Los miserables · Victor Hugo

Chapter 23

Capítulo 127 de 171 · 4 min de lectura

=Orestes en ayunas y Pilades borracho=

En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso principal.

No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.

Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.

Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos, retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva, erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano, inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.

Oyóse un grito:

—Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha colocado aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.

—Fusiladme,—dijo Enjolrás.

Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.

En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una especie de solemnidad sepulcral.

Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil, pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio, ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.

Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.

Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante el consejo de guerra:

—Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.

Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del fusil, diciendo:

—Paréceme que voy á fusilar una flor.

Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás, montando sus fusiles en silencio.

Después gritó un sargento:

—¡Apunten!

Intervino un oficial.

—Esperad,—dijo.

Y dirigiéndose á Enjolrás:

—¿Queréis que se os vendan los ojos?

—No.

—¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?

—Sí.

Hacía poco que se había despertado Grantaire.

Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del cuerpo sobre una mesa.

Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.

El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada, se la dejaron.

Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el brazo, cercado de vasos, copas y botellas.

Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela harta.

Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía al cañón con un ronquido.

Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir los ojos nuevamente.

En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.

El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el silencio.

Es una observación que se ha hecho más de una vez.

La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.

Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.

Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.

Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó los ojos, miró, bostezó y comprendió.

La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.

Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.

Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir los párpados cuando ya está enterado de todo.

Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez, especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la clara y despejada percepción de la realidad.

Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden ¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:

—¡Viva la república! Aquí estoy yo.

Grantaire se había levantado.

El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció en la brillante mirada del borracho transfigurado.

Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.

—Matad á dos de un golpe,—dijo.

Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:

—¿Me lo permites?

Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.

No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.

Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared, como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la cabeza.

Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.

Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se habían refugiado en lo alto de la casa.

Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por entre la misma armazón del tejado.

Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía. Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y silencio luego.

Se había tomado la barricada.

Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la persecución de los fugitivos.