Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 131 de 171 · 4 min de lectura
=Bruneseau=
El alcantarillado de París, en la Edad Media, era legendario. En el siglo XVI, Enrique II intentó un reconocimiento que fracasó. No hace cien años, según testimonio de Mercier, la cloaca quedó abandonada á sí misma, llegando á suceder lo que suceder debía buenamente.
El antiguo París estaba entregado á las disputas, á las indecisiones y á los ensayos. Fué durante mucho tiempo bastante torpe. Después vino el 89 á mostrar cómo adquieren ingenio las ciudades. Pero antiguamente, la capital tenía poquísima cabeza; no sabía realizar sus asuntos ni moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las inmundicias, que cómo debía de extirpar los abusos. Todo era obstáculo; todo dudas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria á todo itinerario. No se orientaba uno mejor en el muladar que se entendía en la ciudad; por encima lo ininteligible, por debajo lo intrincado, confusión de lenguas arriba y abajo, confusión en los subterráneos; Babel sobre Dédalo.
Á veces se le ocurría á la cloaca de París desbordarse, como si aquel desconocido Nilo montase de repente en cólera. Había la infamia de las inundaciones de cloacas.
Muchas veces aquel estómago de la civilización digería mal; la cloaca refluía al paladar de la ciudad, y París tenía el resabor de su fango.
Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento eran buenas, en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la ciudad se indignaba de que su cieno manifestara tanta audacia, y no se avenía con aquella aparición de la basura. Era pues arrojarla lo mejor.
La inundación de 1802 es uno de los actuales recuerdos de los parisienses octogenarios.
El fango se derramó por la plaza de las Victorias, donde se halla la estatua de Luis XIV; entró en la calle de San Honorato por las dos bocas de los Campos Elíseos, en la calle de San Florentino por la cloaca del mismo nombre, en la calle de Pierre-à-Paisson por el de la Sonnerie, en la calle de Popincourt por el del Chemin Vert, en la calle de la Roquette por el de la calle de Lappe; cubrió las losas de la calle de los Campos Elíseos hasta la altura de treinta y cinco centímetros, y al mediodía, funcionando por el vomitorio del Sena en sentido inverso, penetró en la calle de Mazarino, en la de Echaudé y en la de Marais, donde se detuvo á una distancia de ciento nueve metros, precisamente á pocos pasos de la casa que había habitado Racine, respetando, del siglo XVII, al poeta mejor que al rey.
Llegó al máximo de profundidad en la calle de San Pedro, donde se elevó tres pies por sobre las baldosas de la esclusa, y al máximo de extensión en la calle de San Sabino, donde se ostentó en una longitud de doscientos treinta y ocho metros.
Á principios del siglo actual, la alcantarilla de París era todavía un lugar misterioso. El cieno no puede gozar nunca de buena reputación; pero aquí la mala faena llegaba hasta el terror. París sabía confusamente que tenía debajo de sí un terrible subterráneo.
Hablábase de él como de aquel charco monstruoso de Tebas, donde pululaban escoloprendas de quince pies de largo, el cual hubiera podido servir de baño á Behemoth.
Las grandes botas de los poceros no se aventuraban nunca más allá de ciertos puntos conocidos. Estaba aún muy reciente el tiempo que los carros de inmundicia (de lo alto de las cuales Sainte Foix fraternizaba con el marqués de Crequi), se vaciaban sencillamente en la alcantarilla.
En cuanto á la limpieza, confiábase este cuidado á los chaparrones, que antes amontonaban que barrían.
Roma, al menos, concedía alguna poesía á su cloaca, dándole el nombre de Gemonias; pero París insultaba á la suya, llamándola el agujero fétido.
La ciencia y la superstición marchaban de acuerdo respecto al horror. El agujero fétido no repugnaba menos á la higiene que á la leyenda.
El monje regañón había aparecido bajo la bóveda hedionda de la alcantarilla de Mouffetard; los cadáveres de los Marmousets habían sido arrojados en la cloaca de la Barillerie; Fagon atribuyó la terrible fiebre maligna de 1685 á la gran hendidura de la alcantarilla del Marais, que permaneció descubierta hasta 1833 en la calle de San Luis, casi á la muestra del Galante Mensajero. La boca de la alcantarilla de la calle de la Mortellerie era célebre por las pestes que de allí salían; con su reja de hierro, cuyas puntas se asemejaban á una hilera de dientes; venía á ser aquella fatal calle unas fauces de dragón lanzando el infierno sobre los hombres.
La imaginación popular daba realce al sombrío desagüe parisiense con cierta horrible mezcla de infinito.
La cloaca carecía de fondo. Era como el abismo del Ática. La idea de explorar aquellas regiones pestíferas no se le ocurría á la policía.
Atreverse con lo desconocido, echar la sonda entre aquellas tinieblas, ó marchar en descubrimiento de aquel sumidero, ¿quién había de ser el atrevido?
Era espantoso. Presentóse, sin embargo, alguien. La cloaca tuvo pues su Cristóbal Colón.
Un día de 1805, en una de esas raras apariciones que el emperador hacía en París, el ministro de lo Interior, un Decrés ó un Cretet cualquiera, asistió á la audiencia matinal del señor.
Oíase en Carrousel el ruido de los sables de todos aquellos soldados extraordinarios de la gran república y del grande imperio; agolpábanse los héroes á la puerta de Napoleón; hombres del Rin, del Escalda, del Adige y del Nilo; compañeros de Joubert, de Desaix, de Marceau, de Hoche y de Kléber; areóstatas de Fleurus; granaderos de Maguncia, pontoneros de Génova, húsares á quienes habían mirado las pirámides, artilleros á quienes habían salpicado las balas de Junot, coraceros de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzée; unos habían seguido á Bonaparte por sobre el puente de Lodi, otros habían acompañado á Murat en la trinchera de Mantua, otros se habían adelantado á Lannes en el barranco de Montebello.
Todo el ejército de entonces se hallaba allí en el patio de las Tullerías, representado por compañías ó pelotones, y custodiando á Napoleón en su reposo.
Era la época brillante en que el grande ejército tenía tras sí á Marengo, y delante á Austerlitz.
—Señor, dijo el ministro de lo Interior á Napoleón, he visto ayer al hombre más intrépido del imperio.
—¿Quién es ese hombre?—preguntó bruscamente el emperador.—¿Qué es lo que ha hecho?
—Quiere hacer una cosa, señor.
—¿Cuál?
—Registrar las alcantarillas de París.
Ese hombre existía y se llamaba Bruneseau.



