Los miserables · Victor Hugo
Chapter 5
Capítulo 109 de 171 · 6 min de lectura
=¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!=
La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de Enjolrás.
Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.
Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C, había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república francesa en la inmensa república humana.
En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta, queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este número: Noventa y tres.
Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo apoyado en el cañón de su carabina.
Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen notarse esos efectos de las antiguas trípodes.
De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas comprimidas.
De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas, semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente aureola. Entonces Enjolrás habló así:
—Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas, los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad; para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!
«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.
«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.
«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban superiores al hombre.
«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.
«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.
«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.
«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública, á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del día.
«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.
«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo verdadero; éste es el fin.
«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la inteligencia.
«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas, mansión de los héroes.
«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.
«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado por Francia.
«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí, tienes razón.
«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.
«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos, vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.
«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo Verdadero.
«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del yo sobre el yo se llama Libertad.
«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian, comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.
«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama Fraternidad.
«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan, es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama vínculo social.
«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.
«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la cima, la igualdad es la base.
«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel; una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo igual derecho.
«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe empezar.
«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á todos: tal es la ley.
«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.
«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.
«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.
«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos, desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra, sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.
«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.
«Todos serán felices.
«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.
«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría: pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.
«Una revolución es un peaje.
«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración, consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.
«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?
«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de ideas, otro de dolores.
«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.
«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y tú conmigo vas á renacer.
«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.
«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra muerte.
«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».
Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su discurso.
Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas palabras, no apartaban la vista de él.
No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.
La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se parecen al estremecimiento de las hojas.



