Los miserables · Victor Hugo
Chapter 24
Capítulo 128 de 171 · 4 min de lectura
=Prisionero=
Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.
La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.
Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados, llevados á la sala baja, y curados.
En los intervalos, reparaba la barricada.
Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.
Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.
Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.
Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.
El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo de la casa de Corinto.
El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas, algunos pies cuadrados de terreno.
Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una serie de escollos, un rincón tranquilo.
En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada había agonizado Eponina.
Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la pared, y miró en derredor.
La situación era espantosa.
Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?
Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro; pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.
Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo, distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta. Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.
No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del ángulo de la pared estaba la muerte.
¿Qué hacer?
Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.
Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón; pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.
Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo, extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.
Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte, una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja, compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna. Abalanzóse Juan Valjean.
Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un rayo de luz.
Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas, inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.
Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de corredor largo y subterráneo.
Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.
La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba consigo á Cosette sino á Mario.
Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable tumulto de la taberna.
LIBRO SEGUNDO EL INTESTINO DE LEVIATÁN



