban á la tropa.

Los más arriesgados, con Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire y Combeferre, se apoyaban valerosamente en las casas del fondo, á descubierto, dando la cara á las filas de soldados y de guardias que coronaban la barricada.

Todo esto se hizo sin precipitación, con esa gravedad extraña y amenazadora que precede al combate.

Por ambas partes se apuntaban á quema-ropa; estaban tan cerca, que podían hablarse al alcance de la voz.

Cuando llegó el momento en que va á saltar la chispa, un oficial con gola y grandes charreteras, extendió la espada, y dijo:

—¡Abajo las armas!

—¡Fuego!—gritó Enjolrás.

Las dos detonaciones partieron á un mismo tiempo, y todo desapareció entre una nube de humo.

Humo acre y sofocante, entre el cual se arrastraban dando gemidos débiles y sordos, los heridos y los moribundos.

Cuando se disipó el humo, se vió por ambos lados á los combatientes, disminuidos, pero en su mismo sitio, cargando las armas en silencio.

De repente oyóse una voz tunante que gritaba:

—¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Todos se volvieron hacia el punto de donde partía aquella voz.

Mario había entrado en la sala baja, y había cogido el barril de pólvora; después se había aprovechado del humo y de la especie de obscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse á lo largo de la barricada hasta el nicho de adoquines donde estaba la luz.

Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, empujar la pila de adoquines sobre el barril, cuya tapa se había abierto inmediatamente con una especie de obediencia terrible, todo esto lo había hecho Mario en el tiempo meramente indispensable de bajarse y levantarse.

En aquel momento, todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados, apiñados en el extremo de la calle, le miraban con estupor, con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por aquella resolución fatal, inclinando la llama del hachón hacia aquel promontorio terrible donde se veía el barril de pólvora roto y se le oía á él este grito aterrador:

—¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Mario en aquella barricada, después del octogenario, era la representación de la juventud revolucionaria después de la aparición de la revolución vieja.

—¡Volar la barricada!—exclamó un sargento.—¡Tú volarás también!

Mario respondió:

—¡Y yo también!

Y acercó la mecha al barril de pólvora.

Pero ya no había nadie en el parapeto.

Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la obscuridad.

Fué aquello un «sálvese el que pueda».

La barricada quedó libre.