Los miserables · Victor Hugo

Chapter 14

Capítulo 118 de 171 · 3 min de lectura

=Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás=

Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido, esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una bocanada de ironía.

—Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en vano. Eso no es trueno; es tos.

Y todo el mundo reía á su alrededor.

Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.

—Admiro á Enjolrás,—decía Bossuet.—Su impasible temeridad me maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes. Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.

Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: Patria.

No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:

—¡Noticia!

Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:

—Me llamo Pieza de á Ocho.

En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro cañón.

Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la segunda pieza al lado de la primera.

Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.

Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas, tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.

Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio, y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.

Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.

Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus ladridos.

De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.

Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.

Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir, que esto anunciaba el asalto.

Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá, hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.

—Es absolutamente preciso disminuir el daño que nos hacen esas piezas,—dijo Enjolrás, y gritó:—¡Fuego contra los artilleros!

Todos estaban preparados. La barricada, que por tanto tiempo se había mantenido silenciosa, hizo fuego desesperadamente, sucediéndose siete ú ocho descargas con una especie de rabia mezclada de alegría.

La calle se llenó de un humo espesísimo, y al cabo de algunos minutos por entre aquella bruma rayada de llamaradas, se pudo distinguir confusamente á las dos terceras partes de los artilleros tendidos bajo las ruedas de los cañones.

Los que habían quedado en pie continuaban en el servicio de las piezas con severa tranquilidad; pero el fuego se había amortiguado.

—Vamos bien,—dijo Bossuet á Enjolrás.—¡Victoria!

Enjolrás, meneando la cabeza, contestó:

—Con un cuarto de hora más que dure esta victoria no quedarán ya más de diez cartuchos en la barricada.

Parece que Gavroche oyó la frase.