Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 108 de 171 · 9 min de lectura

=Cinco de menos y uno más=

Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido y triunfal por el acento.

—¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.

—¿Por qué todos?—dijo Enjolrás.

—¡Todos! ¡Todos!

Enjolrás repuso:

La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres ¿á qué sacrificar cuarenta?

Ellos replicaron:

—Porque ninguno querrá marcharse.

—Ciudadanos,—exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de su acento,—la república no es tan rica en hombres que pueda hacer inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos, resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber cualquiera.

Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo, por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.

Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien murmuraba, insistió, y repuso con altivez:

—Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.

Redobláronse los murmullos.

—Además,—observó una voz de entre el grupo,—marcharse es cosa muy fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.

—Menos por la del Mercado,—dijo Enjolrás.—La calle Mondetour está libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de los Inocentes.

—Y allí,—añadió otra voz del grupo,—no habrá medio de escapar. Se tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes? ¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo que huelen á pólvora, le fusilarán.

Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos entraron en la sala baja.

Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con las fornituras y chacós.

—Vistiendo este uniforme,—dijo Enjolrás,—es fácil mezclarse en las filas y huir. Hay aquí para cuatro.

Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.

Nadie se movió en aquel estoico auditorio.

Combeferre tomó la palabra:

—Vamos,—dijo,—es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas? ¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos? Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre criando que alce el dedo.

«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte. Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.

«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho, ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle: «¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso de cumplir nuestro deber.

«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.

«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El hombre mendiga; la mujer se vende.

«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas! ¿Van á tener hambre!

«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que tengan hermanas deben pensar en ello.

«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza, más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes, entregando vuestras hijas á la policía.

«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar, ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?

«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen, dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la dificultad, mayor resulta el mérito.

«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y ¡cuántos sufrimientos!

«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle un beso, en cuanto se le abandona?

«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad. Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre hambriento. Era en invierno. No lloraba.

«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo, como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.

«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.

«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de practicante le vi.

«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno hijo, vea en aquel niño el suyo.

«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo en el estómago, y ceniza en los dientes.

«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas, de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras propias personas.

«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y no debemos ser egoístas».

Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.

¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».

Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.

Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.

También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de Mario.

Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.

Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los pormenores.

Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.

Pero, sin embargo, eso le conmovió.

Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.

Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.

Levantó la voz:

—Enjolrás y Combeferre tienen razón,—dijo;—nada de sacrificios inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las filas.

Nadie se movió.

—¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de sus familias!—repitió Mario.

Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.

—Lo mando,—exclamó Enjolrás.

—Os lo ruego,—dijo Mario.

Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos empezaron á denunciarse unos á otros.

—Cierto,—decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de familia. Márchate.

Á ti es á quien te toca irse,—respondía el hombre,—pues mantienes á tus dos hermanas.

Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á la puerta del sepulcro.

—Despachemos,—dijo Combeferre;—dentro de un cuarto de hora ya será tarde.

—Ciudadanos,—prosiguió Enjolrás,—reina aquí la república, y el sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben irse.

Obedecieron.

Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron de las filas.

—¡Son cinco!—exclamó Mario.

No había más que cuatro uniformes.

—Bueno,—dijeron los cinco.—Es preciso que se quede uno.

Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.

—Tú tienes una mujer que te ama.

—Tú tienes á tu madre anciana.

—Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?

—Tú eres padre de cinco hijos.

—Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería morir demasiado pronto.

Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban unos de otros.

—Despachemos,—repitió Courfeyrac.

Desde los grupos gritaron á Mario:

—Designad vos el que deba quedarse.

—Sí,—dijeron los cinco;—elegid y os obedeceremos.

Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún palidecer.

Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios, cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:

—¡Yo! ¡yo! ¡yo!

Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco! Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.

En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo, sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.

Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.

Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.

Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.

El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo. Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un refuerzo, y cuando no, un prisionero».

El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse de su deber y dejar su puesto de observación.

Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro uniformes.

Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los cuatro.

La emoción fué indescriptible.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó Bossuet.

—Un hombre que salva á los demás,—contestó Combeferre.

Mario añadió con voz grave:

—Le conozco.

Esta afirmación satisfacía á todos.

Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:

—Bienvenido, ciudadano.

Y añadió:

—Ya sabéis que aquí se va á morir.

Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien acababa de salvar, á vestir su uniforme.