Los miserables · Victor Hugo

Chapter 15

Capítulo 119 de 171 · 4 min de lectura

=Gavroche fuera=

De repente, Courfeyrac vió un bulto á la parte de afuera de la barricada blanco de las balas.

Gavroche había tomado del figón una cesta de las que sirven para poner botellas, y saliendo por la cortadura, se ocupaba tranquilamente en vaciar en su cesta las cartucheras llenas de los guardias nacionales muertos en el declive del reducto.

—¿Qué haces ahí?—gritóle Courfeyrac.

Gavroche levantó la nariz.

—Estoy llenando el cesto, ciudadano.

—¿No ves la metralla?

Gavroche respondió:

—Ya lo veo, llueve; ¿y qué más?

Gritóle de nuevo Courfeyrac:

—¡Vuelve adentro!

—Enseguida,—contestó Gavroche.

Y de un salto penetró en la calle.

Recordemos que la compañía de Fannicot, al retirarse, había dejado en pos de sí un rastro de cadáveres.

Como unos veinte de éstos yacían acá y allá á lo largo de la calle, sobre el empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una provisión de cartuchos para la barricada.

El humo formaba en la calle como una niebla.

Cualquiera que haya visto una nube en una garganta de montañas entre dos alturas perpendiculares, puede figurarse aquel humo encerrado y como condensado por dos sombrías líneas de altas casas. Subía lentamente y se renovaba sin cesar, resultando de ahí una obscuridad gradual, que empañaba la luz del sol en medio del día.

Los combatientes se distinguían apenas de un extremo á otro de la calle, no obstante la cortedad de la distancia.

Aquella obscuridad, probablemente prevista y calculada por los jefes que debían dirigir el asalto de la barricada, fué útil á Gavroche.

Bajo los pliegues de aquel velo de humo, y gracias á su pequeñez, pudo avanzar por la calle, sin que le viesen, y desocupar las siete ú ocho primeras cartucheras sin gran peligro.

Arrastrábase boca abajo, andaba á gatas, cogía la cesta con los dientes, se torcía, se deslizaba, ondulaba, culebreaba de un cadáver á otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abriendo las nueces.

Desde la barricada, á pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían á gritarle que volviese por miedo de llamar la atención hacia él.

En el bolsillo del cadáver de uno encontró un frasco de pólvora.

—Para la sed,—dijo guardándoselo.

Á fuerza de seguir avanzando, llegó adonde la niebla de la fusilería se volvía transparente, tanto, que los tiradores de la tropa de línea, apostados detrás de su parapeto de adoquines, y los del batallón de las afueras, en el ángulo de la calle, notaron que se movía algo entre el humo.

En el instante en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento que yacía junto á un guarda-cantón, una bala dió en el cadáver.

—¡Diablo!...—dijo Gavroche.—Me matan mis muertos.

Otra bala arrancó chispas del empedrado junto á él. La tercera volcó el cesto.

Gavroche miró, y vió que el fuego procedía de los guardias nacionales de las afueras.

Púsose en pie con los cabellos esparcidos al viento, los brazos en jarra, los ojos fijos en los guardias nacionales, y cantó:

Si son feos en Nanterre, Es por culpa de Voltaire, Si tontos en Palaiseau, Es por culpa de Rousseau.

Luego recogió la cesta, volviendo á meter en ella, sin perder uno, los cartuchos que habían rodado por el suelo, y sin miedo á los tiros dirigióse á desocupar otra cartuchera.

Otra cuarta bala no logró acertarle tampoco. Gavroche cantó:

Voltaire es el culpado Si no soy abogado; Si soy un pajarillo, Rousseau es quien lo ha querido.

La quinta bala no produjo otro efecto que el de inspirarle la tercera copla:

Es mi genio alegrillo Porque Voltaire lo quiso; Si soy un pobre yo, La culpa es de Rousseau.

Así continuó por algún tiempo.

El espectáculo era á la vez que espantoso, entretenido.

Gavroche, blanco de las balas, se mofaba de los fusiles. Parecía divertirse en ello.

Era el gorrión picoteando á los cazadores.

Á cada descarga respondía con una copla.

Apuntábanle sin cesar, jamás le acertaban.

Los guardias nacionales y los soldados se reían al apuntarle.

Echábase en el suelo, volvía á levantarse, se ocultaba en el ángulo de una puerta; saltaba, luego desaparecía; tornaba á aparecer, huía; presentábase de nuevo, respondiendo á la metralla con gestos harto libres, y entre tanto pillaba los cartuchos, vaciaba las cartucheras, y llenaba su cesto.

Los insurrectos, casi sin respirar, le seguían con mirada ansiosa.

La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la muerte.

No era un niño, ni un hombre; era una hada en forma de pilluelo, como si dijéramos el enano invulnerable de la lucha burlándose de los gigantes.

Las balas corrían tras él, pero él era más listo que las balas.

Jugaba con la muerte á una especie de horroroso escondite, y cada vez que el espectro asomaba su descarada faz, el pilluelo le daba un bufido.

Sin embargo, una bala, mejor dirigida ó más traidora que las otras, acabó por alcanzar á aquel muchacho, fuego fatuo.

Viósele vacilar y luego caer.

Toda la barricada lanzó un grito.

Pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el pilluelo tocar el empedrado, es como para el gigante tocar la tierra.

Gavroche no había caído sino para volver á levantarse. Al incorporarse una prolongada franja de sangre le cruzaba la cara.

Levantó ambos brazos al aire, miró hacia el punto de donde había salido el tiro, y se puso á cantar:

Heme por fin caído Por culpa de Voltaire; De narices en tierra Por culpa de...

No pudo acabar. Otra bala del mismo tirador le cortó la frase. Esta vez cayó de bruces contra el suelo, y no volvió á moverse.

Aquella pequeña grande alma había volado.