Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 130 de 171 · 5 min de lectura

=Historia antigua del alcantarillado=

Imaginémonos á París levantado como una tapadera; la red subterránea de las alcantarillas, mirada á vista de pájaro, dibujará en las dos orillas una especie de tallo grueso, injerto en el río. En la orilla derecha, la cloaca de circunvalación será como el tronco de ese tallo, los conductos secundarios serán las ramas y los callejones sin salida las ramitas extremas.

Esta figura es sumaria y no del todo exacta; pues el ángulo recto, que es el ángulo general de este género de ramificaciones subterráneas, es rarísimo en la vegetación.

Podremos formarnos una idea más aproximada de ese extraño plano geométrico, figurándonos ver en el suelo, sobre un fondo de tinieblas, algún caprichoso alfabeto oriental, embrollado como un acertijo, cuyas letras disformes estuviesen unidas unas á otras, en una mezcolanza aparente y como á la ventura, ya por sus ángulos, ya por sus extremos.

Las sentinas y cloacas representaban un gran papel en la Edad media, en el Bajo Imperio y en el antiguo Oriente. La peste nacía en ellos, y los déspotas morían allí. Las multitudes miraban, casi con temor religioso, aquellos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso de los Gusanos de Benarés no era menos vertiginoso que el Foso de los Leones de Babilonia.

Teglatfalasar, según los libros rabínicos, juraba por la sentina de Nínive.

De la cloaca de Münster hacía salir Juan de Leiden su falsa luna, y del pozo cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta encubierto del Korasan, hacía salir su falso sol.

La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas. Las gemonias eran las crónicas de Roma. La de París ha sido una antigüedad formidable, tan pronto asilo, como sepulcro.

El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen ó han perseguido, se ha escondido en ese subterráneo: los apaleadores del siglo XIV, los capeadores del XV, los hugonotes del XVI, los iluminados de Morin en el XVI, los fuelleros del XVIII.

Hace cien años salía de allí la puñalada nocturna, y allí se deslizaba el ratero para salvarse del peligro. El bosque tenía la caverna y París la alcantarilla.

El truán, ese pícaro galo, aceptaba la alcantarilla como sucursal del Patio de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el vomitorio de Maubuée como en una alcoba.

Era natural que los que tenían por lugar de faena cotidiana el callejón sin salida de Vide Gousset (limpia bolsillos) ó la calle de Coupe Gorge (corta cabezas), tuviesen por domicilio nocturno el puentecillo de Camino Verde ó la huronera de Hurepoix. De ahí surge un enjambre de recuerdos.

Fantasmas de todas clases frecuentan esos largos corredores solitarios; en todas partes la podredumbre y el miasma, acá y allá un respiradero, donde Villon, de adentro, habla con Rabelais, de afuera.

La cloaca del antiguo París es el punto de reunión de todos los aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en él un detritus, y la filosofía social un residuo.

La cloaca es la conciencia de la población. Todo converge en ella y se confronta.

Existen en ese lugar lívido, tinieblas, pero no secretos. Cada cosa tiene allí su verdadera forma, ó al menos su forma definitiva.

El montón de inmundicias puede alegar en su favor que no es mentiroso. La ingenuidad se ha refugiado allí.

En él se encuentra la máscara de Basilio; pero enseñando el cartón y los alambres, lo de dentro como lo de fuera, realzado todo por el cieno de la honra. La nariz postiza de Scapin se encuentra allí cercana.

Todas las trampas de la civilización, cuando ya no sirven, caen en ese foso de verdad, á donde va á parar el inmenso desagüe social. Se sumergen en él, pero se ponen de manifiesto al mismo tiempo. Esa mezcla es una confesión. Allí no hay ya falsas apariencias; no hay afeite ni disfraz posibles; la basura arroja su camisa; desnudez absoluta, disipación de ilusiones; nada parece más que lo que es, con la siniestra manifestación de lo que acaba.

Realidad y desaparición.

Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriaguez; el asa de una cesta cuenta la domesticidad; el corazón de manzana que ha tenido opiniones literarias, vuelve á ser corazón de manzana; la efigie del ochavo se cubre francamente de verdín; el salivazo de Caifás se encuentra con el vómito de Falstaff; el reluciente luis de oro que sale del garito choca con el clavo mohoso del que cuelga el cabo de cuerda del suicidio; un feto lívido rueda por allí envuelto con las lentejuelas que bailaron en la Ópera el último martes de Carnaval; una toga que ha juzgado á los hombres, se revuelca junto á un harapo que fué basquiña de una cortesana.

Aquello pasa de fraternidad, es un tuteamiento inmenso. Todo lo que antes se acicalaba, anda embrutecido. Se ha arrancado el último velo. La cloaca viene á ser un cínico. Todo lo dice.

Esta sinceridad de la inmundicia nos agrada porque alivia al alma.

Cuando se ha vivido teniendo que soportar en la tierra el espectáculo de esa grande importancia que se atribuyen la razón de Estado, el juramento, la ciencia política, la justicia humana, la probidad profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles, no deja de ser un consuelo el entrar en una cloaca y verlo entre el fango que le corresponde.

Es, al mismo tiempo, una enseñanza.

Ya lo hemos dicho; la historia pasa por la cloaca.

Las matanzas como la de San Bartolomé, van filtrando gota á gota entre los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las matanzas políticas y religiosas atraviesan ese subterráneo de la civilización, y arrojan sus cadáveres en él. Para el pensador, todos los asesinos históricos están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de sudario por delantal, lavando lúgubremente con la esponja las manchas de sus crímenes.

Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I con Duprat, Carlos IX con su madre, Richelieu con Luis XIII; allí está Louvois, allí está Letellier, allí Hebert y Maillard, escarbando las piedras por si consiguen que desaparezca la huella de sus hechos.

Bajo las bóvedas se oye la escoba de esos espectros. Respírase en ellas la enorme fetidez de las catástrofes sociales. Vense en sus ángulos reflejos rojizos. Corre allí el agua terrible, donde se han lavado las sangrientas manos.

El observador social debe penetrar en estos sombríos parajes, puesto que forman parte de su laboratorio. La filosofía es el microscopio del pensamiento.

Todo quiere huir de ella, pero no se le escapa nada. Inútil es tergiversar. ¿Qué lado de sí mismo es el que se manifiesta cuando se tergiversa? El de la vergüenza. La filosofía persigue con su proba mirada al mal, y no le permite que se desvanezca en la nada. En el eclipse de las cosas que desaparecen, en el apocamiento de las cosas que se extinguen, lo reconoce todo. Adivina la púrpura por el andrajo, y la mujer por el harapo. Con la cloaca reedifica la ciudad, y con el cieno rehace las costumbres.

Por los tiestos deduce el ánfora ó el cántaro.

Conoce por la marca de la uña en el pergamino la diferencia entre la judería de la Judengasse y la judería del Ghetto. En lo que resta encuentra lo que ha sido; el bien, el mal, lo falso, lo verdadero, la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta en la caverna, la gota de sebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones conseguidas, las orgías vomitadas, el pliegue de los caracteres al doblegarse, la huella de la prostitución en las almas que la grosería ha hecho posibles, y en la túnica de los faquines de Roma la marca de los codazos de Mesalina.