Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 104 de 171 · 6 min de lectura
=El exceso de celo de Gavroche=
Entretanto, acababa de pasarle una nueva aventura á Gavroche.
Después de haber apedreado al farol de la calle de Chaume, llegó á la de Vieilles-Haudriettes, y no viendo ni «un perro» siquiera, creyó que era buena ocasión de entonar todas las canciones de que era capaz.
Su paso, lejos de acortarse con el canto, se aceleraba.
Y echó á volar á lo largo de las casas dormidas ó aterradas estas coplas incendiarias:
Medita el ave en las sombras, pretendiendo que fué Atala ayer, de un ruso en campaña... Donde van las buenas mozas. Lon la.
Mucho, Perico, alborotas por Mila en noche buena me llamó junto á su reja... Donde van las buenas mozas. Lon la.
Las garbosas picaronas lanzan de sus ojos chispas que acabarán con Orfila. Donde van las buenas mozas. Lon la.
Viva el amor y sus bromas, vivan Inés y Pamela; Lisa ardió dando candela. Donde van las buenas mozas. Lon la.
Dije cuando vi de Concha y Susana la mantilla, entre sus pliegues me líen. Donde van las buenas mozas. Lon la.
Amor, que cubres de rosas á Juana en tu selva amena, mira que así me condenas. Donde van las buenas mozas. Lon la.
Estando á tu espejo, Lola, poniéndote la camisa, el corazón se me iba... Donde van las buenas mozas. Lon la.
Dejando el baile á deshora, mirad á Luz mi lucero, digo á las luces del cielo. Donde van las buenas mozas. Lon la.
Gavroche, al mismo tiempo que cantaba, prodigaba la pantomima.
El gesto es el punto de apoyo del estribillo.
Su semblante, repertorio inagotable de muecas, hacía gestos más convulsivos y fantásticos que las bocas de un lienzo agujereado durante un vendaval.
Desgraciadamente, como estaba solo y era de noche, no era visto ni visible. Existen muchas riquezas perdidas de este jaez. De repente se detuvo, diciendo:
—Interrumpamos la canción.
Acababa de distinguir en el hueco de una puerta cochera lo que se llama en pintura un grupo, es decir, un ser y una cosa; era la cosa un carretón de mano, y el ser un auvernés que dormía en él.
Los brazos del vehículo se apoyaban en el suelo, y la cabeza del auvernés en la tabla del carretón.
Tenía el cuerpo arremolinado en aquel plano inclinado, y los pies tocando al suelo.
Gavroche, con su experiencia de las cosas de este mundo, conoció que estaba borracho.
Era, sin duda, algún mozo de cordel que había bebido demasiado, y dormía demasiado también.
—Ahí se ve,—pensó Gavroche,—para qué sirven las noches de verano. El auvernés se duerme en su carretón; pues yo cojo el carretoncillo para la república y dejo el auvernés á la monarquía.
Habíase iluminado de repente su inteligencia con esta idea:
—Este carretón representaría un buen papel en nuestra barricada.
El auvernés roncaba.
Gavroche separó suavemente el carretón por detrás, y al auvernés por delante, es decir, por los pies, y al cabo de un minuto, el pobre hombre, imperturbable, reposaba de plano sobre el suelo.
El carretoncillo estaba libre.
Gavroche, acostumbrado á hacer frente en todas ocasiones á lo imprevisto, lo llevaba siempre todo consigo; metió la mano en un bolsillo, y sacó un pedazo de papel y una punta de lápiz rojo escamoteado á algún carpintero, y escribió:
«República francesa»: «Recibí tu carretón».
Y firmó: «GAVROCHE».
Hecho esto, puso el papel en el bolsillo del chaleco de pana del auvernés, que seguía roncando; cogió el carretón, y partió hacia el Mercado, empujando el vehículo á gran galope y alborotando en aire triunfal.
Esto era peligroso, porque en la Imprenta Real había un cuerpo de guardia.
Gavroche no pensó en ello.
Aquella guardia la montaban nacionales de las cercanías, que empezaban á despertar, cuyas cabezas iban levantándose sobre las almohadas de las camas de campaña.
Los faroles rotos á pedradas y aquel cantar á gritos, eran cosas demasiado graves en calles tan miedosas como aquéllas, que desean acostarse al ponerse el sol y apagan las luces muy temprano.
Hacía una hora que el pilluelo estaba metiendo en el barrio el mismo alboroto que un moscardón en una botella.
El sargento jefe de la guardia estaba escuchando, y esperaba. Era un hombre prudente.
El estrépito del carretón rodando, llenó la medida de su expectación posible, en vista de lo cual determinó el sargento hacer un reconocimiento, diciendo:
—¡Viene toda una partida! Vayamos despacio.
Era claro que la hidra de la anarquía había salido de su agujero, y se revolvía por el barrio.
El sargento se aventuró á salir fuera del cuerpo de guardia con sordo paso.
De repente Gavroche, empujando su carretón en el instante en que iba á desembocar en la calle de Vieilles Haudriettes, se encontró frente á frente con un uniforme, un chacó, un plumero y un fusil.
Se detuvo por segunda vez, y exclamó:
—¡Calle! ¡Es él! Buenas noches, orden público.
Las admiraciones de Gavroche eran siempre breves, y se pasaban pronto.
—¿Adónde vas, granuja?—gritó el sargento.
—Ciudadano,—dijo Gavroche,—aún no os he llamado señor. ¿Por qué me insultáis?
—¿Adónde vas, renacuajo?
—Señor mío,—respondió Gavroche,—ayer érais tal vez un hombre de talento, pero lo habéis perdido esta mañana.
—Te pregunto ¿que adónde vas, tunante?
Gavroche respondió:
—¡Vaya un modo de hablar! Nadie os concedería los años que tenéis. Deberíais vender vuestros cabellos á cien francos la pieza, y así os ganaríais quinientos francos.
—¿Adónde vas, adónde vas? ¿Adónde vas, bandido?
Gavroche replicó:
—¡Vaya unas palabrotas! La primera vez que os den de mamar, deben limpiaros mejor la boca.
El sargento cruzó la bayoneta.
—¿Me dirás por fin adónde vas, miserable?
—Mi general,—dijo Gavroche,—voy á buscar al comadrón para mi esposa, que está de parto.
—¡Á las armas!—gritó el sargento.
Salvarse con lo mismo que ha sido causa de su perdición, es la sublimidad de los hombres fuertes; Gavroche midió de una ojeada toda la situación; el carretoncillo lo había comprometido; el carretoncillo debía protegerle.
En el momento en que el sargento iba á caer sobre Gavroche, el carretón convertido en proyectil y empujado á toda fuerza, rodaba sobre él con furia, y dándole en medio del vientre lo derribó hacia atrás en el arroyo, al mismo tiempo que se disparaba su fusil en el aire.
Al grito del sargento salieron atropelladamente los que estaban en el cuerpo de guardia; el tiro dió motivo á una descarga general al acaso, después de la cual cargaron los fusiles y empezaron de nuevo el fuego.
Este fuego á la gallina ciega duró un buen cuarto de hora, y mató no pocos cristales.
Entre tanto, Gavroche, que había retrocedido corriendo, se detuvo cinco ó seis calles más allá, y se sentó sofocado en el guarda-cantón de la esquina de la d'Enfants Rouges.
Allí se puso á escuchar.
Después de haber respirado unos instantes, se volvió hacia el sitio donde se oía el fuego graneado, levantó la mano izquierda á la altura de la nariz, y la lanzó tres veces hacia adelante, golpeándose con la derecha en la nuca; gesto soberano en el que la pillería parisiense ha condensado la ironía francesa; y que es evidentemente eficaz, puesto que dura hace ya medio siglo.
Una amarga reflexión turbó aquella alegría.
—Sí,—dijo,—me desternillo, me muero de risa, reviento de gozo; pero pierdo camino, y tengo ahora que dar un rodeo. ¡Mientras llegue á tiempo á la barricada!
Y luego emprendió nuevamente su carrera.
Así corriendo volvió á decir:
—¡Ah! ¿Y dónde estaba yo?
Entonó otra vez su canción, atravesando rápidamente las calles. El canto de Gavroche fué extinguiéndose en las tinieblas.
Pero restan espantosas Bastillas que derribar dentro del orden actual... Donde van las buenas mozas. Lon la.
¿Quién juega á bolos, ó bolas? y el viejo mundo se hundía cuando el gran bolo corría. Donde van las buenas mozas. Lon la.
Vieja plebe bonachona, lanza del Louvre enseguida á la torpe monarquía. Donde van las buenas mozas Lon la.
Las verjas viejas ya rotas, Carlos X se vino abajo al santo suelo rodando. Donde van las buenas mozas. Lon la.
La alarma del cuerpo de guardia no dejó de dar su resultado. El carretón fué conquistado, y el borracho hecho prisionero. El primero fué embargado, y el segundo no dejó de ser perseguido después ante un consejo de guerra como cómplice.
El ministerio público dió pruebas en semejante ocasión de su infatigable celo para la defensa de la sociedad.
La aventura de Gavroche, que se conserva en la tradición del barrio del Temple, es uno de los recuerdos más terribles de los antiguos vecinos del Marais, titulándose en su memoria:
«Ataque nocturno del cuartel de la Imprenta Real».
QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN
LIBRO PRIMERO LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES



