Los miserables · Victor Hugo
Chapter 19
Capítulo 123 de 171 · 3 min de lectura
=Venganza de Juan Valjean=
En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.
Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la supremacía de la autoridad encadenada.
Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud, porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.
Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.
Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.
Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de espaldas.
Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la luz sepulcral que había en su alma.
Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela de Mondetour.
Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.
Nadie los veía.
El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los insurrectos.
Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres retirados de la barricada.
En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido, una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio desnudo: era Eponina.
Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz, profundamente tranquilo:
—Paréceme que conozco á esa muchacha.
Después se volvió hacia Juan Valjean.
Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una mirada que no necesitaba palabras para decir:
—Javert, soy yo.
Javert respondió:
—Desquítate.
Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.
—¡Un flamenco!—exclamó Javert.—Tienes razón. Esto te cuadra más.
Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con fría serenidad:
—Estáis libre.
Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó admirado é inmóvil.
Juan Valjean prosiguió:
—No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre Armado, número 7.
Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:
—Guárdate.
—Idos,—dijo Juan Valjean.
—Javert repuso:
—¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?
—Número 7.
Javert repitió á media voz:
—Número 7.
Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta, cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la vista.
Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:
—Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.
Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.
—Idos,—repitió Juan Valjean.
Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la esquina de la calle de Predicadores.
Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al aire.
Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:
—Ya está.
Entretanto he aquí lo que había pasado.
Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la sala baja.
Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la muerte, le conoció.
Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la fisonomía, sino también del nombre.
Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.
No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.
—¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?
Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero, ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.
Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de la barricada:
—¡Enjolrás!
—¿Qué?
—¿Cómo se llama ese hombre?
—¿Quién?
—El agente de policía. ¿Sabes su nombre?
—Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.
—¿Cómo se llama?
—Javert.
Mario se levantó.
En aquel instante se oyó el pistoletazo.
Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:—«Ya está».
Un frío interior atravesó el corazón de Mario.



