Los miserables · Victor Hugo
Chapter 6
Capítulo 110 de 171 · 2 min de lectura
=Mario rudo y Javert lacónico=
Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.
Recuérdese el estado de su alma.
Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una visión. Sus ideas eran confusas.
Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un muerto.
¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea, encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.
Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.
Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le conozco».
Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso, y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones, pudiera emplearse semejante palabra.
Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático, que era para él á la vez equívoco é imponente.
Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la imposibilidad.
Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.
Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los que se quedaban.
Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon, Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.
Javert, atado al poste, meditaba.
—¿Necesitas algo?—le preguntó Enjolrás.
Javert contestó:
—¿Cuándo me mataréis?
—Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.
—Entonces, dadme de beber,—dijo Javert.
Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba atado, le ayudó á beber.
—¿Quieres algo más?—preguntó de nuevo Enjolrás.
—Estoy mal en este poste,—respondió Javert.—Habéis tenido alma para dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais echarme sobre una mesa como al otro.
Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.
Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande, donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.
Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste, mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.
Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas, como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la mitad del cuerpo.
Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos después de haber pasado por entre las piernas.
Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le estaba contemplando con atención singular.
La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert. Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:
—¡No tiene nada de particular!



