Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 107 de 171 · 2 min de lectura

=Luz y sombra=

Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.

Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.

La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que sustentaban.

Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con él.

Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un regimiento que estaba ya trabajado; á las doce, insurrección de todo París; á la puesta del sol, la Revolución.

Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada, la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.

Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el zumbido belicoso de una colmena.

Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los brazos cruzados y la mano en la boca.

Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente, díjoles:

—Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados. En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento. Estamos abandonados.

Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos quedaron mudos y como anonadados.

Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar á la muerte.

Este momento fué breve.

Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:

—Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no abandonamos al pueblo.

Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.

Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así; alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido, olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva, desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.

Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry, los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y consignado en el proceso que se formó luego:

—Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde el primero al último.

Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se comunicaban.