Los miserables · Victor Hugo

Chapter 16

Capítulo 120 de 171 · 12 min de lectura

=De cómo un hermano puede trocarse en padre=

Había á aquella misma sazón en el jardín del Luxemburgo—pues la mirada del drama debe alcanzar á todas partes,—dos niños que andaban cogidos de la mano. Podría contar el uno siete años, y el otro cinco.

Mojados por la lluvia, habían elegido los paseos donde daba el sol. El mayor acompañaba al más pequeño; ambos iban cubiertos de andrajos y pálidos.

El más pequeño decía:

—Tengo mucha hambre.

El mayor, ya con ciertas ínfulas de protector, llevaba al otro de la mano izquierda, y en la derecha tenía una varita.

Hallábanse solos en el jardín, pues la policía había mandado cerrar las verjas con motivo de la insurrección, y el jardín estaba desierto. Las tropas que habían vivaqueado ahí por la noche, habían marchado al combate.

¿Cómo estaban allí aquellas criaturas?

¿Se habían evadido quizá de algún cuerpo de guardia entreabierto? ¿Acaso en las cercanías, en la puerta del Infierno, en la explanada del Observatorio, ó en la encrucijada próxima que domina el frontón, donde se lee: Invenerunt parvulum pannis involutum, había alguna barraca de saltimbanquis de la que pudieran haber escapado?

¿Quizá la víspera por la tarde, burlando la vigilancia de los inspectores del jardín, al tiempo de cerrar la verja, se habían quedado y pasado la noche en alguno de los kioscos donde se leen periódicos?

El hecho es que vagaban por allí á su sabor, y que parecían libres.

Vagar y parecer libres es estar perdido; y en efecto, lo estaban aquellos pobres niños.

Eran los mismos cuya suerte había tenido inquieto á Gavroche, y que el lector recordará. Hijos antes de Thénardier, alquilados por la Magnon, atribuidos á Guillenormand, y á la sazón hojas caídas de todas aquellas ramas sin raíces, y rodando por tierra á impulsos del viento.

Sus vestiditos, limpios en tiempo de la Magnon, y que le servían de prospecto para con el señor Guillenormand estaban hechos jirones.

Aquellos dos seres pertenecían ya á la estadística de los «Niños abandonados», que la policía comprueba, recoge, extravía y vuelve á encontrar en medio del arroyo en París.

Sólo en un día de tanta confusión se comprende que aquellos miserables rapazuelos estuviesen en el jardín del Luxemburgo. Si los inspectores los hubiesen visto, habrían arrojado de allí semejantes andrajos.

Los chicos pobres no entran en los jardines públicos; sin embargo debería pensarse que, como niños que son, tienen derecho á las flores.

Encontrábanse, pues, allí, gracias á haberse mandado cerrar la verja. Estaban de contrabando. Habíanse escurrido en el jardín y se quedaron dentro.

Los inspectores no deben dejar de vigilar, aunque se cierre la verja; se supone que continúan funcionando, pero la vigilancia es menor y hasta escasa.

Los inspectores aquel día, participando de la ansiedad pública, y más ocupados en lo exterior que en lo interior, no se ocupaban del jardín, y así no vieron á los dos delincuentes.

Había llovido la víspera y también un poco por la mañana; pero en junio los chaparrones es como si no cayeran. Apenas se conoce una hora después de la tormenta que tan hermoso y sonrosado día ha vertido lágrimas. El suelo se seca tan pronto como las mejillas de un niño.

En ese instante del solsticio, la luz del mediodía es, digámoslo así, punzante. Se apodera de todo. Se duplica y se superpone á la tierra con una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.

Un chaparrón es un vaso de agua. La lluvia es absorbida al momento.

Por la mañana todo son arroyos que corren; por la tarde, polvo que se levanta.

Nada hay tan admirable como el verdor que lava la lluvia y que enjuga el sol; es la frescura caliente.

Los jardines y las praderas, con el agua en sus raíces y el sol en sus flores, se convierten en cazoletas de incienso, y exhalan á un tiempo todos sus perfumes.

Todo sonríe, canta y se ofrece. Se siente uno suavemente embriagado.

La primavera es un paraíso provisional, y el sol ayuda al hombre á tener paciencia mientras viene el paraíso definitivo.

Hay seres que no piden más; vivientes que, teniendo el azul del cielo, dicen: ¡me basta! Pensadores absortos ante el prodigio, sacando de la idolatría de la naturaleza la indiferencia hacia el bien y el mal; contempladores del Cosmos, radiosamente distraídos del hombre, que no comprenden que exista quien fije la atención en el hambre de unos, en la sed de otros, en la desnudez del pobre durante el invierno, en la curvatura linfática de una pequeña espina dorsal, en el jergón, en la buhardilla, en el calabozo, en los harapos de infelices muchachas tiritando de frío, cuando se puede soñar bajo la sombra de los árboles; espíritus serenos y terribles despiadadamente satisfechos.

¡Cosa rara! El infinito les basta.

Ignoran esa grande necesidad del hombre, lo finito, que cabe en un abrazo.

No se acuerdan de lo finito que admite el progreso, el trabajo sublime.

Huye de su mente lo indefinido, que nace de la combinación humana y divina, de lo infinito y de lo finito.

Con tal de ponerse frente á frente de la inmensidad, se sonríen.

Para ellos no hay alegría, sino éxtasis.

Abismarse: tal es su vida.

En su concepto, la historia de la humanidad no es más que un plano fraccionario donde no se halla el Todo. El verdadero Todo existe fuera.

¿Para qué ocuparse el hombre, de los pormenores de esa pequeña fracción?

Decís que el hombre padece; es muy posible; pero mirad en cambio cómo se eleva Aldebaran.

Decís que á la madre se le ha agotado la leche, que el recién nacido se está muriendo; así será, no lo sabemos; pero en cambio, contemplad ese admirable rosetón que forma la albura del abeto examinada con el microscopio. ¡Comparad á esto el encaje más rico!

Esos pensadores se olvidan de amar. Es tanto lo que influye en ellos el zodíaco, que les impide ver al niño que llora. Dios les eclipsa el alma.

Es una familia de inteligencias pequeñas y grandes á la vez.

Horacio pertenecía á ese número, y Goethe, y puede que también Lafontaine; magníficos egoístas del infinito; espectadores tranquilos de dolor, que no ven á Nerón si hace buen tiempo, á quienes el sol oculta la hoguera, que mirarían guillotinar buscando en el suplicio un efecto de luz; que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor, ni el somatén; para quienes todo está bien, puesto que hay un mes de mayo; que se declaran satisfechos mientras buscan sobre su cabeza nubes de púrpura y oro, y que están decididos á ser felices mientras los astros brillen y canten las aves.

Son cuerpos radiantes que demiten tinieblas, sin sospechar que son dignos de lástima; y lo son en realidad.

Quien no llora, no ve.

Es preciso admirarlos y compadecerlos, como se compadecería y admiraría á un ser que fuese á la vez noche y día, que no tuviese ojos bajo las cejas, y en mitad de cuya frente brillase un astro.

Según algunos, la indiferencia de esos pensadores es una filosofía superior. En buen hora; pero es una superioridad enfermiza.

Se puede ser inmortal y cojo; testigo Vulcano.

Se puede ser más que hombre y menos que hombre.

Lo incompleto-inmenso está en la naturaleza. ¿Quién sabe si el sol no es tal vez ciego?

Mas entonces, ¿de quién fiarse? Solem quis dicere falsum audeat? ¿Cómo han de engañarse ciertos genios, ciertos Altísimos humanos, ciertos hombres astro?

¿Cómo lo que está á tan gran altura, en la cima, en la cúspide, en el zenit; lo que envía á la tierra tanta luz, ha de ver poco, ha de ver mal, ó no ha de ver?

¿No es esto para desesperar? No.

Pues ¿qué hay sobre el sol? Dios.

El 6 de junio de 1832, á las once de la mañana, el Luxemburgo, solitario y despoblado, estaba encantador.

Los arriates y los parterres se cambiaban, en medio de la luz, perfumes y resplandores. Las ramas, locas con la claridad del medio día, parecían querer abrazarse.

Había en los sicómoros una batahola de currucas; los gorriones celebraban su triunfo; otros pajarillos trepaban por los castaños, picoteando en los agujeros de la corteza.

La platabanda aceptaba la legítima supremacía de los lirios. El más augusto de los perfumes es el que sale de la blancura.

Respirábase el olor aromático de los claveles. Las viejas cornejas de María de Médicis sentían el amor sobre los gigantescos árboles.

El sol doraba, teñía de púrpura y encendía los tulipanes, que no son otra cosa que las variedades de la llama trocadas en flores.

En torno de los bancales de tulipanes revoloteaban las abejas, chispas de aquellas flamígeras flores.

Todo era goce y alegría, hasta la próxima lluvia; esta reincidencia, de que debían aprovecharse los lirios y las madreselvas, no tenía nada de alarmante; las golondrinas hacían la graciosa amenaza de volar bajo.

El que estaba allí respiraba felicidad; la vida olía bien; toda aquella naturaleza exhalaba candor, socorro, asistencia, paternidad, caricia, aurora.

Los pensamientos que caían del cielo eran dulces como la manita de un niño que besamos.

Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, llevaban ropajes de sombra trepados de luz; eran diosas con harapos de sol; de todas colgaban rayos.

Alrededor del gran estanque, la tierra estaba ya seca y aún caliente.

Se movía bastante viento para levantar acá y allá pequeños remolinos de polvo; y algunas hojas amarillas, restos del último otoño, se perseguían alegremente como niños juguetones.

La abundancia de la claridad tenía un no sé qué de tranquilizadora.

La vida, la savia, el calor, los efluvios se desbordaban; sentíase bajo la creación lo enorme del manantial; en todos aquellos soplos impregnados de amor, en aquel vaivén de reverberaciones y de reflejos, en aquella prodigiosa expendición de rayos, en aquel derramamiento indefinido de oro fluido, se sentía la prodigalidad de lo inagotable; y detrás de tanto esplendor, como detrás de una cortina de llamas, se entreveía á Dios, el millonario de estrellas.

Gracias á la arena, no había una mancha de lodo; gracias á la lluvia, no había un solo grano de polvo.

Los ramilletes acababan de lavarse; todo el terciopelo, todo el raso, todos los barnices, todo el oro que sale de la tierra en forma de flores, se ofrecían á la vista con espléndida pureza.

Toda aquella magnificencia respiraba aseo.

El gran silencio de la dichosa naturaleza llenaba el jardín. Silencio celeste, compatible con mil músicas, arrullos de los nidos, zumbidos de los enjambres, latidos del viento.

Toda la armonía de la estación se completaba en un agradable conjunto. Las entradas y salidas de la primavera se verificaban con el mayor orden y regularidad; concluían las lilas y empezaban los jazmines; algunas flores se retrasaban, y por otra parte se adelantaban algunos insectos; la vanguardia de las mariposas encarnadas de junio fraternizaba con la retaguardia de las blancas mariposas de mayo.

Los plátanos mudaban la piel. La brisa formaba ondulaciones en los magníficos grupos de castaños.

El espectáculo era espléndido.

Un veterano del próximo cuartel que miraba á través de la verja, decía:

—Es la primavera armada de todas armas, y vestida de gala.

Toda la naturaleza se desayunaba; la creación se había sentado á la mesa, pues había dado la hora. El gran mantel azul estaba tendido bajo el cielo, y el gran mantel verde sobre la tierra.

El sol alumbraba á toda luz.

Dios servía el banquete universal. Cada ser tenía su alimento ó su ración.

La paloma zorita encontraba cañamones, el pinzón mijo, el jilguero anahálida, el petirojo gusanos, la abeja flores, la mosca infusorios, el verderón moscas.

Comíanse también de vez en cuando los unos á los otros, que tal es el misterio del mal mezclado con el bien; pero ni un solo animal tenía el estómago vacío.

Los dos niños abandonados habían llegado junto al estanque; y como si les asustase toda aquella luz, procuraban esconderse; instinto del pobre y del débil hasta delante de la magnificencia impersonal; y se pusieron detrás de la barraca de los cisnes.

Por intervalos, cuando soplaba viento, se oían confusamente gritos, un ruido, especie de estertor tumultuoso, que era el fuego de los fusiles; y golpes sordos, que eran los cañonazos.

Notábase humo sobre los tejados por el lado del Mercado, y sonaba á lo lejos una campana, que parecía llamar.

Los niños no daban indicios de notar ninguno de aquellos ruidos.

El más pequeño repetía de cuando en cuando á media voz:

—Tengo hambre.

Casi á la par que los dos chiquitines, arrimábase otra pareja al estanque.

Era un buen señor de unos cincuenta años, que llevaba de la mano á otro buen muchacho de seis; sin duda un padre en compañía de su hijo.

El niño de seis años tenía un bollo grandísimo.

En aquella época, en ciertas casas vecinas de la calle Madame y del Infierno, tenían sus inquilinos derecho á una llave para entrar en el Luxemburgo cuando estaban cerradas las verjas; tolerancia que después se ha suprimido. Aquel padre y aquel hijo salían indudablemente de una de dichas casas.

Los dos pobrecillos vieron venir aquel caballero y se ocultaron aún más.

Era el tal un burgués, tal vez el mismo á quien Mario un día, en medio de su amorosa fiebre, había oído, junto al propio estanque, aconsejar á su hijo «que evitase los excesos».

Tenía el aire afable y altivo, y su boca, no cerrándose nunca, sonreía siempre. Esa sonrisa mecánica, producida por exceso de mandíbula y escasez de piel, pone de manifiesto, no el alma, sino los dientes.

El niño, con su bollo mordido, sin seguir comiéndolo parecía estar algo ceñudo.

Llevaba el uniforme de guardia nacional, seguramente á causa del motín, y el padre iba vestido de paisano, por prudencia.

Detuviéronse el padre y el hijo junto al estanque, donde se holgaban los cisnes.

Aquel señor parecía profesar una admiración especial á estos animales. Asemejábase á ellos en el modo de andar.

Á la sazón los cisnes nadaban; éste es su principal talento; y estaban magníficos.

Si los dos pobrecillos se hubiesen puesto á escuchar y tenido edad para comprender, habrían podido recoger las palabras de un hombre grave. El padre le decía al hijo:

—El sabio se contenta con poco. Toma ejemplo en mí. No me gusta el fausto. No se me ve nunca con vestidos galoneados de oro y piedras preciosas. Dejo ese falso brillo para las almas mal organizadas.

En aquel instante los gritos profundos que venían del lado del Mercado estallaron con redoble de campanas y otros rumores.

—¿Qué es eso?—preguntó el niño.

El padre respondió:

—Son saturnales.

De repente vió á los dos niños harapientos que continuaban inmóviles detrás de la casita verde de los cisnes.

—Ése es el principio,—dijo.

Y añadió tras un breve silencio:

—La anarquía entra en este jardín.

Entretanto, el hijo volvió á morder el bollo, escupió el bocado, y se puso á llorar bruscamente.

—¿Por qué lloras?—preguntó el padre.

—No tengo gana,—contestó el muchacho.

El padre sonrió con mayor expresión.

—No se necesita tener gana para comer un bollo.

—Me repugna el bollo. Está duro.

—¿No quieres más?

—No.

El padre le mostró los cisnes.

—Arrójalo á esos palmípedos.

El niño vaciló. Aunque no se quiera el bollo, no es ello una razón para regalarlo.

El padre prosiguió:

—Sé humano. Es preciso tener lástima de los animales.

Y tomando el bollo de mano del muchacho, lo tiró al estanque.

El bollo cayó bastante cerca de la orilla.

Los cisnes estaban lejos, en medio del estanque, y ocupados con alguna otra presa; así fué que no vieron al señor ni su bollo.

El buen señor, conociendo que este último corría peligro de perderse, y pesaroso de un naufragio inútil, comenzó á ejecutar movimientos telegráficos, con lo que consiguió llamar la atención de los cisnes.

Divisaron éstos algo que sobrenadaba, viraron de bordo, como barcos que son, y se dirigieron hacia el bollo lentamente, con esa beatucha majestad que sienta tan bien á los animales blancos.

—Los cisnes comprenden las señales,—dijo el burgués, muy satisfecho de su propio ingenio.

En aquel momento el tumulto lejano de la ciudad creció de súbito. Esta vez tenía algo de siniestro. Hay ciertas bocanadas de aire que hablan con mayor claridad que otras.

La que soplaba á la sazón llevó hasta allí claramente redobles de tambor, gritos, descargas cerradas y las lúgubres respuestas de la campana y del cañón. Coincidió esto con una nube negra que de improviso ocultó al sol.

Todavía los cisnes no habían llegado al bollo.

—Volvámonos,—dijo el padre;—atacan las Tullerías.

Cogió otra vez la mano de su hijo, y prosiguió:

—De las Tullerías al Luxemburgo no hay más distancia que la que separa la dignidad de rey de la dignidad de par. No es mucho. Van á llover balas.

Miró la nube.

—Y quizá también va á descargar la lluvia. El cielo se mezcla en todo esto. La rama segunda está condenada. Volvámonos aprisa.

—Quisiera ver á los cisnes comerse el bollo,—dijo el niño.

El padre respondió:

—Sería una imprudencia.

Y se llevó á su hijo.

El niño, sintiendo dejar los cisnes, volvió la cabeza hacia el estanque hasta que un grupo de árboles se lo ocultó.

Entretanto; y al mismo tiempo que los cisnes, los dos chicos vagabundos se habían por su parte acercado hacia donde estaba el bollo.

Flotaba éste sobre el agua. Mientras el más pequeño no apartaba los ojos del bollo, dirigía el mayor la vista al caballero que se marchaba.

El padre y el hijo entraron en el laberinto de paseos, que conduce á la escalera grande del grupo de árboles por el lado de la calle Madame.

En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió con la mano derecha su varita hacia el bollo.

Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse, produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.

Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo cogió, y se levantó.

El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.

El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:

—Carga con este taco tu fusil.