Los miserables · Victor Hugo

Chapter 21

Capítulo 125 de 171 · 6 min de lectura

=Los héroes=

De súbito el tambor llamó á la carga.

El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como serpientes.

Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado, el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el reducto.

Entonces la furia era habilidad.

Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.

El muro resistió.

Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado ostentó una cabellera de relámpagos.

El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife, para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.

La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso tiroteo de fusilería.

Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de cohetes voladores que se denomina ramillete.

Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal, con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.

La barricada estaba debajo.

Por ambas partes había igual denuedo.

El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.

Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.

La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.

La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca la intrepidez en frenesí.

Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se cubrió de cadáveres.

La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á Mario.

Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro al pie de su almena sin haberle visto siquiera.

Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del reducto.

No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay hombre más terrible en la pelea que el pensador.

Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.

Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.

Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la protegiera.

—¿Qué has hecho del sombrero?—le preguntó Bossuet.

Courfeyrac respondió:

—Han acabado por llevársemelo á cañonazos.

Ó bien decían otras cosas más elevadas.

—¡Cómo comprender,—exclamaba amargamente Feuilly,—á esos hombres (y citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que nos abandonan!

Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:

—Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las estrellas, de lejos.

El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que parecía haber nevado.

Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose en la pendiente.

Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada, era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía resistir á una legión.

No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba la barricada, como el husillo á la prensa.

Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.

Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.

Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y escalado el reducto, pero nunca tomado.

Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.

No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras de la lucha.

Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil versos con una batalla.

Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.

Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos, á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra sesenta.

La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.

La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.

Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente Joly y Combeferre.

Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de mirar al cielo, y espirar.

Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas, particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto con un pañuelo rojo.

Enjolrás era el único que se mantenía ileso.

Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.

Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».

En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende apedreando al caballero con las torres que va arrancando.

Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma, enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.

Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura, regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una convicción ó por lealtad.

Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo. Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte, rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el inmenso Ayax, rival de los dioses.