Los miserables · Victor Hugo

Chapter 22

Capítulo 126 de 171 · 5 min de lectura

=Palmo á palmo=

Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos taludes, uno dentro y otro fuera.

El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.

Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje; y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.

El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió atropelladamente.

Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.

Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase atrancada y como tapiada de arriba abajo.

Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto, hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el espacio.

Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.

Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la cabeza del muerto.

Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á protegerles.

Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.

Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto, apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:

—No hay más que una puerta abierta. Ésta.

Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón, les dió tiempo para que pasasen por detrás.

Todos se precipitaron dentro.

Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos bayonetazos se le dirigían, y entró el último.

Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los insurrectos cerrar la puerta.

Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que se había asido á ella.

Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse desvanecer y cayó.

En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:

—Soy prisionero y me fusilarán.

Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón, tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.

Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los fusiles y los zapadores con sus hachas.

Empezaba el sitio de la taberna.

Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.

La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin cabeza.

Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles; uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.

Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:

—Vendámonos caros.

Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf y Gavroche.

Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba hacia el suelo. Era la del anciano.

Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día antes besado la frente.

Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.

Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la taberna luchó como una casa de Zaragoza.

Tales resistencias son feroces.

Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para poder matar.

Cuando Suchet dice:

—Capitulad...

Responde Palafox:

—Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.

Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores, exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del exterminio.

Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo combatiente.

La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.

Eran los últimos cartuchos.

Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran botellas de agua fuerte.

Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El sitiado ¡ay! se sirve de todo.

El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.

La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que dirigirse de abajo arriba, era mortífera.

El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.

El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba casi la noche sobre aquel combate.

Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á semejante extremo.

No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.

No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.

Los demonios atacan, y resistían los espectros.

Era la monstruosidad del heroísmo.