Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 103 de 171 · 2 min de lectura
=Durante el sueño de Cosette y Santos=
Juan Valjean volvió á entrar en la casa con la carta de Mario.
Subió la escalera á tientas, satisfecho de las tinieblas como un búho que lleva ya su presa; abrió y cerró suavemente la puerta, escuchó si se oía algún ruido, se aseguró de que, según todas las apariencias, Cosette y Santos dormían, consumió tres ó cuatro pajuelas fosfóricas, de aquellas antiguas, antes de producir la luz ¡tanto le temblaba la mano! porque había algo de robo en lo que acababa de hacer.
Por fin, encendió la vela, se recostó en la mesa, desdobló el papel, y leyó:
En las emociones violentas, no se lee, se atropella, por así decirlo, el papel; se le oprime como á una víctima; se le estruja; se le clavan las uñas de la cólera ó de la alegría; se corre hacia el fin; se salta al principio; la atención es febril; comprende en conjunto, sobre poco más ó menos, lo esencial; se apodera de un punto, y todo lo demás desaparece.
En la carta de Mario á Cosette, Juan Valjean no vió más que estas palabras:
«...Muero; cuando leas esto, mi alma estará á tu lado».
Al ver ese renglón sintió un deslumbramiento horrible; se quedó un instante como pasmado del cambio de emoción que se verificaba en él; miraba la carta de Mario con una especie de asombro embriagador; tenía ante sus ojos aquel esplendor, la muerte del ser aborrecido.
Dió un terrible grito de alegría interior.
Así pues, todo estaba ya terminado. El desenlace llegaba más presto de lo que él se habría atrevido á esperar.
El ser que oponía un obstáculo á su destino desaparecía, y desaparecía por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hubiera hecho nada para conseguirlo; sin que fuese culpa suya, «aquel hombre» iba á morir; quizá había ya muerto.
Aquí su fiebre comenzó á echar cálculos.
No, no ha muerto todavía. Esta carta ha sido escrita indudablemente para que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las dos descargas que he oído entre once y doce no ha habido nada, la barricada no será atacada formalmente hasta el amanecer; pero es igual, desde el momento en que «ese hombre» se ha metido en esa guerra, está perdido; será arrastrado por el engranaje de sus ruedas.
Juan Valjean se sentía desembarazado; iba á encontrarse de nuevo solo con Cosette; cesaba la competencia; empezaba de nuevo el porvenir.
No tenía que hacer más sino guardarse aquella carta en el bolsillo, y Cosette no sabría nunca lo que había sido de «aquel hombre».
«No hay más sino dejar que las cosas se cumplan. Ese hombre no puede escapar. Si no ha muerto ya, es seguro que va á morir. ¡Qué dicha!».
Diciendo todo esto allá en su interior, se puso sombrío.
Bajó y despertó al portero.
Como cosa de una hora después, Juan Valjean salía vestido de guardia nacional y armado.
El portero había encontrado fácilmente en la vecindad con qué completar su equipo.
Llevaba pues un fusil cargado y una cartuchera llena de cartuchos.
Dirigióse hacia los Mercados.



