Los miserables · Victor Hugo

Chapter 18

Capítulo 122 de 171 · 5 min de lectura

=El buitre convertido en presa=

Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las calles.

Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como una visión.

Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber tenido un sueño.

Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha presenciado.

Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se ha iluminado con la luz del porvenir.

Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran colosales, y parecían horas eternas.

Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.

¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso, y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del humo, de la noche quizás.

Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como manchas encarnadas. Hase olvidado todo.

Volvamos á la calle de la Chanvrerie.

De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que sonaba.

—Son las doce,—dijo Combeferre.

Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás, poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:

—Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad á las piedras. No hay un minuto que perder.

Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.

Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de ataque indudablemente.

Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben preceder siempre á los soldados que han de escalarla.

No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont Tonnerre, en 1822, «el collerazo».

La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los cuales es imposible la evasión.

En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto, aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del otro.

Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros para los cañones de los fusiles.

Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.

Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.

Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio, Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.

—¿Quién, entonces, beberá esto?—preguntó Bossuet.

—Ellos,—contestó Enjolrás.

Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la puerta del bodegón.

La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la taberna el torrejón.

Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.

Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas las comodidades.

Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo.

Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo. Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía ser una obra maestra.

Dijo á Mario:

—Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y observa.

Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.

Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el lector servía de hospital.

—Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,—dijo.

Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de todos:

—Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera. ¿Las hay?

—Sí,—dijo Feuilly.

—¿Cuántas?

—Dos hachas y un machete.

—Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos fusiles hay?

—Treinta y cuatro.

—Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego, cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.

Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:

—No me olvido de ti.

Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:

—El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese espía.

—¿Aquí mismo?—preguntó una voz.

—No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que Enjolrás; era Javert.

Presentóse Juan Valjean.

Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.

Salió y dijo á Enjolrás:

—¿Sois vos el jefe?

—Sí.

—Me habéis dado las gracias hace poco.

—En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario Pontmercy y vos.

—¿Creéis que merezco recompensa?

—Sin duda.

—Pues bien; pido una.

—¿Cuál?

—La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.

Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento imperceptible, y dijo:

—Es muy justo.

Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.

—¿No hay quién reclame?

Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:

—Tomad el polizonte.

Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo de la mesa.

Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.

Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.

—¡Alerta!—gritó Mario desde lo alto de la barricada.

Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:

—No gozáis de mucha más salud que yo.

—¡Todo el mundo afuera!—gritó Enjolrás.

Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:

—¡Hasta luego!