Los miserables · Victor Hugo
Chapter 7
Capítulo 111 de 171 · 6 min de lectura
=La situación se agrava=
El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.
El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre, dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.
La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que blanqueaba un reflejo de sol.
Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.
Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.
Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.
Era evidente que el instante crítico iba á llegar.
Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta vez no quedó ninguno.
La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la partida de los cinco se la había elevado más aún.
Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.
Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.
De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien constituía igualmente un encierro fatal.
Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.
—Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,—dijo riéndose Courfeyrac.
Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta adoquines, «arrancados de más»,—decía Bossuet.
El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo puesto.
Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso que una barricada preparándose á recibir el asalto.
Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.
Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un ángulo protector, á él se acogen todos.
Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los otros.
Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así para matar como para morir.
En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de metralla.
En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en ansiedad, esperando la embestida.
Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la disciplina. Del peligro nace el orden.
Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una especie de almena que se había reservado, todos callaron.
Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.
Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.
Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.
Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de salvación.
Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y visible á la sazón.
No aguardaron mucho tiempo.
El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque no se parecía al del primer ataque.
El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.
Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles, abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito los carros de guerra.
La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el extremo de la calle, tomó una expresión feroz.
Apareció una pieza de artillería.
Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.
Veíase humear la mecha encendida.
—¡Fuego!—gritó Enjolrás.
Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los hombres.
Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron.
Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.
No había ni uno herido.
Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el anteojo.
—¡Bravo por los artilleros!—gritó Bossuet.
Y toda la barricada aplaudió.
Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en batería.
Era una boca formidable que se abría ante la barricada.
—¡Magnífico!—exclamó Courfeyrach.—Aquí está la brutalidad. Después del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros. La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el cañón atrapa.
—Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,—añadió Combeferre.—Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas, y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón, haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil de Gribeauval.
—Sí,—respondió Courfeyrac,—eso aumenta la potencia balística, pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia, la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la conservación de los afustes.
«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.
—Carguen otra vez,—dijo Enjolrás.
¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la cuestión.
Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros hacían lo propio con el cañón.
La ansiedad era profunda en el reducto.
Partió el tiro, y sonó la detonación.
—¡Presente!—gritó una voz alegre.
Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche precipitarse dentro.
Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la Petite Truanderie.
Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.
La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.
Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.
—Proseguid,—gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.



