Los miserables · Victor Hugo
Chapter 10
Capítulo 114 de 171 · 6 min de lectura
=Aurora=
En aquel momento se despertaba Cosette.
Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á Oriente, que daba al patio interior de la casa.
Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.
No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».
Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo quizá á ello la extremada blancura de su cama.
Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.
Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría. Cosette se sintió tranquila.
Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción del alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.
De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no había visto á Mario!
Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.
Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á Mario.
Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón suficiente para que viniese.
No había nada que objetar; el argumento era concluyente.
Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario! ¡Atrocidad del cielo!
Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario iba á volver portador de buenas nuevas.
Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el dolor, no lo acepta.
La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el porvenir mismo.
Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración está hecha de esperanza.
Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni cómo se la había explicado.
Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del cerebro.
En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del fugitivo.
Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras que Mario había pronunciado.
En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.
Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en el dormitorio de una virgen.
Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.
Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra; es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre mientras no le haya mirado el sol.
La mujer, todavía capullo, es sagrada.
Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya demasiado indicarlas.
La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte. La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de respeto.
El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que es casta.
La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.
Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.
El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra. Contemplar, en semejante caso, es profanar.
No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al levantarse.
Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza, y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.
Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.
Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario. Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.
Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera vez de su vida le parecieron feas las flores.
Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía también venir de allí.
De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire, sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal era su situación.
Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada; que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con colores agradables, sino lúgubres.
Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente, pero que espera en Dios.
Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se había abierto ningún postigo.
La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.
Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido; pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de todo punto imposible.
Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos sordos, y decía:
—¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!
Eran los disparos de cañón contra la barricada.
Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel pequeño paraíso.
La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico comida y besos.
El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza «Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio se derramaba en la gloria de la mañana.
Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una virgen.



