Los miserables · Victor Hugo

Chapter 20

Capítulo 124 de 171 · 13 min de lectura

=Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan=

La agonía de la barricada iba á empezar.

Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar, la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.

Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido en murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas también ventanas y postigos.

En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así, de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.

Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento, ¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, y la calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la barricada.

No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!

Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve, oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.

Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.

¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven. La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.

Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta nadie.

En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo; ¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el susto que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.

Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera. De ahí aquella frase tan profunda: ¡Esos rabiosos de moderados!

Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo lúgubre, la cólera.

¿Qué quieren estas gentes?...

No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...

¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...

¿Qué han venido á hacer aquí?...

Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para ellos; suya es la culpa...

Les está bien...

Nada de eso nos atañe...

Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...

Son un hato de perdidos...

Sobre todo, que no se les abra la puerta...

Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.

El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también que no han de ir á abrirle.

Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres aquellos entrañas de piedra.

¿Á quién acusar?

Á nadie y á todo el mundo.

Á los tiempos incompletos en que vivimos.

Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de Minerva á Palas.

La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera; lo común es que se anticipe demasiado.

Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la catástrofe.

Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su magnanimidad es consentir en el abandono.

Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.

¿Pero es, en efecto, ingratitud?

Sí, bajo el punto de vista humano.

No, bajo el punto de vista individual.

El progreso es el modo de ser del hombre.

La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.

El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita, ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas ansiedades del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.

Dios está muerto tal vez, decía un día al que escribe estas líneas, Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser.

El que desespera se equivoca.

El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de pie, se le encuentra más alto.

Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.

De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el camino andado.

Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá por etapa las revoluciones.

¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente de los pueblos.

Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los individuos resiste á la vida eterna del género humano.

Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto, y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse eternamente por el porvenir.

La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo, no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo turno llegará más tarde.

Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo, prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto, deseo vivir, dejadme tranquilo.

De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima vanguardia del género humano.

La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación apelando á las armas.

Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.

Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los principios, y por la que es fatalmente castigada.

La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.

Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!

Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su fuerza irresistible é incorruptible.

Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.

Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á los confesores de la utopía.

Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad mayor siendo vencidos.

La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.

La una es magnífica, la otra sublime.

Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.

Es necesario que alguien esté por los vencidos.

El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando abortan.

Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.

Toda barricada parece un atentado.

Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda intención, se denuncia su conciencia.

Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de tinieblas para parapetarse y combatir.

Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas intenciones».

Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.

En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.

Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á su natural buena voluntad.

Ningún remedio violento es necesario.

Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á lo que la invitamos.

Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.

Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.

Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.

La Revolución francesa es un gesto de Dios.

Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.

Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el pueblo.

Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la insurrección es un acaloramiento.

Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea, no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el temperamento de los héroes y de los mártires.

Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar, porque siempre su punto de partida es una abstracción.

Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre por el ideal, por el ideal sólo.

Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en cólera, de ahí el acudir á las armas.

Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.

Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.

La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la revolución. Ninguno le odiaba.

Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio sobre el derecho en todo el universo.

París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.

Así era como ellos raciocinaban.

Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el esfuerzo era, no obstante, grande.

Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.

El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal vez triunfe...

Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo, que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso, mueren como los trescientos espartanos.

No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.

Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.

Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.

Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen frustrados; ya hemos dicho el por qué.

La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.

Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el estómago paraliza el corazón.

La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.

Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.

Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.

Esto prueba su espíritu de artista.

Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la belleza otra cosa que la cima de la verdad.

Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la belleza es ver la luz.

Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo lo propio con Francia.

¡Divinos pueblos, exploradores! Vitæ lampada tradunt.

¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.

Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles. Corinto, sí; Sibaris, no.

El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser dilettante, ni virtuose, pero es indispensable ser artista.

En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.

El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia. Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.

Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.

El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es importantísima.

El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por vehículo: Alejandro montando el elefante.

Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son impropias para dirigir la civilización.

La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va.

La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo, rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.

Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas de civilización.

Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.

Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.

Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.

Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que andan cuando ella desea estarse quieta.

Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes, las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri, ó de una Carolina del Sur.

¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.

Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho de eclipsarse.

No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.

Alba y resurrección son sinónimos.

La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.

Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada, ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el sacrificio.

El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.

Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.

No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el descenso.

La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.

La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.

Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe bien.

Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».

Una palabra antes de volver á la lucha.

Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal.

El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de epilepsias trágicas.

Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil. Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama, cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: El Progreso.

¡El Progreso!

Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar claramente la luz.

El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias, las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día, del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.

Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.

La hidra al principio, el ángel al final.