Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 102 de 171 · 5 min de lectura

=El pilluelo enemigo de las luces=

¿Cuánto tiempo pasó así? ¿Cuáles fueron los flujos y reflujos de aquella meditación trágica? ¿Se reanimó ó permaneció abatido? ¿Le encorvó el dolor hasta la ruptura? ¿Pudo levantarse aún, y sentar el pie en su conciencia sobre algo sólido?

Ni él mismo hubiera podido decirlo probablemente.

La calle estaba desierta. Algunos vecinos inquietos que volvían rápidamente á sus casas apenas le vieron.

En los momentos de peligro, cada uno mira sólo para sí.

El farolero vino, como siempre, á encender el farol, que estaba colocado precisamente enfrente de la puerta del número 7, y se fué.

Si alguien hubiese examinado á Juan Valjean en aquella sombra, no le hubiera creído vivo.

Estaba así sentado en el umbral de la puerta, inmóvil como una larva de hielo. En la desesperación siéntese cierta congelación.

Oíase el toque de rebato y varios rumores tempestuosos.

En medio de todas aquellas convulsiones de la campana mezclada con el motín, el reloj de San Pablo dió gravemente las once sin apresurarse, porque el toque de rebato es el hombre y la hora es Dios.

El sonido del reloj no causó el menor efecto en Juan Valjean; no se movió.

Pero poco después oyó una violenta detonación por el lado del Mercado; al poco rato la siguió otra más violenta aún; era probablemente el ataque de la barricada de la calle de Chanvrerie, que, según hemos visto, fué rechazado por Mario.

Al oir estas dos descargas, cuya furia parecía crecer con el estupor de la noche, Juan Valjean tembló; levantóse mirando hacia el sitio de donde venía el ruido, y después cayó sobre el poyo, cruzó los brazos, dejando caer lentamente la cabeza sobre el pecho.

Así prosiguió su tenebroso diálogo consigo mismo.

De repente levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos muy cerca; miró á la luz del farol, y por el lado de la calle que va á los Archivos descubrió una figura lívida, joven y alegre.

Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre-Armado.

Iba mirando al aire como buscando algo. Veía perfectamente á Juan Valjean, pero sin hacerle el menor caso.

Gavroche, después de haber mirado al aire, miraba al suelo; andaba de puntillas, tocando las puertas y las ventanas del piso bajo. Todas estaban cerradas con barras y cerrojo.

Después de haber reconocido cinco ó seis puertas cerradas de este modo, el pilluelo se encogió de hombros, y entró en materia, consigo mismo, en estos términos:

—¡Pardiez!

Y volvió á mirar al aire.

Juan Valjean, que un momento antes, en la situación de alma en que estaba, no hubiese preguntado ni respondido á nadie, se sintió irresistiblemente impulsado á dirigir la palabra á aquel muchacho:

—Chiquillo,—le dijo,—¿qué es lo que tienes?

—Tengo hambre,—contestó secamente Gavroche; y añadió:—el chiquillo seréis vos.

Juan Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco francos.

Pero Gavroche que pertenecía á la familia de las nevatillas, y que pasaba rápidamente de un gesto á otro, acababa de coger una piedra. Acababa de ver el farol.

—¡Calle!—exclamó.—¿Tenéis todavía faroles por aquí? No estáis por cierto en regla, amigos míos. Esto es un desorden. Reparad eso.

Y tiró la piedra al farol, cayendo los vidrios con tanto estrépito, que los vecinos, ocultos detrás de las cortinas de la casa de enfrente, gritaron:

—¡He aquí el Noventa y tres!

El farol osciló con violencia y se apagó. La calle quedó á obscuras desde luego.

—Esto es, calle vieja,—dijo Gavroche,—ponte el gorro de dormir.

Y volviéndose hacia Juan Valjean, le preguntó:

—¿Cómo se llama ese monumento gigantesco que está allí al cabo de la calle? Los Archivos, ¿verdad? Sería preciso aplastarles un poco la cara á esas columnas bestiales, haciendo con ellas una bonita barricada.

Juan Valjean se acercó á Gavroche.

—¡Pobrecillo!—dijo á media voz y hablando consigo mismo.—Tiene hambre.

Y le puso en la mano la pieza de cien sueldos.

Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquel gran sueldo; le miró en la obscuridad, y quedó deslumbrado de su blancura.

Conocía de oídas las piezas de á cinco francos, y le gustaba su reputación; quedó pues encantado de ver una tan de cerca, y dijo:

—Contemplemos el tigre.

Miróla extasiado por algunos momentos; pero volvióse luego á Juan Valjean, le alargó la moneda y dijo majestuosamente:

—Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Recoged vuestra fiera. Á mí no se me corrompe. Eso tiene garras, pero á mí no me cogen.

—¿Tienes madre?—le preguntó Juan Valjean.

Gavroche respondió:

—Tal vez más que vos.

—Pues bien,—dijo Juan Valjean,—guarda ese dinero para tu madre.

Gavroche se sintió conmovido. Además, había notado que el hombre que le hablaba no llevaba sombrero, y esto le inspiraba confianza.

—¿De veras no es esto para que no rompa los faroles?

—Rompe todo lo que quieras.

—Sois todo un hombre,—dijo Gavroche.

Y se guardó la moneda en el bolsillo.

Aumentándose así su confianza, preguntó:

—¿Sois de esta calle?

—Sí, ¿por qué?

—¿Podríais indicarme el número 7?

—¿Para qué buscas el número 7?

El muchacho se detuvo; temió haber dicho demasiado, y se metió enérgicamente los dedos entre el pelo, limitándose á responder:

—¡Ah! Para saberlo.

Una idea súbita atravesó la mente de Juan Valjean. La angustia tiene momentos de lucidez. Así fué que le dijo al muchacho:

—¿Eres tú el que me traes una carta que estoy esperando?

—¡Vos!—exclamó Gavroche.—Vos no sois mujer.

—La carta es para la señorita Cosette, ¿no es eso?

—¿Cosette?—murmuró Gavroche.—Sí, creo que es ese el nombre.

—Pues bien,—añadió Juan Valjean;—yo soy quien tengo que entregarle la carta. Dámela.

—¿En ese caso, debéis saber que vengo de la barricada?

—Sin duda,—dijo Juan Valjean.

Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel plegado en cuatro dobleces.

Luego hizo un saludo militar, diciendo:

—Respétese el despacho; viene del gobierno provisional.

—Dámelo,—repitió Juan Valjean.

Gavroche tenía el papel en la mano levantado sobre su cabeza.

—No creáis que es un billete amoroso; es para una mujer, pero es para el pueblo. Nosotros peleamos, pero respetamos al bello sexo. No somos como en el gran mundo, donde hay señores leones que mandan pollitos á los camellos.

—Dame, pues.

—En verdad,—continuó Gavroche,—me parecéis tener todo el aspecto de un buen hombre.

—Dámela pronto.

—¡Tomad!

Y entregó el papel á Juan Valjean.

—Y despachaos, señor Cosa; porque la señorita Cosilla está esperando.

Gavroche se quedó muy satisfecho de aquel juego de palabras.

Juan Valjean repuso:

—¿Hay que llevar la respuesta á San Merry?

—Haríais entonces un pan como unas hostias,—exclamó Gavroche.—Esta carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá me vuelvo. Buenas noches, ciudadano.

Y diciendo y haciendo se fué, ó mejor dicho, voló como un pájaro escapado hacia el sitio de donde había venido.

Se sumergió en la obscuridad como si abriese en ella un agujero con la rígida rapidez de un proyectil.

La callejuela del Hombre Armado quedó silenciosa y solitaria; en un abrir y cerrar de ojos, aquella extraña criatura, que participaba de la sombra y del sueño, penetró en la bruma por entre aquellas filas de casas negras, perdiéndose como el humo en las tinieblas; y hubiera podido creerse que se había disipado completamente, si algunos minutos después el ruido de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo al suelo, no hubiese despertado nuevamente á los burgueses indignados.

Era Gavroche que pasaba por la calle del Chaume.