Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 132 de 171 · 5 min de lectura

=Detalles ignorados=

Verificóse el registro. Fué una gran campaña; una batalla nocturna contra la peste y la asfixia. Fué al propio tiempo un viaje de descubrimientos. Uno de los sobrevivientes de aquella exploración, obrero inteligente, muy joven entonces, refería aún, hace algunos años, los curiosos detalles que Bruneseau creyó deber omitir en su informe al prefecto de policía, como indignos del estilo administrativo.

Los procedimientos desinfectantes eran todavía en aquella época harto rudimentarios.

Apenas Bruneseau hubo salvado las primeras articulaciones de la red subterránea, cuando ocho de los veinte trabajadores se negaron á seguir adelante.

La operación era complicada; el registro importaba la limpieza; era preciso, pues, á un mismo tiempo ir midiendo y limpiando. Señalar las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, señalar los empalmes, indicar las corrientes en los puntos de partida, reconocer las circunscripciones respectivas de varios depósitos, sondar los pequeños albañales injertos en su cloaca principal, medir la altura de cada pasillo y el ancho así del arranque de las bóvedas, como á flor de rasante; determinar, en fin, el orden de nivelación, en la recta de cada entrada de agua, ya en el piso de la alcantarilla, ya en el de la calle. Adelantábase difícilmente, y más de una vez las escalas de descenso se sumergieron dentro tres pies de fango. Las linternas agonizaban entre los miasmas. De cuando en cuando había que retirar algún pocero desmayado.

Tropezábase en varios puntos con un precipicio; y era que el suelo se había hundido y que el embaldosado se había venido abajo transformándose el albañal en pozo sin fondo. No se hallaba el punto firme, y hubo hombres desaparecidos bruscamente costando mucho trabajo volverles á sacar. Por disposición de Fourcroy, se iban encendiendo de trecho en trecho en los lugares suficientemente saneados, grandes cubos llenos de estopa empapada en resina. La pared, de vez en cuando, estaba cubierta de excrecencias disformes que podríamos llamar tumores, pues hasta las piedras parecían enfermas en aquel centro irrespirable.

Bruneseau procedió en su exploración de arriba abajo. En el punto divisorio de las dos cañerías del Grand Hurleur, consiguió leer en una piedra saliente esta fecha: 1550.

Era el límite donde se había detenido Filiberto Délorme, encargado por Enrique II de visitar la sentina de París. Aquella piedra era el sello del siglo XVI en la alcantarilla.

Bruneseau descubrió la mano del siglo XVII en el conducto del Ponceau y en la calle Vieille du Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre 1600 y 1650; y la mano del siglo XVIII en la sección al Oeste del canal colector, encajonado y abovedado en 1740. Más reciente la obra de 1740, estaba más agrietada y decrépita que la de la cloaca de circunvalación, que databa de 1412, época en que el arroyo de agua viva de Menilmontant fué elevado á la dignidad de gran alcantarilla de París, ascenso análogo al de un aldeano cualquiera que fuese nombrado primer ayuda de cámara del rey; algo parecido á Gros Jean convertido en Level. Creyóse reconocer acá y allá, particularmente bajo el Palacio de Justicia, alvéolos de antiguos calabozos practicados en la misma alcantarilla. Horribles in pace. De uno de aquellos alvéolos colgaba una argolla de hierro.

Se tapiaron todos. Entre las cosas que se hallaron, las había rarísimas; por ejemplo, el esqueleto de un orangután que desapareció del jardín botánico en 1800, desaparición probablemente relacionada con la famosa é incontestable aparición del diablo en la calle de los Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo acabó por ahogarse en la alcantarilla.

Debajo del largo corredor cimbrado que conduce al Arche-Marión, dejó admirados á los inteligentes una cesta de trapero, muy bien conservada. En todas partes el cieno que los poceros habían ido á remover con tal intrepidez, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata, en pedrería y moneda.

Un gigante que hubiese hecho pasar por un tamiz aquella cloaca, habría acumulado las riquezas de los siglos.

En el punto de partida de los dos empalmes de la calle del Temple y de la calle de Sanite Avoye, se recogió una medalla singular hugonota de bronce, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la otra un lobo con la tiara en la cabeza.

El hallazgo más sorprendente fué á la entrada de la Gran Cloaca.

Habíase cerrado aquella entrada en otros tiempos con una reja, de la que sólo quedaban los goznes.

De uno de los goznes pendía una especie de harapo informe y sucio que sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de desmenuzarse. Bruneseau acercó la linterna y lo examinó. Era de batista finísima, y se distinguía en una de las puntas, menos consumida que lo demás, una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima: LAVBESP. La corona era una corona de marqués, y las siete letras significaban Laubespine.

Reconocióse que se tenía á la vista un pedazo de la mortaja de Marat.

Cuando joven, había corrido Marat sus aventuras amorosas, sobre todo cuando formaba parte de la casa del Conde de Artois como veterinario. De aquellos amores con una dama principal, históricamente comprobados, le había quedado aquella sábana. Residuo ó recuerdo.

Á su muerte, como era la única tela fina que había en su casa, se le amortajó con ella. Unas viejas envolvieron para la tumba al trágico Amigo del pueblo en aquel lienzo, testigo un día, de voluptuosidades. Bruneseau siguió adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin acabarlo de destruir siquiera.

¿Fué desprecio ó respeto?

Marat merecía ambas cosas.

Además, el destino estaba bien impreso en él, para que se vacilara en tocarlo. Por otra parte, deben dejarse las cosas del sepulcro en el sitio que eligen.

En suma, era una extraña reliquia. Una marquesa había dormido en ella; Marat la había consumido, y pasando por el Panteón, había ido á servir de pasto á las ratas de la cloaca.

Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues hubiera dibujado alegremente Watteau en otro tiempo, había terminado por ser digno de la mirada del Dante.

La visita total del pudridero subterráneo de París, duró siete años, desde 1805 á 1812.

De paso, Bruneseau designaba, dirigía y llevaba á cabo trabajos considerables; en 1808 bajaba el enlosado del Ponceau, y creando en todas partes nuevas líneas, adelantaba la alcantarilla en 1809, por debajo de la calle de San Dionisio hasta la fuente de los Inocentes; en 1810, por debajo de la calle de Froidmanteau y de la Salpetrière; en 1811 por debajo de las calles Neuve des Petits Pères, Mail, Echarpe, de la plaza Real; y en 1812, por debajo de la calle de la Paz y Chaussée d'Antin. Al mismo tiempo hacía desinfectar y sanear toda la red.

Desde el segundo año, unióse á Bruneseau su yerno Nargaud.

Así fué como á principios de este siglo la sociedad vieja limpió su fondo interior, engalanando su albañal. Siempre fué ello un limpión.

Tortuoso, agrietado, desempedrado, cuarteado, lleno de baches, atravesado por recodos extraños, subiendo y bajando sin lógica, fétido, salvaje, feroz, sumido en la obscuridad, con cicatrices en sus baldosas y cuchilladas en sus muros, espantoso; tal era, visto retrospectivamente, el antiguo alcantarillado de París.

Ramificaciones en todos sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes, patas de ganso, estrellas, como en las zapas, recodos, callejones sin salida, bóvedas salitradas, sumideros infectos, rezumos herpéticos en los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de aquella antigua cripta exutoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo trepado de calles, topera titánica donde el espíritu cree ver vagar, á través de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendores, el enorme topo ciego de lo pasado.

Esto, lo repetimos, era el alcantarillado de otros tiempos.