Los miserables · Victor Hugo

Chapter 17

Capítulo 121 de 171 · 2 min de lectura

=Mortuus pater, filium moriturum expectat=

Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre; pero ya era tarde.

Gavroche estaba muerto.

Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.

¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.

Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el pilluelo, el rostro inundado de sangre.

En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.

Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.

Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.

Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.

Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.

Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.

—¡Qué excéntrico tan raro!—dijo en voz baja Combeferre á Enjolrás.—Halla medio de no batirse en esta barricada.

—Lo que no le impide defenderla,—contestó Enjolrás.

—El heroísmo tiene sus hombres originales,—repuso Combeferre.

Y Courfeyrac, que había oído, añadió:

—Es un género distinto del de Mabeuf.

Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas turbaba los ánimos en el interior.

Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen chistes, se pasa el tiempo.

Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de la metralla:

—Estamos aquí como en un almuerzo de amigos.

El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían sido ó iban á ser agotadas.

La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é iba probablemente á volverse desesperada.

Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más de púrpura la barricada.

Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano, consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.

Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.

Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:

—Vamos pronto á tomar la diligencia para otro planeta.

Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque, su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.

Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.

Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de paja de la tía Hucheloup, por miedo á los rayos del sol, decía.

Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros, como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.

Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba examinando en él su lengua.

Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.

Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.