Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 105 de 171 · 11 min de lectura
=La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple=
Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que ha visto la historia.
Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.
Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona contra el demos.
Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia, cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente, canalla, oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases privilegiadas que la de los desheredados.
Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto; porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden, encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las miserias.
Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.
No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las magnificencias de abajo.
En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes, en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: Fex urbis, lex orbis.
Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben ciertamente reprimirse.
El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por lo mismo que la ama.
Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á pesar de resistirla!
Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.
Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción, y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.
Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.
Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo reclamando sus derechos.
Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del pueblo contra sí mismo.
Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así, permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que caracterizaron aquella insurrección.
Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra, el paso al arrabal del Temple.
Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las olvidarán jamás.
La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres pisos y la anchura de setecientos pies.
Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el 14 de julio.
Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles, detrás de esa barricada madre.
Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere convertirse á todo trance en catástrofe.
¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del prodigio de todas las iras, decían otros.
Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la ruina.
Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha destruido esto?
Era la obra improvisada de la fermentación.
¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá; cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo todo!
Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote, del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del pingajo, del harapo y de la maldición.
Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.
Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.
Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.
Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á los ignorados caballos del aire.
Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero; Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.
La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.
Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.
La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.
¿Pero qué ola? la muchedumbre.
Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del progreso violento.
¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una fortaleza?
El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.
Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.
Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.
Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su barricada.
Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.
La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.
No era un combate, sino un paroxismo.
Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones, incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del cobre.
La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas; hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles, sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.
Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico, salía de su superficie un continuado centelleo.
El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.
Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de escombros.
Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.
Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á la Revolución.
Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error, lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república; era la Carmañola desafiando á la marsellesa.
Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.
El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.
El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el arrabal.
La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de África.
Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas, gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.
La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los agujeros.
¿Á qué objeto cañonear el caos?
Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.
Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple, que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas, especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda, como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para cerrarse bruscamente.
Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular, nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.
Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos, esto no alteraba su rígida arquitectura.
Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.
La cornisa era matemáticamente paralela á la base.
Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por espacios iguales.
La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las puertas y ventanas cerradas.
Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.
El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible objeto.
Era la barricada del arrabal del Temple.
Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.
Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.
Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada era un geómetra ó un espectro.
Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.
De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.
La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria, dos cañoncitos.
No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el blanco.
Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de la calle.
El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un lado á otro. El estío no abdica jamás.
En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de heridos.
Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.
Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.
Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.
El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.
—¡Qué bien construida está!—decía á un representante.—No hay una piedra que salga más que otra. Parece una porcelana.
En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho, y cayó.
—¡Cobardes!—gritaban otros.—Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!
La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada más, y atacada por diez mil, resistió tres días.
Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la barricada.
Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.
La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del Temple era el silencio.
Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable y lo siniestro.
Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.
Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.
Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres, llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.
Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la barricada del Temple.
Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.
Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la batalla.
Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como, prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.
Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y siete años. Salió é hizo aquella barricada.
Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.
Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte, Barthélemy fué ahorcado.
La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá, empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.
Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera: la negra.



