Los miserables · Victor Hugo

Chapter 13

Capítulo 117 de 171 · 3 min de lectura

=Luces que pasan=

En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada, se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo, convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias de esperanza.

Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de la Chanvrerie.

—Oíd,—exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;—paréceme que París se despierta.

Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una ó dos horas, cierta recrudescencia.

La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.

En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar barricadas.

Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina, atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos hará daño».

Fué acuchillado.

En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían temblar las hojas de la celosía.

Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.

Varios cuerpos de guardia fueron atacados.

Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.

En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal; así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de noche en la cabeza».

Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron prisa á apagar aquellos principios de incendio.

Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.

Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con precaución y lentamente, ya á paso de carga.

La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego, y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la carrera los grupos de los boulevares.

No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.

Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y la metralla.

Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en parihuelas, y dijo á Courfeyrac:

—Esos heridos no son de aquí.

La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.

Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente; y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se sostenían aún. El sol subía en el horizonte.

Un insurrecto interpeló á Enjolrás:

—Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?

Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.