Los miserables · Victor Hugo
Chapter 9
Capítulo 113 de 171 · 2 min de lectura
=Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería infalible, que influyó en la condena de 1796=
Los pareceres eran diversos en la barricada.
La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad atenuar la fuerza de los tiros.
Enjolrás pronunció esta orden.
—Es preciso poner allí un colchón.
—No hay ninguno,—respondió Combeferre.—Los ocupan los heridos.
Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta entonces en nada de lo que pasaba.
Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:—«Un fusil inútil».
Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:
Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un colchón delante de su ventana.
Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.
El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la buhardilla.
Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.
—¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?—dijo Juan Valjean.
Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.
Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.
Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió contra los vidrios de la buhardilla.
El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.
La barricada aplaudió.
Todos gritaron:
—¡Ya tenemos colchón!
—Sí,—dijo Combeferre;—pero ¿quién irá por él?
El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.
Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para ahorrar municiones.
La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas la calle, dándole un aspecto terrible.
Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y volvió á la barricada.
Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de modo que no lo viesen los artilleros.
Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.
No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla, pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.
Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.
—Ciudadano,—dijo Enjolrás á Juan Valjean,—la República os da las gracias.
Bossuet, admirado y riéndose,—exclamó:
—¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el colchón, que anula el cañón!



