Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 129 de 171 · 6 min de lectura

=La tierra empobrecida por el mar=

París arroja al agua anualmente veinticinco millones de francos. Y sea esto dicho sin metáfora. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué fin? Con ninguno. ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano? De su intestino. ¿Y cuál es su intestino? Su cloaca.

Veinticinco millones; tal es el más moderado de los guarismos aproximativos que arrojan cálculos de la ciencia especial.

La ciencia, después de haber andado á tientas durante mucho tiempo, sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el humano. Los chinos, digámoslo para vergüenza nuestra, lo sabían antes que nosotros.

Ningún labrador chino, y es Eckeberg quien lo dice, vuelve de la ciudad sin llevar en los dos extremos de su bambú dos cubos llenos de lo que nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra está en China tan joven como en tiempos de Abraham.

El trigo chino da hasta ciento veinte granos por uno.

No hay guano comparable á los residuos de una capital.

Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros.

Emplear la ciudad en abonar el campo, sería asegurar un éxito infalible.

Si nuestro oro es estiércol, en cambio nuestro estiércol es oro.

¿Qué se hace de ese oro estiércol? Se le arroja al abismo.

Envíanse á fuerza de gastos convoyes de buques para recoger en el polo austral el excremento de los petrelius y de los pingüinos, y se arroja al mar el incalculable elemento de opulencia que se tiene á mano.

Todo el abono del hombre y del animal que el mundo pierde, devuelto á la tierra en vez de echarlo al mar, bastaría para alimentar al mundo.

Esos montones de inmundicias en las esquinas y guarda cantones, esos carros de inmundicias que se zangolotean por la noche en las calles, esos horribles toneles de muladar, esos fétidos arroyos de fango subterráneo que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que es?

Es la pradera florida, la yerba verde, el serpol, el tomillo, la salvia; es la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes por la tarde; es heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa, sangre caliente en vuestras venas; es salud, alegría, vida.

Así lo quiere esa misteriosa creación, que es la trasformación en la tierra y la transfiguración en el cielo.

Devolved todo eso al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia.

La nutrición de los campos produce el alimento de los hombres.

Sois dueños de perder esa riqueza y de creerme además ridículo.

Será la obra superior de vuestra ignorancia.

La estadística ha calculado que Francia solamente vierte todos los años en el Atlántico, por la boca de sus ríos, quinientos millones de francos.

Con estos quinientos millones, notadlo bien, se cubriría la cuarta parte de los gastos del presupuesto; y sin embargo, es tal la habilidad del hombre, que prefiere desprenderse de ellos echándolos al agua.

La misma substancia del pueblo se la lleva aquí gota á gota, y allí á oleadas, el miserable vomitar de nuestras alcantarillas en los ríos, y el gigantesco desagüe de nuestros ríos en el océano.

Cada hipo de nuestras cloacas nos cuesta mil francos. Lo cual da dos resultados exactísimos: la tierra empobrecida y el agua apestada.

El hombre saliendo del surco y la enfermedad saliendo del río.

Es sabido hoy, á no dudarlo, que el Támesis envenena á Londres.

En cuanto á París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que la mayor parte de las cloacas desemboquen río abajo por el último puente.

Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas de escape, aspirante y repelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo como el pulmón del hombre, y que funciona ya en varios pueblos de Inglaterra, bastaría para traer á nuestras ciudades el agua pura de los campos, y llevar á nuestros campos el agua rica de las ciudades, y con ese facilísimo vaivén, sencillo á todos usos, aprovecharíamos los quinientos millones que se tiran. Pero se piensa en otras cosas.

El procedimiento actual hace daño, queriendo hacer bien.

La intención es buena, el resultado triste.

Créese purificar la ciudad, y se apesta á los habitantes.

Una alcantarilla es un error.

Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función restituyendo lo que toma, haya reemplazado la alcantarilla, simple lavado empobrecedor, entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social, el producto de la tierra será décuplo, y el problema de la miseria se atenuará considerablemente.

Añádase la supresión de los parasitismos, y quedará completamente resuelto el problema.

Entretanto, la riqueza pública se va al río, y sigue la merma.

La merma, sí; tal es la palabra. La Europa se arruina por consunción.

Hemos dicho lo que pierde Francia. Ahora bien; conteniendo París la vigésima quinta parte de la población francesa total, y siendo el guano de París el más rico de todos, no se llega todavía al guarismo verdadero evaluando en veinticinco millones de francos la parte que corresponde á la capital en los quinientos que Francia desecha anualmente.

Esos veinticinco millones, empleados en socorros y comodidades, doblarían el esplendor de París. La ciudad los consume en cloacas.

Así puede decirse que la gran prodigalidad de París, sus maravillosos festejos, sus locuras de Beaujon, sus orgías, su oro derramado á manos llenas, su fausto, su lujo, su magnificencia, son sus cloacas.

De esta suerte es como, en la ceguedad de una mal entendida economía política, se anega y deja arrastrar por la corriente, perdiéndose en los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes como las de Saint Cloud para la riqueza pública.

Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, canasta agujereada, barril sin fondo.

París, esa ciudad modelo, patrón de las capitales bien construidas, y de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal, augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y mansión de las inteligencias, ciudad nación, colmena del porvenir, admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, haría, bajo el punto de vista que acabamos de indicar, encogerse de hombros al último aldeano del Fo Kian.

Imitad á París, y os arruinaréis.

Por lo demás, particularmente en ese despilfarro inmemorial é insensato, el mismo París no hace más que imitar.

Esas sorprendentes inepcias no son nuevas; la necedad en el presente caso viene de muy lejos.

Los antiguos obraban como los modernos.

«Las cloacas de Roma, dice Liebig, han absorbido todo el bienestar del labrador romano». Cuando la campiña de Roma fué arruinada por el albañal de la ciudad, Roma agotó los recursos de Italia en su cloaca; ejecutando lo propio con Sicilia, Cerdeña y África.

El albañal de Roma se ha tragado al mundo.

Aquella cloaca ofrecía sus tragaderas á la ciudad y al universo: Urbi et orbi.

Ciudad eterna, albañal insondable.

En estas como en otras cosas, Roma da el ejemplo. Ejemplo que sigue París con toda la tontería propia de las ciudades ingeniosas.

Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene debajo de sí otro París: un París de alcantarillas, con sus calles, encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y circulación, que es fango, faltando únicamente la forma humana.

Porque no debe adularse á nadie, ni siquiera á un gran pueblo.

Donde hay de todo, se encuentra la ignominia junto á la sublimidad; y si París contiene á Atenas, la ciudad de las luces; á Tiro, la ciudad del poder; á Esparta, la ciudad de las virtudes; á Nínive, la ciudad prodigiosa, contiene igualmente á Lutecia, la ciudad del cieno.

Por otra parte, ahí está impreso también el sello de su poder, y la titánica sentina de París realiza, en medio de sus movimientos, ese ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres, tales como Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: la grandiosidad de lo abyecto.

El suelo subterráneo de París, si la vista pudiera penetrar su superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal.

La esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad.

Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte; sin hablar del inexplicable cruzamiento de las cañerías del gas; sin contar el vasto sistema de tubos que distribuyen el agua á las fuentes públicas, las cloacas forman por sí solas, en ambas orillas del Sena, una prodigiosa red tenebrosa; laberinto cuyo hilo es su misma pendiente.

Allí aparece, entre la húmeda niebla, el ratón, que parece el producto del parto de París.