Los miserables · Victor Hugo
Chapter 11
Capítulo 115 de 171 · 2 min de lectura
=Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie=
El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.
Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto; poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla. Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.
Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.
Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas ni pólvora, se da el asalto.
Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.
Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo despreciativo en alto grado.
—Bueno,—decía;—romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.
Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían sus cascos, y le decía al cañón:
—¡Te vuelves difuso, amigo mío!
En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.
Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía los tiros sin dignarse contestar.
De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol sobre un tejado próximo.
Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de centinela, dominando con su vista toda la barricada.
—Es un vigilante incómodo,—dijo Enjolrás.
Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.
Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco, herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.
El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.
Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.
Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.
El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el soldado.
Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos dos, renunciando todos á espiar la barricada.
—¿Por qué no habéis matado á esos hombres?—preguntó Bossuet á Juan Valjean.
Éste no respondió.



