Los miserables · Victor Hugo
Chapter 8
Capítulo 112 de 171 · 4 min de lectura
=La artillería se va poniendo seria=
Todos rodearon á Gavroche.
Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le preguntó estremecido:
—¿Qué vienes á hacer aquí?
—¡Toma!—respondió el chico.—¿Y vos?
Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.
Mario prosiguió con acento severo.
—¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta.
No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta; pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que hizo fué deshacerse de ella.
No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.
En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario pudiera dirigirle.
Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir abominablemente.
—Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto despierte.
Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería.
El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:
—¿Le conoces?
—No,—contestó Gavroche.
En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan Valjean sino de noche.
Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido en el espíritu de Mario, se disiparon.
¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?
¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el sitio del combate?
Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:
—¡Mi fusil!
Courfeyrac mandó que se le entregasen.
Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.
Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:
—Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.
Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.
Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían repetido.
Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.
En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.
Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda. Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.
El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.
—¡Bajad la cabeza!—gritó Enjolrás.—¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de rodillas á lo largo de la barricada!
Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla. Era, en efecto, un metrallazo.
La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.
Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más tiempo. Penetraba en ella la metralla.
Hubo un rumor de consternación.
—Impidamos al menos el segundo metrallazo,—dijo Enjolrás.
Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la puntería.
El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por matar la guerra.
Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.
—¡Qué lástima!—dijo.—¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin, cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido, no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.
—Lo es,—dijo Enjolrás.
—Sí,—prosiguió Combeferre,—y también mío. No le matemos, pues.
—Déjame. Lo que es preciso, es preciso.
Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.
Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.
El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado sobre la pieza, sin volver á moverse.
Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había atravesado el pecho de parte á parte.
Estaba muerto.
Fué preciso retirarle, y reemplazarle.
Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.



